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Fairy Tail Chronicles


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Conociendo a unos extraños-Dalia

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Conociendo a unos extraños-Dalia

Mensaje por radilloc el Mar Jul 22, 2014 12:14 am

Dalia era una ciudad grande. Muy grande. Demasiado grande. Enorme. O al menos era así para aquel pequeño Feya que se encontraba perdido en mitad de la ciudad. En aquellos momentos se encontraba sentado en el alfeizar de la ventana con las piernas colgando en el aire. Le habría gustado quedarse de pie mirando la calle, pero era demasiado bajo como para ver a través de la ventana, por lo que no le había quedado más remedio que saltar y sentarse en aquella posición que le otorgaba una visión maravillosa de la ciudad. Se hospedaba en una de las habitaciones más altas de El Sauce Dormido, lo que le ofrecía una gran vista. Desde allí conseguía ver la Gran Fuente, la construcción más bella que había visto Radilloc en toda su vida. En su aldea natal tenían que ir hasta algún arroyo para conseguir agua, pero allí el agua brotaba desde el centro de la ciudad, elevándose un par de metros en el aire, rompiendo por completo las leyes de la física. Su funcionamiento era desconocido para el Feya, pero suponía que debía de haber una serie de magos elementales controlando aquello día y noche, lo cuál le parecía algo muy estúpido. Aún así, era un espectáculo precioso, digno de ser completado durante toda la eternidad. Pero la eternidad era demasiado tiempo, incluso para un ser tan longevo como él. Radilloc apartó la mirada de la fuente, no sin pesar, y aleteó suavemente sus alas, elevándose levemente en el aire para adentrarse en su habitación y posarse lentamente en el suelo. Se vistió con todos sus ropajes excepto con el gorro de manera que de cuello para abajo no se podía ver ni un centímetro de piel. Escondió la daga entre sus ropajes, colocó el gorro bajo su brazo y empezó a descender por el árbol.

En la planta del árbol se encontraba la taberna, vacía de no ser por el tabernero detrás de la barra y un par de comensales en una mesa. Aún era temprano y por lo que había podido comprobar la taberna estaba en su mayoría vacía, siendo habitual encontrar aquel lugar desolado a horas tan tempranas. Sin embargo, conforme el sol empezaba a ocultarse aquel lugar se llenaba más y más de vida, pues era la única taberna de toda Dalia. Radilloc comenzó a andar hacia la barra, pero cuando llegó se encontró con el problema de cada día. La barra era demasiada alta para él y no llegaba a ver al tabernero, teniendo que volar o hacer mucho ruido para llamar la atención; y ambas opciones le desagradaban pues llamaba mucho la atención del resto de clientes. Pero por suerte había poca gente allí, por lo que se dispuso a elevarse un metro en el aire y avisar al camarero. Sin embargo, justo cuando estaba cogiendo impulso para saltar, la cara de un feo y viejo elfo se asomó por encima de la barra. Se trataba del dueño del establecimiento.

-Buenos y madrugadores días joven, ¿que es lo que te ha hecho levantarte tan temprano cuando el Sol aún no se ha elevado un par de palmos sobre el suelo?

-Tengo que ir al bosque a por un par de setas... se me han acabado las que tenía- Radilloc desvió la mirada hacia otro lado, se sentía incómodo mirando a aquel ser tan alto a los ojos- Sírveme un poco de aguamiel, por favor-dijo temiendo la respuesta del camarero.

-Mmmmmm.... ¿No eres un poco joven para tomar esa clase de bebidas?-respondió el anciano con una amplia sonrisa en la cara. El feya dio un largo suspiro. Aquella era la broma que le repetía el elfo cada día. No había tenido gracia el primer día y desde luego que no lo tenía aquel día tampoco. Pero el tabernero no parecía cansarse nunca de ella y, tras dar un par de carcajadas, se dio la vuelta y le sirvió su bebida.





