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Fairy Tail Chronicles


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Labrándose un nombre

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Labrándose un nombre

Mensaje por Mylotych Reezek el Dom Oct 12, 2014 12:05 am

Nyrbe escribió:Aceptado.

Información: La facción enana de Fire Blood ha llevado a cabo una ardua investigación durante los últimos años para encontrar uno de los artefactos divinos que pertenece a la historia de su orgullosa raza. Se trata de una corona legendaria que llevó uno de los primeros monarcas cuando los enanos aún se organizaban en reinos.
Los enanos han localizado a través de escritos y varias pistas la ubicación del artefacto, al noreste de Las Montañas del Enano, por las cumbres mas altas, ubicada en una vieja mina abandonada.
A través de una serie de peticiones hacia el mismisimo Thorodan por parte de los enanos, se ha concedido una expedición y se ha seleccionado a dos mercenarios junto a otros dos enanos para llevarla a cabo y recuperar el tesoro ansiado.

Objetivo:
Formad equipo con dos enanos y explorad la zona en busca de la mina en cuestión.
Los enanos se encargarán de las tareas de minería y excavación si son necesarias aunque también podrán ayudar en combate. Una vez se consiga el artefacto, regresad al castillo para completar la misión.
Es una expedición que podría tomar a cabo varios días, aseguraos de llevar provisiones y proporcionaros equipo suficiente en la base para no tener ningún tipo de problemas.

Att. Thorodan


Aquella mañana todo parecía tranquilo. El sol salió, como cada mañana, iluminando la habitación donde Reezek despertaba. Un pequeño cuarto con una pequeña cama, y poco más. Reezek habría los ojos de par en par, molesto por la luz que a su parte vampírica tanto molestaba, y contento por poder ver un nuevo día. En su “profesión” era un logro sobrevivir a cada uno de estos…

Se levantó de la cama y se llevó las manos a la boca, mientras bostezaba. Inmediatamente después, llevó su mano derecha a su noca, rascándola de forma vaga y perezosa, prolongando todavía más aquel bostezo mientras tanto. En ese momento sonó entonces un cuerno a modo de llamada, era la hora de desayunar en aquel gremio, que al menos en su grupo, acostumbraba a desayunar todos juntos a la misma hora, para poco después, repartir las misiones oficiales. En el comedor había un gran cartel, donde se colgaban los encargos al gremio, y cada uno podía reclamarlos, solo habían de coger el cartel y llevar a cabo lo que estos pidieran. Reezek necesitaba encontrar alguna misión pronto, llevaba bastante tiempo parado, y habiendo acabado de entrar recientemente, aquello no daba buena imagen. No como su compañero, Shinshei, que ya había llevado a cabo varias misiones, y en aquel preciso momento estaba llevando a cabo una.

–Tss, otra vez me toca desayunar solo porque ese idiota de Shin se ha largado de “fiesta”. Más le vale traerme algo de su viaje si no quiere que le dé una paliza… –Refunfuñaba Reezek, mientras caminaba hacia una mesa, donde se sentaría a comer solo, como cada mañana que Shin no estaba junto a él.

Mientras andaba, uno de los miembros de aquel gremio, uno de tantos que lo tildaban de antisocial y se reían de él, le puso la zancadilla, lo cual provocó que Reezek tropezara, y que su bandeja cayera al suelo. Reezek, sin mediar palabra, se acercó al tipo que le había tirado la bandeja, mirándolo con unos ojos rojos como el demonio. Este se amedrentó al verlo, y cerró los ojos de forma inconsciente, tratando de soportar el dolor de aquel golpe que se imaginaba que iba a recibir. Nada más lejos, Reezek se había acercado a cogerle su bandeja de comida, y tras hacerlo, se alejó de allí, dejando a aquel tipo encogido, asustado, y con los ojos cerrados con fuerza, suplicando que no le doliera demasiado un castigo que nunca llegaría.

Todos en la mesa de aquel sujeto comenzaron a reírse de él, y aquello le enfadó, y le dio el coraje para levantarse e ir a por Reezek, que ya estaba sentado en aquella mesa apartada del resto, completamente solo. Al llegar, desenvainó su espada y apuntó con ella a Reezek, que ni siquiera se percató de su presencia hasta que este no habló.

–Mi nombre es Riano Condor, soy uno de los más valientes miembros de este gremio, luché en la guerra del río de la sangre, y en las campañas del norte. Te reto a un combate, maldito imbécil. –Sus palabras se notaban llenas de miedo, una bravuconería así solo significaba que era del tipo de persona a la que el miedo le hace cometer estupideces. Reezek se volteó y lo miró de arriba abajo, observando cómo le temblaban las piernas al supuesto guerrero valeroso.

–Es un placer, Condor. Yo soy Reezek, y no soy nadie tan importante, pero… –Al decir aquello se levantaba de su asiento y llevaba la mano a su katana de peculiar aspecto, sin quitarle un ojo de encima a aquel tipo. –Siempre he querido poder hacer una presentación como esa, poder decir cosas que intimiden con solo mentarlas. Creo que aceptaré tu reto, así, de ahora en adelante, al presentarme podré decir que fui quien acabó con la vida de Riano Condor, uno de los más valientes del gremio Fire Blood, quien luchó en la guerra del río de la sangre y en numerosas campañas en el norte. Suena bien, ¿no crees? –Desenvainaba ahora su espada y apuntaba con ella a Condor, mientras lo miraba a los ojos con aquellos orbes de color rojo sangre.

Aquel sujeto temblaba cada vez más, apenas podía mantener su espada recta, y al ver aquello, Reezek di un fuerte paso al frente y dio un grito. –¡Bú! –Aquello bastó para que Riano Condor, el supuesto valeroso guerrero, soltara su espada y huyera corriendo con el rabo entre las piernas, gritando a los cuatro vientos súplicas para que Reezek le perdonara la vida, cosa innecesaria, pues nada más salir este corriendo, Reezek se sentó de nuevo y continuó comiendo de la bandeja de Condor.

Todo el comedor reía la estupidez de Condor, y aplaudía la capacidad de Reezek, sin embargo aquel tipo no estaba solo en aquella mesa, y los que antes se rieron al verlo amedrentado, empujándolo a levantarse de la mesa, ahora eran quienes se levantaban y se encaminaban hacia Reezek.

