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Fairy Tail Chronicles


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Los Blue Armor y Alex. ¿El comienzo de una enemistad? (Objetivo de historia)

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Los Blue Armor y Alex. ¿El comienzo de una enemistad? (Objetivo de historia)

Mensaje por Alex el Jue Oct 23, 2014 12:32 am

Se ofrecían tierras por una simple misión. Tan sencillo como hacer lo que él hacía siempre. No debía ser una gran cantidad, pero suficiente para ir empezando. El legado de los Harken comenzaría a resplandecer de nuevo tras aquella tarea. Aunque sonaba mucho mejor de lo que parecía. ¿Quién regalaría tierras por una misión sencilla? Pero no podía dejar pasar la oportunidad. Alex sabía que debía intentarlo, así que procuró evitar a Isma y Sam. Si se enteraban lo acompañarían y eso los pondría en peligro. Si se trataba de una trampa él era el único que debía sufrirla. No los perjudicaría a ellos. Se levantó tan temprano como pudo aquel día. El cielo todavía estaba oscuro, aunque se podía ver una franja naranja a lo lejos. Amanecería pronto. Salió de la cama y se vistió sin hacer ruido. Tampoco quería que su abuelo lo descubriera. Fue hacia la cocina tan silencioso como pudo. Preparó unas provisiones para el camino. Siempre le gustaba estar preparado y no sabía cuánto tiempo estaría fuera. Después se dirigió a la sala de estar y utilizó la pluma de su abuelo y dejó una nota en la mesa. Era común que alguno de los hermanos partiera en solitario o que tomaran trabajos por separado. Así que nadie se preocuparía por su ausencia. Al menos durante un tiempo.

Salió tan pronto como pudo. Cuanto antes llegara antes terminaría el trabajo que debía hacer y, en cuanto terminara, podría traer las buenas noticias a casa. El camino fue largo, aunque no calculó cuánto. Miró al cielo y descubrió que ya había amanecido del todo y el Sol brillaba con fuerza. Para cuando había llegado su frente estaba perlada de sudor. El lugar de reunión era una zona boscosa cerca de un pueblo llamado “Nueva Brisa”. ¿Por qué reunirse entre árboles habiendo edificios? No se preocupó más por ello. Todavía quedaba un rato para que se encontrara con sus futuros clientes, así que decidió pasearse por el pueblo.El lugar estaba desolado y parecía abandonado. Aunque los edificios parecían bien cuidados y en un estado óptimo, había algunas puertas rotas y señales de batalla en algunas casas. Parecía que una pequeña batalla se había encarnizado con el lugar y lo había arruinado. Sin embargo Alex escuchó ruidos de gente en el interior de las construcciones y algunos cerraban puertas y ventanas. Era una situación de lo más extraña. Cuando creía que sería inútil permanecer allí se topó con algo. Cerca de él había un hombre tirado en el suelo. Sus ropas estaban manchadas de sangre y parecía haber recibido una paliza recientemente. Corrió hacia él y lo ayudó a reincorporarse.

-¿Está bien? ¿Qué ha ocurrido?- Preguntó.

-Ellos… los “Blue Armor” nos hicieron esto. Y si no te vas también te lo harán a ti- Respondió.

Aquello extrañó a Alex. Aquel nombre le sonaba de algo, pero esto no encajaba. ¿Quién iba a realizar una reunión en un lugar así? O quizás no sabían nada de esos asaltantes. Aunque, en el peor de los casos, los propios asaltantes eran los clientes de Alex.

-¿Puede contarme lo quienes son los Blue Armor y qué han hecho?- Preguntó de nuevo.

-Es un grupo de… malhechores que han decidido apoderarse de nuestro pueblo. Han secuestrado a algunos de los habitantes y nos amenazan con matarlos si hacemos cualquier cosa. Para colmo… han matado a los que opusieron resistencia. Y ahora han engañado a un pobre desgraciado- Respondió.

