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Soplaré, soplaré y tu casa derribaré (Objetivo de historia)

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Soplaré, soplaré y tu casa derribaré (Objetivo de historia)

Mensaje por radilloc el Vie Ago 01, 2014 11:44 pm

- Buenos días señor - dije con mi voz aguda mientras estrechaba la mano con mi interlocutor - Venía por el trabajo que ofrecía, lo de buscar plantas con propiedades curativas.

El boticario se mesó la barba mientras me inspeccionaba con la mirada. Mi tamaño y aspecto infantil solía provocar que las personas me infravaloraban, solo esperaba que en aquella ocasión no pasase pues ese trabajo era perfecto para mí. Desde pequeño me habían enseñado una gran cantidad de plantas curativas y paliativas. No me costaría nada conseguir los materiales que aquel elfo necesitase. Intercambié el peso de una pierna a otra nervioso, esperando a que el boticario decidiese de una vez. Parecía que aquel momento no llegaría en ningún momento, pero por fin el elfo bajó el brazo y dio un leve suspiro - Si, estoy buscando a gente para que me traiga unas cuanta hierbas del bosque cercano. Iría yo mismo, pero ahora mismo estoy un poco ocupado preparando unos brebajes para los orcos. No suelen pedir mucho, pero cuando piden... ¡digo si piden! Aún me acuerdo de hace unos cuantos años, cuando me vino un solo orco a pedir. Por aquel entonces no había mucho trabajo, por lo que cuando vi a un solo cliente no me hice muchas ilusiones, ¡y más teniendo en cuenta de que era un orco! Pero de repente me dijo que venía en representación de toda un grupo de orcos, ¡vaya sorpresa de me llevé! - El elfo se cayó repentinamente, posiblemente porque se había percatado del incomodo silencio que yo estaba procesando. Me había perdido en mitad de aquella absurda historia que no tenía nada que ver con lo que yo estaba haciendo allí, y el boticario parecía haberse percatado de aquello - Bueno, bueno... Parece que estoy incordiando a este joven - rió amistosamente.

- ¡Para nada señor! Lo que pasa es que me he distraido un momento... - solté aquella excusa apresuradamente esperando que mi interlocutor no se hubiese ofendido.

- No hace falta que disimules... Uno ya tiene sus siglos y la sangre joven es muy nerviosa, no es de extrañar que me hayas ignorado deliberadamente - aquellas palabras las dijo sin pretensión alguna, pero me hicieron sentir exageradamente mal - Dejémonos de tanta parafernalia y volvamos a nuestro charla inicial. Me habías dicho que venías aquí por el trabajo de las plantas, ¿no? - Antes de que pudiese responder aquel tipo ya se había dado la vuelta y había comenzado a revisar entre una montaña de libros que tenía sobre la mesa.

Aproveché aquellos momentos de paz para mirar a mi alrededor con más tranquilidad. Las paredes de la habitación estaban completamente ocupadas por estantes, habiendo tantos que era imposible encontrar un pequeño espacio de la madera por la que estaban formadas los árboles. Los estantes no estaban de decoración, sino que estaban completamente llenos de libros y frascos de cristal. Del techo colgaban ristras de plantas y flores que llenaban el ambiente con un fuerte olor dulzón. El suelo de madera estaba cubierto de papeles esparcidos por doquier y alguna que otra flor que había caído del techo. Me aproximé a una mesa plagada de botes llenos de líquidos de colores cuando la voz del boticario me sobresaltó. Me giré hacia él y lo vi a pocos pasos de mi, tendiéndome un papel repleto de ilustraciones en blanco y negro. Estiré el brazo para cogerlo y empecé a revisar el contenido, reconociendo en gran medida los bocetos de las plantas que allí venían trazadas - Bueno joven, ahí tienes todo lo que necesitas saber para encontrar las flores. Podrás recolectarlas en la parte del bosque más cercanas de la ciudad. No deberías encontrar muchos problemas aparte de la escasez de esas plantas. No te preocupes por si te equivocas de plantas, en esa parte del bosque no hay ningún vegetal peligroso. Anda, tira y trae todo lo que puedas, te pagaré por peso.

Realicé un pequeño gesto con la cabeza en señal de despedida y me di la vuelta. Agradecía los consejos del boticario, pero no pensaba perder tiempo en los lindes del bosque. Si me internaba en los árboles encontraría mucha más cantidad de aquellas plantas y, por tanto, conseguiría aún mucho más dinero. Las bestias y las plantas peligrosas no me preocupaban, yo me había criado en el corazón del bosque. Conocía aquello como la palma de mi mano.
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Re: Soplaré, soplaré y tu casa derribaré (Objetivo de historia)