–¡Tú, renacuajo! –Gritó el más grande de los hombres que venían, un armatoste de más de dos metros de altura, calvo completamente, y que portaba una armadura de hierro, y empuñaba una gran hacha de este mismo material.

–¿Y ahora qué…? –Musitó Reezek, fastidiado por tantas interrupciones cuando él solamente quería desayunar, mientras se volteaba para ver a su nuevo retador. En el momento en que se giró vio como un hacha se acercaba a su cabeza, así que se tiró hacia delante, dando una voltereta por el suelo, para esquivar aquel corte, que partió en dos la mesa donde Reezek comía, junto a la bandeja que había cogido a Condor.

–¿Crees que puedes reírte de uno de mis camaradas y salir con vida, piltrafa? –Preguntaba increíblemente enfadado aquel hombretón, mientras otros dos hombres, de un tamaño más normal, desenvainaban también sus espadas de hierro forjado.

Reezek no podía olvidar lo de la comida, miraba como se derramaba por el suelo, y oía rugir sus tripas. Miró entonces a aquel sujeto que empuñaba el hacha, con odio en la mirada.

–¿Y qué culpa tenía la comida? –Preguntó al grandullón, de manera claramente jocosa, mofándose de él. Aquel tipo hizo un sonido, muy similar al que había oído hacer a varios animales de gran tamaño antes de atacar, y después se lanzó contra Reezek, tratando de cortar su cuello con aquella hacha. Reezek sencillamente se agachó, para después saltar sobre él, llegando a poner su pie a la altura del pecho de aquel tipo, impulsándose nuevamente sobre este al apoyarse, para saltarlo ahora por completo, mientras caía dando una voltereta. Nada más caer algo en él cambió. En cuestión de un momento, se colocó entre los otros dos tipos que acompañaban al grandullón, y en un instante, intercaló un fuerte puñetazo al estómago al primero de ellos, con una patada en la cabeza del segundo, que lo dejó fuera de combate, para finalmente, y mientras el primero estaba agachado por el dolor del primer golpe, propinarle un rodillazo en la cabeza a este, que terminó de noquear también a aquel sujeto.

Aquella mole de músculos armada hasta los dientes apenas tuvo tiempo de voltearse mientras aquellos golpes se sucedían y sus compañeros caían inconscientes. Al verlo se enfadó, y mucho, y comenzó a correr contra Reezek, lanzando cortes con su hacha hacia el cuerpo del semi-vampiro, que se dedicaba a esquivar con relativa facilidad los ataques de su oponente, mofándose entre corte y corte de este.

–Eres muy lento, y como colofón, llevas una armadura pesada y un arma que no se queda atrás. ¿Piensas que puedes acercarte a mi velocidad? –Nada más decir aquello, desenvainó su katana demoníaca, o que al menos lo parecía ser, e hizo un corte en la pierna de su adversario, en el hueco que las placas de su pernera dibujaban. –Primer aviso, vete a casa. –Aquello pasó inadvertido para el enorme gorila, que de nuevo hacha en mano, se lanzó a cortarlo en dos con un tajo descendente vertical. Reezek simplemente giró sobre sí mismo, y esta vez, lanzó un corte rápido al hueco que su armadura dejaba en su brazo derecho. Se oyó un grito de dolor por parte de aquel mastodonte, pero no se pensaba rendir. –Segundo aviso, y te lo advierto, no habrá un tercer aviso… –La amenaza estaba bien clara, por desgracia, aquel sujeto era demasiado obstinado, y volvió a lanzarse contra él, aunque esta vez al menos aprendió algo. Antes de encarar a Reezek, lanzó su pesada hacha y se quitó el protector pectoral, ganando mucha movilidad y velocidad. Corrió contra él como si de un toro a punto de aplacarlo se tratara, y haciendo las veces de torero, Reezek se limitó a echarse a un lado y ponerle la zancadilla a aquel bruto, que con la velocidad y fuerza con la que iba, no pudo evitar caer de boca contra una mesa.

Reezek se acercó por su espalda y colocó el filo de su katana al lado de su cuello, hincando su rodilla en la espalda del grandullón. –Si vuelves a molestarme, si tan solo te cruzas conmigo, cercenaré la piel de todo tu cuerpo, la asaré, y te obligaré a comértela. ¿Me he explicado con claridad? –Desde el suelo, y con Reezek encima y su katana en su cuello, aquel gigante no pudo más que aceptar y pedir disculpas por haberle importunado.

Después de haber montado aquella escena, Reezek culminó aquello de la forma más increíble posible. Se levantó de encima de la espalda de aquel tipo y se encaminó a su mesa, de donde cogió no solo su bandeja, sino la de sus otros dos compañeros, y las llevó a otra mesa aún más alejada que la primera que el hacha de aquel tipo partió. Sin más, colocó las bandejas sobre esta y comenzó a comer, para sorpresa de todos.

Un enano se acercó ahora a él, sonriendo, con su hacha en la mano, y se sentó a su lado.

-Veo que sois alguien duro, muchacho. Creo que acabamos de encontrar al segundo hombre que nos ayudará a encontrar nuestro tesoro. –Dijo entre risas, aunque Reezek no tenía ni idea de a qué se refería el enano.

-¿Tesoro? ¿Qué tesoro? -Preguntó Reezek, con la boca llena de comida, no tenía ni idea de lo que aquel enano buscaba, tan solo quería terminar de comer e irse a dormir un rato más, estaba agotado.

-Vamos a ir a buscar la legendaria corona del rey de los enanos, chico. Si nos acompañas te colmaremos de oro y riquezas... -Era tentador, pero Reezek no se podía comprar fácilmente con cosas brillantes, así que dejó de mirar al enano y siguió comiendo como si nada. -Está bien, veamos si así... ¡Si nos ayudas haremos un enorme banquete en tu honor! -Reezek se levantó de golpe de la silla, tragó el pedazo de pan que masticaba, y sonrió.

-¡Soy tu hombre! -El enano ya le había convencido, no es que hubiera sido muy difícil...

Después de aquella comida tan ajetreada, Reezek siguió al enano hasta las puertas del gremio, listo para ir a realizar su misión. Para su sorpresa, junto a estas estaba Shinshei, al lado de un pequeño carruaje que los llevaría al noreste de Las Montañas del Enano.