Radilloc se encontraba de cuclillas oculto entre las ramas de un árbol. Tenía los ojos abiertos de par en par mientras intentaba captar todos los sonidos que podía. Bajo el suelo había un jabalí husmeando entre las hojas. Caminaba lentamente, pero iba avanzando poco a poco. El feya le seguía desde los árboles volando de rama en rama sin hacer ruido para no alertar al animal. La bestia tenía un buen tamaño, siendo más alta que Radilloc, por lo que le costaría bastante enfrentarse al jabalí. Aunque, por suerte, el animal no era su presa, solo una simple bestia que lo guiaba hacia su destino. Por ello cuando Radilloc divisó como la bestia se paraba frente a un árbol y a remover las hojas que cubrían el suelo el corazón del Feya empezó a latir con más fuerza. El jabalí desenterró quitó las hojas que cubrían el suelo, mostrando una pequeña colonia de setas de color marrón. El joven no pudo contener una sonrisa al ver aquello, por fin había encontrado lo que estaba buscando.

El Feya esperó hasta que el jabalí terminó de comer las setas y se hubo marchado bien lejos. Es cierto que aquellas setas es lo que había estado buscando y que de habérselas arrebatado al jabalí podría haberlas vendido por un buen precio en la ciudad, pues eran muy sabrosas. Sin embargo aquellas setas no eran su verdadero objetivo y dejar que el jabalí se las comiese era lo menos que podía hacer para agradecerle que le hubiese llevado hasta allí. Su verdadero objetivo eran otras setas que crecían junto a las primeras. Unas setas venenosas con las que podría fabricar un veneno con el que imbuir sus armas. Radilloc saltó de la rama y usó sus alas para caer lentamente, posándose frente al tronco del árbol. Comenzó a remover las hojas secas del suelo hasta que dio finalmente con lo que buscaba, unas pequeñas setas laminadas de color azul justo creciendo bajo la raíz del árbol. Sacó su pequeña daga y cortó las setas, guardándoselas en una pequeña bolsa que llevaba atada al cinto. A continuación enterró el arma en la tierra repetidas veces para limpiar el veneno que se había quedado adherido a la hoja, no quería cortarse por accidente y morir allí. se levantó y se dispuso a volver a Dalia cuando escuchó de repente un fuerte sonido en la lejanía. Asustado, Radilloc desplegó sus alas y voló hasta la rama de un árbol cercano, quedando oculto en la copa del árbol.

-Idiota, te dije que debíamos seguir el camino- la voz de un hombre adulto se escuchó a lo lejos.

-Pero es que el maldito camino da un rodeo a través del lago... Teníamos prisa, no podíamos perder el tiempo allí.

-Claro, como no podíamos perder el tiempo allí, decidiste que lo mejor era perdernos nosotros. Los caminos están para algo, imbécil. Ahora por tu culpa llevamos horas perdidos en este maldito bosque, ya seguro que no llegamos a tiempo para vender nuestras mercancías.

Las personas llegaron finalmente hasta donde se encontraba Radilloc. Se trataba de dos humanos ataviados con armaduras de cuero. Sobre sus espaldas descansaban unas enormes mochilas, mucho más grandes que los humanos. Aquello hizo que los humanos le recordasen a los Feyas, que poseían unas enorme alas a sus espaldas, aún más grandes que ellos mismos. Junto a los humanos viajaba un pequeño perro que no paraba de correr de un lado a otro, husmeando en todos los huecos que encontraba mientras seguí a la pareja de humanos. El feya se quedó agazapado en lo alto del árbol, fuera de la visión de la pareja de mercaderes, esperando hasta que se alejasen de allí. El plan funcionó a la perfección en un principio y los humanos pasaron de largo, pero no ocurrió lo mismo con su mascota. El perro se había parado justo frente al árbol donde estaban las setas venenosas. Debía de haber olido al el olor del jabalí. El perro continuó oliendo y moviéndose alrededor del tronco, hasta que finalmente se paró y empezó a comer algo del suelo. Radilloc forzó la visto para ver de que se trataba y contempló con horror que se trataban de un conjunto de setas azules que se le habían pasado por alto. Maldijo su mala suerte en voz baja, no tenía gana de relacionarse con aquellos humanos, pero no podía dejar morir a aquella bestia. Salté al suelo y comencé a correr hacia los mercaderes sin hacer apenas ruido. Me coloqué frente a ellos y me quité el gorro, sabía que mi cara les recordaría a las de sus crías y no me tomarían como una amenaza potencial. Aún así los mercaderes se sorprendieron y dieron un par de pasos hacia atrás. Pero el momento de shock no duró mucho tiempo y uno de los dos consiguió reunir fuerzas.