Sí, él era el pobre desgraciado. Pero no le importaba, hubieran salido perdiendo por aquella trampa. Aunque sentía curiosidad por el hecho de que hicieran esa trampa, ¿qué querían conseguir? Obtendría respuestas tarde o temprano, pero ahora debía ayudar a la pobre gente que tenían retenida. Preguntó al hombre, pero no supo indicarle el escondite de aquellos criminales. No era necesario después de todo, pues Alex tenía una ligera idea de cómo dar con ellos. Marchó hacia el bosque, donde la reunión estaba pactada. Era un pequeño claro entre tanto árbol. Y, además, era una zona perfecta para una emboscada. Trepó un tronco cercano con algo de dificultad y se ocultó entre las hojas de la copa. Esperó a que alguien llegara. Los minutos pasaron hasta el punto de que el mercenario decidió bajarse. Sin embargo cumplió su cometido antes de hacerlo. Escuchó unas voces y observó cómo llegaban tres hombres. No le gustaba pelear en desigualdad de número y tres contra uno solía ser bastante perjudicial. Pero no sería la primera vez que lo hiciera.

-Te dije que nadie vendría. Ninguna persona es tan idiota como para creer que se regalan tierras de esta forma tan sencilla- Dijo uno de los hombres.

Era tan obvio que a Alex le dolió, aunque ya imaginaba que se trataba de una trampa. Evaluó bien a sus enemigos. Los tres vestían armaduras ligeras de tonos azules y llevaban armas diferentes. Uno de ellos portaba una alabarda bastante larga. Otro llevaba un escudo y una espada corta mientras que el último manejaba un arco. A corta distancia el de la alabarda y el arquero tendrían problemas. En una zona tan cerrada y pequeña no era fácil manejar un arma enastada y a tan corta distancia se dificulta el tiro. Sin embargo tendría cuidado con el del escudo, a la distancia que él luchaba sería peligroso. Podía detener sus ataques y contraatacar con rapidez. Debía despacharlo rápido. Desenvainó su espada tan lento como pudo, pero el sonido fue suficiente para alertar a los tres hombres. Saltó sobre el arquero y partió el arco de un espadazo. “Uno menos” pensó. Se abalanzó a por el tipo del escudo, aunque este se protegió y no hizo nada. Alex saltó a un lado. La alabarda pasó cerca de él. El tirador había sacado una daga y se disponía a lanzarse. Demasiado rápido había “eliminado” a uno sin asegurarse. Había perdido el factor sorpresa. Lo mejor que podía hacer era mantenerse demasiado alejado o demasiado cerca, aunque la segunda opción era tan correcta como peligrosa.

Avanzó con precaución esquivando la alabarda directamente a por el que la manejaba. La daga golpeó su costado, pero la armadura hizo bien su trabajo. Empujó a su rival con el hombro y propinó un corte en su mano haciendo que soltara el arma enastada. Se giró de forma veloz y lanzó una estocada hacia el escudo que salió al alcance de esta. Un fallo pro parte del que la manejaba. Dejó caer la hoja y volvió a lanzar la estocada, esta vez hacia las piernas haciendo que la punta se clavara en la espinilla de su contrincante. Un grito estalló en el aire mientras Alex se lanzaba a por el siguiente enemigo. La daga era corta, demasiado corta, y no pudo proteger a su dueño. La espada avanzó de forma inexorable y produjo un tajo grave en el hombre. Los tres estaban fuera de combate, pero debía asegurarse. Se acercó al del escudo y le golpeó la cabeza con el pomo de la espada dejándolo inconsciente. Después se aproximó al de la alabarda y, apuntándolo con su espada, apartó el arma enemiga con la pierna. Quedaba el último. El giro que hizo podría haberle costado la vida. El hombre al que había arrebatado el arma sacó una hoja oculta en su pantalón y trató de apuñalarle en el cuello. Alex apuntó la espada hacia atrás y la hundió en el pecho de su atacante acabando con su vida. No le gustaba matar, pero lo hacía si dependía su vida de ello.

-Podéis acabar como él o contarme lo que quiero saber- Advirtió.