-¿Qué haces tú aquí? ¿Esta es la misión que dijiste que era tan importante? -Reezek miraba extrañado a su compañero de fatigas, que asintió sonriendo.

-Estos enanos solicitaron la ayuda del gremio al mismísimo Thorodan, ¿no crees que eso denota cierta importancia, Reezek? -Este se encogió de hombros y llevó sus manos a su nuca, caminando con desgana.

-Supongo... La verdad, no me importa, siempre que me den de comer después de encontrar esa cosa que buscamos. -De la boca de Reezek caía baba, de solo pensar en un manjar estaba salivando.

Los enanos terminaron de cargar las provisiones en el carro, a fin de cuentas sería un largo viaje, y acto seguido subieron al carruaje, dispuestos a partir a la mayor brevedad posible. Reezek y su compañero subieron también a la parte trasera del carro.

-¡Vámonos! Nos dirigiremos al noreste de nuestras queridas montañas. Hemos localizado a través de escritos y varias pistas la ubicación de la corona, y según hemos descubierto, está al noreste de Las Montañas del Enano, por las cumbres mas altas, ubicada en una vieja mina abandonada. No será fácil llegar allí, y mucho menos regresar con vida. Espero que estéis listos para... -Cuando el enano se volteó a mirar a ambos "héroes", estos ya roncaban en la parte trasera del carruaje. -...En fin.... -Se resignó y comenzó a moverse. No quería que se les hiciera de noche, los caminos no eran seguros...

Pasaron tres, tal vez cuatro horas de viaje. Estaban ya muy lejos de su querido gremio, y la seguridad de aquellos lares era cuestionable. El enano que conducía, consciente de aquello, aumentó el ritmo, acelerando la marcha para salir cuanto antes de aquel camino. Era oscuro, rodeado de negros árboles por donde miraran, un lugar idóneo para una emboscada, cosa que los enanos no querían sufrir. El segundo de los enanos, sentado al lado de su compañero, llevaba entre sus manos una enorme hacha de guerra, más grande casi que él mismo. Estaban preparados para usar la fuerza, aunque preferirían tener un viaje tranquilo.

Cuando ya llevaban varios minutos en aquella ruta, algo llamó la atención de los viajeros. Una flecha cayó justo delante de su carro, era un mensaje bastante claro: “Deteneros”. El “mensajero” no tardó en mostrarse, y no estaba solo.

Un escuálido muchacho saltó desde una de las más altas ramas al suelo, al parecer era un arquero, y de detrás de los árboles comenzaron a asomarse más personas dispares, a cada cual más rara y con aspecto más peligroso. Eran bandidos, forajidos ajenos al sistema que se dedicaban a asaltar los carros que, como aquel, se extraviaban por “sus” dominios.

-Hola, buenos días, pequeños viajeros. Mi nombre es Hobin Rood, es un placer. –El arquero se inclinó, de forma burlesca, para saludar a ambos enanos.

El que portaba el hacha bajó del carruaje y comenzó a hacer estiramientos.

-Supongo que tendré que dar una lección a estos jovenzuelos. Mi nombre es Rodhan, hijo de Torhim, el enano más valiente de las montañas, si sabéis lo que os conviene, daréis media vuelta y huiréis por dónde habéis venido. –La amenaza del enano no serviría de mucho, y uno de los hombres de Rood, también arquero como él, disparó una flecha dirigida al pecho del enano.

Rodhan cerró los ojos, esperando el dolor, que nunca llegó. Al abrirlos lo que se encontró fue la hoja de una espada frente a él, y al voltear la mirada, vio a Reezek, que le dedicó una sonrisa, y después una mirada fatal a aquellos asaltadores.

-Meh… No pensaba despertarme hasta llegar más que para comer o beber… La verdad es que preferiría no tener que mataros a todos… -Sus palabras se veían realmente aterradoras, pese a que su actitud fuera dejada y poco hostil. Se colocó delante de Rodhan y dio un bostezo. Dos hombres de Rood sacaron sus espadas y se lanzaron a por él, que se limitó a golpear la hoja de uno de ellos por el costado, haciendo que atravesara a su propio compañero al desviar su estocada. Cuando el ahora “asesino” de su camarada se horrorizó por lo que le había hecho hacer, y sacó la espada rápidamente para tratar de cortar a Reezek, este ensartó el corazón de aquel incauto muchacho con su katana, y se relamía viendo la sangre del joven correr por el filo de su espada, almacenándose lentamente en aquel compartimento secreto que su katana tenía en el mango, dónde guardaba sangre de sus enemigos como futuro refrigerio.

En cuestión de un momento bajó Shinshei del carro, un enorme Audrom de algo más de dos metros, armado hacha en mano. Los hombres que debían asustarles, fueron los que se asustaron. Hobin Rood sacó un sable de su cinto y apuntó con él a Reezek.

-Pareces algo hábil en el manejo de la espada, pongamos a prueba hasta que punto. –Nada más decir aquello se lanzó con intención de dar al semi-vampiro una estocada, pero era demasiado previsible.

-He aquí la diferencia entre alguien que entrena contra un muñeco y alguien que ha librado cien batallas… -Dijo Reezek sonriendo, como era habitual en él al enfrentar a gente débil. Ladeó su cuerpo ligeramente, dejando que el sable de Rood pasara por el lado, entre su torso y su brazo izquierdo, y después, con su mano izquierda, sujetó la mano que sostenía la espada de aquel cuatrero de poca monta. –Has apostado mucho en ese ataque, y lamentablemente, has perdido. –Nada más decir aquello, sus ojos se volvieron rojos. Era un semi-vampiro, un engendro de la naturaleza, y ahora, quería sangre.

Tomó la katana y con fuerza la atravesó en el pecho de aquel hombre, que comenzó a esputar sangre, y sus ojos comenzaron a volverse llorosos. La vida escapaba lentamente de sus manos ante Reezek, así que soltó su mano, quedando Rood sostenido únicamente por la katana, que aún atravesaba el pecho del muchacho. Cuando Reezek la sacó, un chorro de sangre salió desde el torso del joven bandido, y su cuerpo cayó sin vida al suelo. Era su final.