- ¿Eres un ladrón? No pensamos darte nuestra mercancía gratis, así que más te vale andarte con cuidado- dijo el más bajo del los dos mientras desenvainaba una pequeña espada.

El otro le miró sorprendido durante unos segundos hasta que consiguió procesar la situación. Se acercó a su compañero y le agarró el brazo para que bajase la espada- Heer, no es más que un niño. Ni siquiera va armado, seguro que se ha perdido como nosotros... Niño, ¿que es lo que quieres?- Di un paso hacia adelante para hablar, pero el otro tipo no parecía darse por vencido.

-¿Niño? ¿Es que no has visto sus alas? Es una de esas Feyas del bosque... He escuchado que últimamente algunos se han estando comportado de manera violenta.

Tragué saliva al escuchar aquellas palabras. Se refería a los Feyas oscuros. Aquellos Feyas que habían acabado por corromperse. Aquellos Feyas que temíamos y odiábamos a partes iguales. Pero yo no era uno de aquellos. Realicé mi cara más lastimera y les miré directamente a los ojos- Señores, su mascota ha comido unas setas venenosas, está al borde de la muerte. Deben ir rápidamente a la ciudad para curarlo

Ambos se miraron entre sí durante unos segundos para acto seguido volverse y mirar a su perro, el cuál estaba tumbado en el suelo respirando a duras penas. La garganta se le había hinchado y le costaba respirar. En aquel estado le era imposible articular aunque fuese un pequeño ladrido. Los mercaderes agarraron al animal y se giraron para mirarme nuevamente- Seguidme, hay que llegar rápidamente a Dalia.

Me volteé y empecé a correr en dirección a la ciudad a gran velocidad, aunque no a toda la velocidad que me hubiese gustado. Me desenvolvía con mucha facilidad por el bosque y mis alas me permitían darme impulsos para ir más rápido o para esquivar los árboles, pero no podía dejar atrás a los mercaderes. Quería salvar al perro, y no me quedaba más remedio que ralentizar mi propio paso para que me alcanzasen.




La taberna estaba repleta de gente. El sol se había puesto hace rato y el lugar se había llenado de clientes con ganas de saciar su sed. La mayoría de los clientes eran humanos, era la raza que más bebía. O al menos esa era la conclusión a la que había llegado, pues toda las noches el lugar se llenaba de humanos borrachos. Los orcos también estaban por allí, rivalizando con los humanos, pero había muchos menos que estos. La raza que más ausente estaba, o quizás la más silenciosa y discreta, eran los elfos. Si uno se fijaba atentamente podía distinguir a unos cuantos por la sala, pero el ruido de humanos y orcos ocultaba su presencia por completo.

Un golpe en la mesa me sacó de mis pensamientos. Levanté la vista y vi como los dos mercaderes colocaban sobre la mesa una cantidad ingente de comida y bebida. Agarré una manzana y comencé a mordisquearla mientras los humanos se sentaban en unos taburetes- Come y bebe todo lo que quieras chaval. Hoy nos has salvado por dos, has evitado que nuestro pequeño cachorro muera y nos has guiado hasta la ciudad. Esto es lo menos que podemos hacer para agradecértelos- Sonreí al escuchar aquellas palabras e hice un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza para demostrarles mi conformidad. Me terminé la manzana y di un largo sorbo a mi bebida, contento. Aquel había sido un día muy productivo, había conseguido las setas que necesitaba, había rescatado a un pobre animal, me habían invitado a cenar gratis y había conocido a un par de amables mercaderes. Aún no lo sabía, pero el conocer a esas dos personas me metería en una gran cantidad de problemas. Por aquel entonces era muy joven e inocente, y no me percaté en un grupo de personas vestidas de negro que miraban a mis dos acompañantes con odio.
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Re: Conociendo a unos extraños-Dalia

Mensaje por Alex el Mar Jul 22, 2014 1:02 am

Historia moderada.
Una gran historia, me ha gustado tu forma de escribir y la historia en sí, felicidades ^^
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