Su cobardía no tardó en hacerse presente. Contaron todo lo que sabían, aunque nada aseguraba que fuera cierto. Pero, si los dejaba con vida, se convertirían en un estorbo. Lamentaba no haber traído una cuerda pero, si le habían dicho la verdad, solo debía asegurarse que no fueran hacia sus compañeros. Según sus palabras había otros cincuenta hombres. Mentira, si hubiera sido un grupo tan numeroso no habrían intentado dar un golpe tan pequeño, quizás hubieran atacado una población más grande o un asentamiento más rico. No serían más de una docena en total. Dejó que los dos supervivientes escaparan, no serían problemáticos si los controlaba. Después marchó en la dirección que estos le habían indicado. Tardó veinte minutos aproximadamente en llegar a la guarida. Esperó, oculto, un buen rato para comprobar si alguien salía o entraba. Pero no había movimiento. El lugar era un edificio abandonado hacía tiempo. Las paredes de piedra estaban agrietadas y los lugares donde en otro momento debió haber ventanas eran tan solo simples agujeros. La puerta era de madera vieja y frágil. Parecía podrida por las inclemencias del tiempo. Era amplio, más que su casa, y podría refugiar a veinte hombres sin problema.

-No puedo entrar así como así. Podrían matarme o herir a los rehenes. He de buscar otra entrada- Se dijo a sí mismo.

Salió de su escondite y se dispuso a rodear el lugar. Seguramente habría más de una entrada. Por desgracia ni una sola puerta más, solo la principal y las ventanas. Se asomó por una de las ventanas traseras. Había dos guardias custodiando a cinco personas. Uno portaba una ballesta y el otro una espada y escudo. El tirador estaba sentado apoyándose en la pared y con la vista hacia los cinco rehenes mientras que el otro se paseaba por la sala de un lugar a otro. Comprobó cuatro ventanas más, aunque esa era la mejor opción. Se lo pensó un poco, pero decidió hacerlo. Se deslizó por el agujero con tanto sigilo como pudo. El de la ballesta miraba hacia el otro lado, así que se acercó presto al de la espada y el escudo. Le golpeó la nuca con tanta fuerza como pudo dejándolo inconsciente. Sin embargo el otro hombre escuchó el ruido y corrió a apuntarle, pero fue demasiado lento. Alex se posicionó frente a él y le puso una daga en el cuello. El mensaje estaba claro, soltó la ballesta. El mercenario lo obligó a atar y amordazar a su compañero para después hacer lo mismo con él. Desató a los habitantes del pueblo y les ayudó a escapar por la ventana. Había otra puerta en esa sala. Se acercó y puso la oreja en la madera para escuchar. Por lo que se oía y lo que había visto antes, el grupo en el interior era numeroso, pero no había más de siete personas. Cinco según había visto por una de las ventanas. Los primeros le habían mentido.

Abrió la puerta tranquilamente, pero la vejez le había jugado una mala pasada a las bisagras que chirriaron atrozmente. Se acabó la sorpresa. Abrió la puerta de una patada y entró corriendo a la sala desenvainando su espada. Comprobó los enemigos, cinco hombres que portaban diversas armas y unas armaduras azules como los cinco anteriores. Al final de la sala había diez personas más atadas. Aquellos debían ser los demás habitantes del pueblo. Había cuatro niños, cuatro mujeres y dos hombres. El mercenario fue rodeado rápidamente por los cinco “blue armor” Solo había uno que llevara un arma a distancia, otra ballesta, mientras que el resto llevaban espadas o mazas. Lanzó su daga hacia la cara del ballestero haciendo que esta se clavara en su frente y él muriera al instante. Los otros cuatro se lanzaron furibundos al ataque. Alex retrocedió unos pasos cruzando de nuevo la puerta. Sus enemigos se detuvieron, no podían pasar todos por el pequeño espacio. Aunque uno siguió. En cuanto pasó pro le marco de la puerta Alex le dio una estocada en el abdomen. No pudo defenderse por el límite de movimiento que tenía entre la puerta y el mercenario. Ya solo quedaban tres. Pasó por encima del cadáver y se encaró al resto.

-Marchaos ahora y viviréis. Quedaos y tendré que mataros- Advirtió.