Reezek miró entonces al resto de individuos, lamiendo la sangre de su katana lentamente, sonriendo.

-¿Quién va ahora? –Era amenazante, sin duda, y Shinshei, a su espalda, terminaba de dejar claro el mensaje: El que no corra, muere.

Lo entendieron a la perfección, todos abandonaron aquel lugar, aunque ahora apareció otro “ser”. Nada más girarse para volver al carruaje, Reezek encontró un Lobo, que le miraba apenado, hambriento según parecía. El semi-vampiro miró el cadáver de aquel tipo y al lobo, que se relamía.

-Come. –Le dijo, a modo de orden, y se subió al carruaje junto con su compañero, Shinshei, en la parte de atrás de dicho vehículo, que comenzó a moverse de forma inmediata. Mientras se alejaban, el lobo se acercó a aquel cuerpo sin vida y comenzó a comer de este, sin duda tenía hambre. Además de aquel, otros tantos lobos se fueron acercando hasta el cuerpo del desgraciado bandido, que ahora yacía muerto en el suelo, siendo devorado por aquellas bestias.

Reezek sonreía desde la parte trasera del carruaje, y después se acostó de nuevo, quería seguir durmiendo, no le interesaba cambiar sus planes iniciales de dormir y despertar únicamente para comer y beber, que al fin y al cabo fue lo que hizo al levantarse para matar a aquellos tipos, pues la sangre de aquellos insensatos había sido su alimento y su bebida. Aunque Reezek no era "puro", era capaz de saciar su hambre a través de la sangre, y a través de los alimentos convencionales. Lo mejor de los dos mundos. Su fuerza era superior a la de los humanos, se curaba con una facilidad pasmosa, y además, era capaz de soportar la luz del sol, aunque no le era algo agradable, incluso le resultaba algo dolorosa.

Entre unas y otras cosas, los enanos llegaron al fin a las montañas, donde les esperaba un grupo de pequeños individuos como ellos, que recibieron entre vitoreos a sus valientes viajeros.

-¡Rodhan! ¡Milwin! ¡Qué alegría veros de nuevo! -Uno de aquellos enano, que parecía ser anciano, recibió entre gritos y abrazos a aquellos dos enanos, y más tarde, al ver salir a Reezek y a su compañero del carro, quedó sorprendido, como el resto, ante el tamaño de Shinshei. -Esta cosa... No va a caber en las minas... -Dijo preocupado.

Shinshei se sentía ofendido, al fin y al cabo le acababan de llamar "cosa", y con un ligero mosqueo, respondió de forma cordial al enano anciano.

-No importa, acompañaré a Reezek hasta la entrada al menos, una vez allí él podrá hacerse cargo de todo. Confíe en nosotros, somos del gremio Fire Blood, ¿recuerda? -Las buenas relaciones con aquel gremio hicieron que el enano confiara sus esperanzas a sus dos camaradas, Rodhan y Milwin, y al desconocido de ojos fríos y distantes, Reezek.

-Mmmm... Muchacho, ¿traerás de vuelta nuestro preciado tesoro? -Le preguntó al semi-vampiro, que se rascó la nuca sonriendo.

-Claro. Siempre y cuando me hagáis un banquete para celebrarlo. -Respondió este entre risas, aunque no podía estar hablando de forma más seria.

Los enanos rieron, y Reezek cambió su semblante a uno serio, no quería que se tomaran lo del banquete a broma. Al final, Reezek y Shinshei fueron invitados a dormir con los enanos antes de continuar su viaje. Bueno, Shin no, ya que no cabía en ninguna de las casas, así que tuvo que dormir fuera, tapado con una sábana que apenas cubría su torso, y refunfuñando toda la noche.

Cuando amaneció, Reezek salió a las afueras del hogar de los enanos para cazar algo, y Shinshei y ambos enanos le acompañaron, ya que directamente después de aquello se adentrarían en las minas, aunque aún estaban a varias horas de camino de la entrada a estas.

Un enorme jabalí se puso en su camino, y Reezek ya tenía desayuno. Desenvainó su espada y se puso la capucha, acechando al cerdo durante unos segundos, para finalmente saltar hacia el tronco de un árbol, tomar impulso contra este, y lanzarse en picado contra el lomo del enorme animal. Clavó la espada, pero no acertó a matar al animal, que enfadado por el ataque, echó a correr montaña arriba, con Reezek sobre su lomo, aferrado a la espada que en este estaba clavada.

Shinshei echó a correr detrás del jabalí, al igual que los enanos, pero no hubo forma de alcanzarlo, la velocidad no era el fuerte de aquellos pequeños individuos, y menos aún del gigante blanco.

Para cuando el jabalí cayó muerto, ya habían llegado prácticamente a las puertas de la mina, y Shin y los enanos llegaban un rato después, fatigados y agotados después de más de una hora corriendo detrás de aquel animal idiota, y del jabalí.

-¿Oh? Hola, sí que habéis tardado chicos... ¿A qué vienen esas caras? -Cuando Reezek preguntó aquellos los tres individuos comenzaron a gritarle al mismo tiempo, no entendió nada, excepto palabras sueltas.

-¡¡¡blablabla... Irresponsable... blablabla... Inmaduro... blablabla Imbécil...!!! -Chillaban uno tras otro, a cada cual más alto, aunque Reezek solamente ladeó la cabeza y se rascó la sien sin saber bien qué ocurría.

-En fin, lo hecho, hecho está. Prosigamos. -Concluyó Shin, ante la imbecilidad irremediable de su compañero, bien sabida por el alvino audron.

-¿Eh? Pero yo quiero comerme al jabalí... -Añadió Reezek, poniendo cara de niño bueno y haciendo pucheros.

Al final, Shin y los enanos cedieron. Reezek cortó algunas ramas y Shin, mostrando a los enanos sus habilidades como Mago elemental, creó una chispa eléctrica que hizo que estas se prendieran. Ya tenían cocina, y ahora colocaron al enorme animal pinchado en algunas ramas y esperaron a que se hiciera lentamente.

El enorme mastodonte, de más de metro y medio de altura y seguramente un peso de cientos de kilogramos, acabó prácticamente siendo solo huesos. Un audron y dos enanos comen mucho, al fin y al cabo, aunque lo sorprendente era que, el que más comió, fue el elfo, Reezek, que al acabar se echó bajo la sombra de un árbol a descansar, hasta que Shin lo cargó sobre su espalda. Ya les había retrasado mucho.