Mensaje por radilloc el Sáb Ago 02, 2014 2:09 pm

Hay pocas cosas más relajantes que estar dentro de un bosque. Solo en mitad de toda aquella maraña de ramas, hojas y raíces, donde predomina un poderoso silencio. El silencio del bosque es uno de los silencio más ruidosos que existen, pues mientras caminas por él parece que no hay nada a tu alrededor, mas si te paras durante unos segundo a escuchar con atención puedes apreciar una gran cantidad de sonidos. La gran cantidad de pájaros de aquel lugar crean una tenue sinfonía, como si las aves cantasen a coro. Varios metros sobre el suelo del bosque el viento mece las hojas, produciendo un silencioso pero constante susurro. Pero no todos los ruidos vienen de las alturas, sino que atendiendo un poco es posible percibir pequeños ruidos a ras de suelo, formados por todos aquellos roedores y reptiles que se arrastran entre los matorrales y arbustos. Este conjunto de sonidos hacen de los bosques uno de los lugares más silenciosos pero más llenos de ruidos y de vida del mundo. Un silencio bello. Y aquello era una de las cosas que más me gustaban de los bosques y a menudo me paraba para poder escuchar aquel silencio. Pero por desgracia, aquel día no podía perder tiempo escuchando aquel silencio, ya que necesitaba encontrar cuantas más plantas mejor para poder sacar un buen beneficio. Debía estar constantemente en movimiento buscando por todas partes para no dejarme ninguna por el camino. Por suerte yo conocía las señales del bosque y no me entretenía buscando las plantas que necesitaba, que es lo que habría hecho cualquier persona normal. La mayoría de las plantas curativas y paliativas crecían en pequeños racimos o escondidas entre las hojas, por lo que encontrarlas era muy complicado. Pero todas aquellas plantas tenían algo en común: crecía en árboles más grandes o arbustos llamativos. La clave del éxito se basaba en encontrar aquellas plantas, mucho más fáciles de encontrar. Una vez localizadas estas, encontrar las plantas que necesitaba era un simple juego de niños.

Así pues, siguiendo aquella doctrina, me encontraba apartando las hojas que había bajo la base del tronco de un árbol de madera grisácea. A ambos lados de mi costado llevaba sendos ramilletes de plantas atados con un cordel. Solo me quedaba espacio para colgar un ramillete más a mi espalda y ya habría acabado con aquel trabajo. Terminé de apartar todas las hojas que había a los pies del árbol para dejar ver un par de flores de color blanco. Su olor era dulzón y lo pétalos eran muy suaves, pero lo importante era su utilidad: eran perfectas para cortar una diarrea grave. Las cogí con cuidado para no estropearlas y las coloqué sobre un pequeño ramillete de plantas que estaba en el suelo a mi izquierda. Ya tenía muchas plantas, dentro de poco habría acabado mi trabajo. Cogí con una mano todas las plantas y me levanté, dispuesto a ir a por las siguientes. Sin embargo, un ruido me hizo ponerme en tensión. Como ya había contado, el silencio del bosque era muy ruidoso, pero era un ruido constante. Pequeños susurros por aquí, algun que otro piar por allá... Pequeño ruidos que se complementaban unos a otros y que encajaban como un puzzle. Por ello, cuando algo grande se movía por el bosque, producía un ruido fuerte, como si fuese una pieza de puzzle que no acaba de encajar. Agarré con fuerza el ramillete de plantas y me llevé la otra mano a mi cintura, buscando mi puñal bajo aquellos fajos de plantas que colgaban de mi cintura, pero no encontré nada. Maldije mi mala memoria en voz baja, debía de haberme dejado el arma en mi habitación.

Mientras buscaba el puñal un nuevo ruido, esta vez más cerca, se produjo entre unos matorrales con flores azules que había a pocos metros de mí. Me puse de cuclillas, estiré mis alas y me quedé a la espera de que aquello apareciese. No podía salir huyendo, pues no sabía lo que era ni como me perseguiría. Debía esperar aunque sea para conocer lo que era y tener así al menos una pequeña posibilidad de supervivencia. Tras unos segundos de espera, aquel ser salió de su escondite, precipitándose desde los arbustos. Me propulsé hacia el aire dando un potente salto y batí mis alas hasta colocarme en una rama. Solo entonces bajé la vista y vi a aquella bestia: Un jabalí enorme. Debía de tener muchos años, pues aquel tamaño no era normal. Pero por suerte aquello no importaba mucho, ya que los jabalíes no escalaban los árboles. Allí arriba estaba seguro.

Agité un poco mis alas preparado para usarlas e ir saltando de rama en rama hasta llegar al final del bosque, así podría salir de allí sin peligro. Pero la fortuna es como una ramera caprichosa que siempre acaba molestándonos de una manera y otra. Justo cuando estaba a punto de irme, vi que el jabalí se acercaba hasta un montón de flores que había en el suelo. Dirigí mi mirada hacia mi costado izquierdo donde solo había un cordel colgando, sin nada atado. Las plantas debían de haberseme caído en mi salto, y no podía irme sin ellas. No me quedaba más remedio que bajar hasta allí abajo.
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