Realmente tenía la esperanza de que se marcharan, de no tener que arrebatar una vida más. Pero… sabía que no iba a ocurrir. Nunca escogían huir. Siempre hacían su elección mal y decidían seguir luchando por lo que solo podía terminar de una forma. Se abalanzaron a por él. El baile había empezado. Se movió a la izquierda, luego a la derecha. Esquivó una estocada y evitó un golpe. Dio un tajo leve y propinó un buen corte en un brazo mientras saltaba hacia un lado. Sus pies eran ágiles y sus manos aún más rápidas. El peso de la espada entorpecía sus movimientos, pero le daba más fuerza. Cortó la mano de un enemigo mientras detenía el ataque de otro y retrocedía de nuevo. Avanzó para apuñalar a uno, pero lo esquivaron y golpearon sus costillas. Cayó al suelo y rodó para reincorporarse. Tras eso se lanzó a por el de la mano cortada y le golpeó la cara con la empuñadura de la espada para después propinarle un rodillazo en el estómago. Los otros dos se lanzaron a por él, pero dio un giro veloz y la espada sesgó carne a la altura de la cintura provocando una herida letal y casi instantánea. El último corrió. Alex no lo persiguió, no necesitaba hacerlo. Agarró al de la mano cortada y lo lanzó hacia la puerta delantera para que se marchara. No tardó en hacerlo mientras juraba venganza. El mercenario se acercó a los prisioneros y los desató. Temía que les pasara algo, por lo que los acompañó hasta el pueblo. Tardaron en llegar el doble de lo que habría tardado él solo, peor había niños y personas mayores, no iba a presionarlos ni a obligarlos a hacer más de lo que podían.

-Tú… tú los has salcado. Te debemos la vida. Si mi Sizu estuviera viva… pero esos bastardos no tenían alma. Espero que hayan muerto y sufrido un infierno- Dijo el viejo del pueblo.

-Lamento no haber llegado antes, quizás pudiera haber ayudado a Sizu… Pero no han muerto todos. Algunos de ellos han sobrevivido, pero no volverán a acercarse- Explicó.

Aquello pareció alterar al hombre que miró a Alex con sorpresa y algo de rabia en sus ojos. Quizás por el recuerdo de aquella a la que había nombrado.

-¡¿Cómo has podido dejarlos con vida?! ¡Merecían la muerte! ¡Merecían que los mataran como ellos asesinaron a Sizu! ¡Tú, desgraciado, les has permitido vivir!- Gritó con lágrimas en los ojos.

-Su muerte no te habría devuelto a Sizu. Merecían morir, sin duda, pero yo no puedo ejecutarlos. Si puedo perdonar una vida lo haré, lo siento pero no soy un asesino frío como ellos- Respondió antes de girarse.

No esperaba que el hombre se disculpara pues, en realidad, lo comprendía a la perfección. Tampoco esperaba recompensa, nadie le había contratado para hacer lo que hizo y sin embargo ahí estaba. Era su deber, ¿cómo no iba a ayudar a alguien que lo necesitaba? Comenzó a andar para marcharse de allí, pero algo lo detuvo. Un niño se agarró a su pierna derecha impidiendo que se moviera. Lo miró con una sonrisa antes de darse cuenta de que el chico lloraba.

-Lléveme con usted. Han matado a mis padres y no quiero quedarme aquí, por favor- Le suplicó.

Rápidamente una mujer corrió hacia él y lo apartó disculpándose ante el mercenario. Era su tía, al parecer, y se encargaría de cuidarlo. Alex sintió una punzada en el corazón y deseos de llevárselo, ¿pero cómo lo iba a cuidar? No tenía un trabajo como para cuidar de un niño ni lugar para hacerlo. Su casa era pequeña y aunque cabría alguien más no era la mejor vida para el chico.

-Te prometo que algún día, cuando tenga un castillo, podrás venir conmigo- Le dijo.

Se sintió mal, como si hubiera mentido al chico pero realmente pretendía tener un castillo en algún momento y, entonces, podría cuidar del chico. Aunque no era él quien lo decidiría, su tía era quien decidiría su futuro. El chico afirmó con la cabeza y se secó las lágrimas con la manga de la camisa para después correr hacia una de las casas. Varias de las personas que había ahí agradecieron la intervención de Alex a pesar de que él repitiera una y otra vez que no necesitaba ningún agradecimiento. Finalmente se marchó de allí, ya no quedaba nada que hacer y había un largo camino a casa. Esperaba que su familia no se hubiera preocupado por él y que no preguntaran. ¿Cómo les iba a decir que había desaparecido durante casi un día sin ganar nada? Lo mejor era que no supieran nada. Y con eso en mente partió de nuevo rumbo a su hogar. El camino de vuelta sería más agotador que el de ida, pero también resultaba más reconfortante. Sin duda.

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