-Quería dormir... -Se quejaba Reezek, con cara de sueño.

-Ya dormirás cuando acabemos la misión. -Reprochaba Shin a su compañero, que no se contentó con la respuesta del audron.

-¡No! ¡Cuando acabemos tendremos el banquete! -Reezek estaba empezando a parecer obsesionado con aquel banquete, y Shin no comprendía cómo, después de comerse unos cien kilos de carne, aún pensaba en comer. El albino lo dejó estar, y pasados unos minutos, llegaron a las puertas de la mina. -Ya hemos llegado. -Dijo Shin, bajando a Reezek al suelo, que estiró los brazos y soltó un bostezo.

-¡Al fin! ¡Ya estaba harto de caminar! -Ambos enanos tuvieron que sujetar a Shin para que no matara a Reezek, al que había traído durante varios minutos a su espalda y que, previamente, había subido hasta allí a lomos de un jabalí.

-¡Si no has dado ni un maldito paso, imbécil! -Shinshei, conocido por su paciencia, había perdido los nervios.

Cuando ya se calmó, se despidió de los enanos, deseándoles suerte, y de Reezek, pidiéndole que no la liara como de costumbre. Reezek sonrió, y Shin se fue, aunque lo hizo preocupado...

En ese momento ambos enanos y el semi-vampiro entraron en la mina, dispuestos a buscar aquel valioso tesoro.

-¡Bien, vamos allá! -Gritó Reezek para moralizar a sus dos compañeros de búsqueda, sonriendo ante la aventura que aparecía ante sus ojos.

Al fin llegaron a su destino, los valientes enanos y el aventurero Reezek, entraron en las minas de los enanos, abandonadas hace años, ya medio derruidas, para cumplir su misión: encontrar la corona.

La oscuridad imperaba allí dentro, cosa que al semi-vampiro le agradaba. Se quitó la capucha, que había llevado desde que acechara al jabalí por la mañana, y comenzó a ver cada vez más claro, con total nitidez. Ventajas de su lado vampírico.

Los enanos, por su parte, encendieron una pequeña antorcha, usando algo que ellos llamaban “esencia de dragón”, un aceite viscoso que, una vez impregnaba la antorcha, era capaz de prenderse aislando la madera del calor. Era un aceite extraído de las montañas de los enanos, capaz de quemarse en su superficie, manteniendo intacto aquello que cubría.

-Interesante. –Dijo Reezek sonriendo al ver aquella maravilla, le parecía algo ingenioso y con una utilidad divertida.

Los tres continuaron avanzando lentamente, con cuidado de no pisar un terreno frágil que pudiera ser su último paso, a un ritmo lento pero seguro, siguiendo su marcha hacia no sabían bien dónde.

-Las leyendas dicen que esta mina desemboca en un manantial subterráneo, que brilla claramente gracias a sus aguas místicas. La corona está allí, esperando el regreso de los enanos. –Rodhan era un erudito en temas de la corona, el tosco y bruto enano se delataba como un historiador ahora, cosa que hizo reír a Reezek.

-Vaya, pareces una mini biblioteca andante… Lo de mini no iba con segundas, eh… -Su risa era suave, hacer ruido en aquel lugar no era muy inteligente y él lo sabía. De repente detuvo la marcha del grupo con una señal de su brazo, levantando la mano derecha como orden para detenerse y aguardar.

Los enanos no entendían lo que pasaba, solo sabían que Reezek debía haber encontrado algo.

-¿Lo oís? –Preguntó el semi-vampiro, aunque los enanos negaron con la cabeza, sin saber aún bien lo que debían estar oyendo. –Agua. Es agua, y está fluyendo a través de estas paredes. El manantial debe andar cerca… -La cara de sus compañeros de reducido tamaño era pura alegría, al fin, después de años y años de búsqueda, estaban cerca de encontrar su tesoro perdido. No cabían de júbilo.

-¿Has oído eso Rodhan? ¡La corona! ¡Está cerca! –Decía entusiasmado Milwin.

-¡Sí! ¡Al fin la hemos encontrado, Milwin! ¡Nuestro pueblo podrá celebrar que uno de sus tesoros ancestrales ha regresado al hogar, haremos una gran fiesta! –Reezek se volteó y miró como ambos enanos se abrazaban sonriendo, suspirando y dándose por vencido con aquellos dos, haber tratado de explicarles que no debían dar eso por hecho sería un esfuerzo vano, al fin y al cabo.

-Silencio. –Reezek había oído ahora otra cosa, esta vez no era agua, sino voces. –No estamos solos en esta mina. ¿Alguien más sabe de la existencia de la corona? –Preguntó a los enanos, tratando de averiguar quién podría tener interés por una mina abandonada, si no era por esa corona.

-Bueno… Nosotros… -Milwin estaba dubitativo, asustado. No terminó su frase, su congénere le interrumpió.

-Antes de acudir a Fire Blood buscamos la ayuda de un grupo de mercenarios caza recompensas, aunque dijeron que el trabajo no les interesaba, así que acudimos a vosotros. –Todo estaba claro, el trabajo no les interesó, pero el tesoro sí.

-¿Y les dijisteis dónde estaba la corona antes de saber su respuesta? –Milwin miró al suelo, él había sido quién lo dijo, aunque solo fue por culpa de los mercenarios, que fueron más hábiles.

-Nos lo sonsacaron ellos, eran realmente hábiles con las palabras, al principio nos hicieron creer que aceptarían el encargo, y nuestra euforia al creer eso hizo el resto… -Rodhan estaba enfadado con Milwin y consigo mismo por haber puesto en peligro de aquella forma la misión, pero entonces Reezek colocó una mano en su hombro y le dedicó una sonrisa.

-No te preocupes, de hecho así está mejor. Esos tipos parecen ser la clase de persona que más odio, y ahora tengo la oportunidad de dejarlos fuera de juego y evitar que estafen a más pueblos. –Aquellas palabras les dieron algo de confianza a los enanos, que volvían a sonreír y a mostrarse con entusiasmo para obtener la corona. –Además, no importará nada siempre y cuando cojamos antes que ellos la corona. –Añadió Reezek, sonriendo confiado, dando un soplo de aire fresco a aquellos enanos que se auto flagelaban.

-¡Sí! –Dijeron estos, con fe ciega en el elfo de Fire Blood.

-Antes de continuar avanzando, necesitaré que me digáis todo lo que podáis sobre esos mercenarios. ¿Cuántos eran? ¿Qué aspecto tenían? ¿Qué armas portaban? Todos estos detalles nos serán útiles, y serán imprescindibles para ganarles la partida.

Los enanos entonces contaron todo lo que sabían a su compañero semi-vampiro, que escuchó atentamente cada palabra, y elaboró en base a esta una estrategia. Eran seis hombres, dos de ellos portaban una gran espada a la espalda, otros dos llevaban sables o katanas colgados de la cintura, uno iba desarmado y el último era un enano, armado con una gran hacha. Parecían un grupo variopinto, aunque no suponían una gran amenaza. Reezek explicó entonces el plan a sus compañeros enanos, que rápidamente lo asimilaron.

La principal amenaza de aquel grupo era su enano, pues conocería en mayor o menor medida la arquitectura enana, la mina y la historia. Sería su primer objetivo.

Aprovechando la oscuridad, Reezek atacaría al enano de forma rápida y fugaz, escabulléndose del lugar a toda velocidad. Aquel grupo llevaba dos antorchas, así que habría que dejarles a oscuras antes de hacer nada. El plan era simple, el agua corría por el interior de los muros de la mina, así que Rodhan y Milwin romperían dos de estos para hacer que parte del agua entrara en la mina y apagara las antorchas. Estaban en la zona superior de la mina, así que sobre aquellos muros había poca agua, no habría riesgos de inundación al hacer aquello, sería algo fácil y seguro.

Así pues, adelantaron al grupo hostil y los enanos subieron a las paredes, preparando sus picos y hachas para golpear el muro en cuanto estuvieran bajo ellos los mercenarios, y después se escabullirían por la pared, agarrándose de los salientes para evitar el agua y la corriente.

En cuanto aquel grupo puso un pie en aquel conducto de la mina, los enanos abrieron dos agujeros, y el agua los dejó a oscuras, y arrolló a dos de ellos, que cayeron al suelo. Reezek entonces desenvainó su katana y se acercó por detrás al enano, atravesándolo por la nuca y llevándose el cuerpo de este sin hacer ruido, aprovechando la distracción. Un momento después, los mercenarios se levantaron y volvieron a prender fuego a sus antorchas, que estaban bañadas con el aceite de “esencia de dragón”, que además de proteger las antorchas, era impermeable y a pesar de mojarse aún era capaz de prender.

Se dieron cuenta que su compañero, al que nombraron Riohn, había desaparecido. La hipótesis era que fue arrollado por el agua, o asaltado por alguna bestia que rondara por las minasl Ante tal trágica circunstancia, el que parecía ser el líder de aquel grupo dijo solamente unas palabras.

-Uno menos, todos mueren a la larga, no pienso derramar una lágrima por ese pedazo de mierda. A más dinero tocaremos los demás. Ese enano de mierda ya ha hecho bastante con traernos aquí, que se pudra si ha muerto. –Todo amor y ternura, sin duda.

Reezek y los enanos se reunieron en otra de las cámaras de la mina, preparándose para su siguiente movimiento. Antes de nada, el semi-vampiro sacó de su espada la sangre que había ido acumulando, y bebió aquel “néctar”, con lo que ganaría algo de fuerza para lo que debían hacer ahora. Explicó el plan y se preparó bien para el ataque siguiente, en el cual el objetivo serían los hombres armados con espadón.

-Un espadón es un arma a temer, su alcance, su potencia, todo. Sin embargo, si hay algo que un espadón no tiene es movilidad y velocidad. Esos dos tipos parecen ser los hombres de confianza del jefe de los mercenarios, así que llamaremos su atención y los mataremos de forma aislada. Para ello voy a necesitar que hagáis de cebo… -Ambos enanos agarraron sus armas sonrientes. Estaba hecho.

Cuando los mercenarios andaban por la mina, acercándose cada vez más al manantial, los dos enanos, Rodhan y Milwin, salieron a su cruce. Se plantaron delante de estos y, armados y listos, desafiaron a los forasteros.

-No os vamos a permitir que continuéis. Nuestro tesoro no caerá en las manos de unos bandidos como vosotros, no lo consentiremos. –Rodhan, como acostumbraba a hacer, llevaba la voz cantante y era el más valeroso enano de aquellos dos.

El líder echó a reír, y acto seguido comenzó a hablar.

-Así que los enanitos han decidido venir ellos mismos a recuperar su tesoro, ¿eh? Qué conmovedor. Esta mina será vuestra tumba. Matadlos. –Con un chasquido de dedos, los dos hombres que portaban el espadón corrieron a por los enanos, que torcieron por un pasillo y continuaron corriendo, huyendo de sus agresores. -¿Qué esperáis? ¡Matadlos he dicho! –Los grandullones corrieron tras los enanos, mientras que los otros tres mercenarios continuaron avanzando. En aquel lugar ya podían incluso oír ellos mismos el agua correr, sabían que estaban cerca.

Mientras, los enanos llevaban a aquellos grandotes toscos y torpes a una trampa. En cuanto entraron en una sala se detuvieron en el centro de esta, mientras que los grandullones los veían desde el pasillo por el cual corrían hacia la sala.

Los enanos, entonces, comenzaron a bailar y a hacer burla a aquellos dos botarates, que se lanzaron sin mirar hacia aquella cavidad. En la entrada, una cuerda a la altura del pecho de aquellos dos tipejos, les golpeó nada más cruzar, haciendo que cayeran al suelo de espaldas. En la pared sobre la entrada, agarrado a una cornisa, se encontraba Reezek, que sonrió y se relamió. Acto seguido se dejó caer, katana en mano, y atravesó el pecho de uno de estos tipos con ella. Aquello dio tiempo a que el otro se levantara, pero poco más. Cuando fue a llevar su mano a la espalda para tomar su espadón, Reezek se levantó rápidamente y lo alcanzó, atravesándole el cuello con su katana.

Acababa de matar a ambos, y sacudió su espada al aire para limpiarla de la sangre de aquellos dos idiotas. Miró a los enanos entonces, sonriendo.

-Dos menos, quedan tres. Ánimo. –Con aquellas palabras echó a correr, con ambos enanos detrás. Estaban cerca del manantial, así que se apresuraron en llegar antes que los mercenarios.

Para su sorpresa, cuando llegaron el líder de los mercenarios llevaba en sus manos un cofre. Al abrirlo, encontró dentro una corona de oro con joyas incrustadas, un rubí a la derecha, un zafiro a la izquierda, y una esmeralda en el centro. Era verdaderamente hermosa.

-Al fin, ahora es nuestra, la corona de los enanos. ¡Nos haremos ricos después de venderla! –Vociferaba el mercenario en jefe, que ya se creía ganador de aquella pequeña competición.

-Me temo que no podré permitirlo. –Reezek hacía acto de presencia, sonriendo con su katana en la mano, mirando de arriba abajo al ladrón, que le devolvía la mirada.

-¿Y tú quién coño eres? –Dijo sorprendido y enfadado el mercenario, que al ver a ambos enanos a sus costados entendió rápidamente la situación. –Oh, ya veo… ¿Esos idiotas te han contratado no? Dime, ¿cuánto van a pagarte? ¿100.000? ¿200.000? ¡Esta corona vale mucho más! Los enanos darán lo que sea por recuperarla, seremos más ricos de lo que podríamos soñar. ¡Mata a esos enanos y únete a nosotros! Pareces duro, quiero tipos duros junto a mí en el trono. ¿Qué me dices, eh? –La propuesta estaba hecha, y los enanos temían que Reezek pudiera aceptarla, pero se encargó de disipar todas las dudas rápidamente.

-Lo siento, pero ya les di mi palabra de que traería de vuelta la corona. Además, me han prometido un banquete si llevo esa corona a sus montañas. –Dijo Reezek sonriendo, y dibujando así una sonrisa en los rostros de los enanos, que se llenaron de moral al oírle.

-¿Ah? ¿Quieres un banquete? ¡Te daré uno cada día! ¡Te daré más oro del que puedas contar! ¡Castillos, mujeres, dinero, comida, siervos… todo! –Seguía dispuesto a reclutar al semi-vampiro, era consciente de que él había matado a sus tres hombres, debía ser alguien fuerte y no quería enfrentarlo.

-¿Y de qué le sirve todo eso a un hombre sin palabra, a un hombre sin honor? De nada. No hay trato, devolverás la corona, o la tomaré junto a tu vida. –Reezek apuntó con su espada al cuello de aquel hombre, aunque les separaban casi diez metros.

-¡Tú lo has querido! ¡Matadlo! –Ordenó a los dos hombres que aún le quedaban. El espadachín trató de llevar su mano al mango de su espada, pero Reezek no lo pensaba a permitir.

En ese momento, Reezek estaba ya dispuesto a usar su técnica de velocidad para acabar con aquel tipo, a pesar de estar cansado y de que solo podría usarla una vez, solo unos segundos. Cuando se disponía a reunir energías para lanzarse, algo le sorprendió, y más sorprendió a aquel tipejo, que mientras esperaba el ataque de Reezek, se vio sorprendido por la espalda.

Se oyó un ladrido, un aullido más bien, y en un instante un lobo saltó por la espalda del mercenario y le mordió la nuca. La fuerza del salto hizo a aquel hombre caer, y el lobo se ensañó con el cuello del pobre infeliz. Para cuando este ya había muerto, el lobo, con los dientes llenos de sangre, miró a Reezek, y en ese momento el semi-vampiro le recordó. Era aquel lobo que, junto a su pequeña manada, se comieron a los forajidos del bosque, contra los que se enfrentaron de camino a las montañas. Había hecho un largo camino solo para seguir a Reezek, pero eso suscitó la curiosidad del elfo impuro, que sonrió al tener otro compañero más.

-Interesante, sin duda. Seremos buenos amigos tú y yo… -Dijo a aquel lobo, volteando la mirada entonces hacia aquel hombre, el líder de aquel grupo de mercenarios, que ahora eran todos cadáveres. -¿Entregarás ahora la corona, o tengo que arrancártela de tus manos muertas? –Reezek sonreía confiado. Nunca hay que confiarse, era algo que aprendería en aquel momento, por las malas.

-¡Jamás! ¿La quieres? ¡Cógela! –Tras gritar aquello, el insensato individuo colocó la corona en el suelo y, de un poderoso espadazo, la partió en dos. Acto seguido comenzó a reír como un loco, a carcajada limpia, sin saber que acababa de hacer enfadar al mismo diablo. -¿Qué sucede? ¿Ya no la quieres? ¡Mira, ahora los enanos tiene dos coronas en lugar de una! –Dijo el imbécil, entre risas.

Rodhan se acercó a Reezek, y le agarró del brazo tratando de calmarle y de explicarle algo.

-No vale la pena, déjalo, está loco… -Esas palabras no llegaron a los oídos de Reezek, que miraba con odio al prepotente mercenario.

-Tú, el imbécil que no deja de reír. Acabas de firmar tu sentencia de muerte… -Nada más decir aquello Reezek inclinó su katana hacia abajo. Los enanos se alejaron, el mercenario arrogante seguía sonriendo, se le había ido la cabeza, había perdido el juicio, y pronto, perdería la cabeza.

La hoja de aquella Katana comenzó a brillar, un brillo traslúcido, como si una capa de un material gelatinoso la cubriera.

-Este viaje no ha sido en vano, aunque siento mucho no haber podido recuperar la corona… al menos he hecho un amigo… -Dijo refiriéndose a aquel lobo que le había seguido. – Y… -Antes de decir nada, golpeó su hoja contra el suelo, con lo que hizo saltar unas pequeñas chispas. El filo de su katana se llenó entonces de llamas, era como si la espada estuviera hecha de puro fuego. Aquel hombre recuperó el juicio al ver semejante disparate, demasiado tarde por desgracia.

-E-espera… No lo hagas… ¡Te lo suplico, no lo hagas! –Reezek tenía aquella mirada roja como la sangre, y sonreía de medio lado. Sacó la lengua, relamiéndose por lo que pensaba hacer, sin dejar de sonreír.

- “Uno menos, todos mueren a la larga, no pienso derramar una lágrima por ese pedazo de mierda”. –Así, sin más, recordaba a aquel tipo lo que dijo cuándo su compañero enano perdió la vida ante Reezek, y le hacía comprender que no pensaba perdonarle la vida.

-Vale, entiendo… ¿Quieres luchar? ¡No pienso irme sin pelear! –Desenvainó su espada y empezó a correr hacia Reezek.

-Eso es, ven. ¡Ven! ¡Corre hacia tu muerte, muere ante esta espada! –Reezek entonces concentró todas sus energías, y de forma súbita, su velocidad se volvió realmente explosiva, recorriendo los más de diez metros que aún les separaban en menos de un segundo, y cortando el cuello de aquel engreído, haciendo que la cabeza del mercenario cayera y rodara por los suelos.

Ambos enanos miraban expectantes, asombrados ante el nivel de Reezek, boquiabiertos por su espada en llamas. Solo pudieron contener un grito de asombro en balbuceos estúpidos, mientras el elfo se acercaba ahora a ellos.

-Bueno, podemos regresar. La corona es historia, lo siento, ha sido todo culpa… -Rodhan interrumpió al muchacho con un grito.

-¡Calla, muchacho! Nos has traído hasta aquí, has acabado con esos mercenarios, nos protegiste de los bandidos… ¡No tienes culpa de nada! ¿La corona es historia? Sí, es parte de la historia de los enanos, y lo seguirá siendo… ¡Y aún más cuando lleguemos a nuestro pueblo con ella! –Reezek se sorprendió al escuchar aquello, y el enano echó a correr sin contemplaciones, sin vacilar ni un instante, lanzándose al agua.

Milwin y Reezek, e incluso el lobo recién llegado, se asomaron para ver lo que pasaba, y para su sorpresa, Rodhan salió del agua con un cofre en sus manos.

-¡Sabía que estaría ahí! –Dejó el cofre en tierra y se comenzó a secar, para después agarrar su hacha y disponerse a romper el candado que cerraba aquel tesoro.

-¡Espera! –Le detuvo Reezek. -¿Cómo sabías que habría otro cofre? ¿Qué pasa con esa otra corona? ¿Qué demonios sucede aquí? –Estaba intranquilo, no terminaba de entender nada, así que Rodhan decidió hacerle un resumen.

-Dime, muchacho. Has pasado un tiempo con nosotros, has dormido a nuestro lado, has convivido conmigo y con Milwin, y has conocido a muchos enanos en nuestras montañas. A pesar de todo eso… ¿Crees que algún miembro de mi orgullosa raza llevaría un pedazo de mierda tan fea como esa? –Dijo riendo, señalando la corona de oro partida en dos, mientras tomaba impulso con su enorme hacha. –Un enano nunca llevaría algo así, nosotros somos hombres, somos fieros, fuertes, brutos. –De un poderoso hachazo logró partir el cierre del cofre, y al abrirlo, en su interior se hallaba una corona hecha de piedra tallada, con un enorme diamante en el centro de la misma como única decoración. –Somos fuertes como rocas y duros como diamantes, chico. El oro se lo dejamos a los larguiluchos y flacuchos de tu especie, nosotros somos mucho mejores, muchacho. –Con una sonrisa en su rostro, y los ojos brillando de la emoción de haber encontrado la corona de su pueblo, el enano Rodhan abrazó a su congénere, Milwin, y después al propio Reezek.

Todos, el lobo incluido, abandonaron la mina, en cuya salida aguardaba Shin, que se encontraba preocupado, pues como les explicó, vio como un lobo se había metido corriendo a toda velocidad en la mina. Le contaron lo sucedido, y Shin conoció a “Lead”, el pequeño animal que Reezek acababa de bautizar.

-Ya veo. Así que este bonito animal os ha ayudado ahí dentro, ¿eh? Hmmm, bueno, mi idea era comérmelo, pero siendo así, creo que le podré coger cariño a este bonito… -Se agachó para acariciarlo, pero el lobo le mordió el brazo. -¡Animaaaaaaaal! –Concluyó Shin al ser mordido, seguramente por decir eso de que pensaba comérselo, aunque Lead no llegó a hacer toda la fuerza que pudo haber hecho en aquel mordisco.

Todos rieron al ver aquella escena, bueno, todos menos Shin. Bajaron la colina y regresaron a las tierras de los enanos, a las montañas, su residencia principal. Todos celebraron con gran alegría la recuperación de aquella joya de los enanos, de su querida corona, sobretodo Reezek, que no dejaba de recordarles, a veces de forma sutil y otras directamente, lo del banquete.

Esa noche se celebró el mayor banquete visto en años, pero… Algo no estaba bien.

El plato principal era cerebro de simio, sazonado con esencia de gónadas de caballo. Tripas de lagarto, insectos rellenos de salsas y piedras saladas eran el resto de la comida.

Cuando lo sirvieron, la cara de Reezek y Shin eran dos poemas, incrédulos ante aquel “manjar”, que para ellos era una tortura.

-¿Ahh? ¿Tanto tiempo pidiéndolo y ahora no vas a comer nada? Son nuestros mejores platos… -Dije Rodhan, con un escarabajo gigantesco en la boca.

Una raza que vivía bajo tierra, ¿qué se podía esperar que comieran sino insectos y piedras? Los sesos de mono y “eso” de caballos eran, para ellos, manjares muy escasos, y se los ofrecieron a Reezek, que no podía hacerles el feo, y se armó de valor para probar un bocado de una de aquellas cosas, cogida sin mirar y masticada con los ojos cerrados.

-¡Eso está mejor! ¿Te gusta, eh? Es… -Antes de que Milwin le dijera lo que estaba comiéndose, Reezek desenvainó su katana y la puso en el cuello del enano.

-Como me digas lo que me acabo de meter en la boca, te mataré… -Todos rieron, esta vez todos menos Reezek, que después de probar un par de platos más, se pasó todo el camino de vuelta vomitando en la parte trasera del carro que les acercó al gremio.

-Esos malditos… *vómito*…enanos… han intentado… *vómito*… enve… envene… narme… *gran vómito*-

Y así, Reezek logró recuperar la corona y regresar a casa.
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