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Fairy Tail Chronicles


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Crónicas I

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Crónicas I

Mensaje por Etsu el Miér Mar 04, 2015 9:38 pm

Me encontraba ante una hoja en blanco, mis memorias. Los humanos acostumbraban a escribirlas a menudo, con una vida tan corta no me extraña. Pero entre los míos era raro, pero no imposible que uno lo hiciese. Nuestras memorias se mantenían siglos y todos recordábamos a los elfos merecedores de ser recordados.
Mojé la pluma en el tintero, extendí la hoja y comencé a escribir.

Crónicas I

Recuerdo con cariño mis primeros años en este mundo, apenas tenía yo siete años, cuando empecé a ser consciente de lo que realmente estaba sucediendo, pero todo comenzó unos años antes, antes incluso de que yo naciese. Mi padre fue uno de los tantos afectados por la maldición de las bestias, la cual convertía a las razas racionales en bestias sin sentido. Él fue uno de los afectados, conservó la suficiente lucidez como para darse cuenta de que si se enfrentaba en una batalla campal junto a los demás de su clase, terminaría muriendo, por ello huyó a las profundidades de los bosques.

Años más tarde se encontró con mi madre, una joven elfa que estaba cultivando los dones que le había entregado la magia de los ancestros. La magia que permitía controlar a las plantas y daba la posibilidad de convertirse en innumerables animales, conocida por los no elfos como magia natural. La criatura, llevada por sus más oscuros y perversos instintos atacó a la joven, pero esta no estaba indefensa. Controlando las plantas de su entorno fue capaz de reducir a la bestia y más tarde, dándose cuenta de que no era un ser natural, buscó la manera de ayudarlo. Pasó casi un año, antes de que el apuesto elfo pudiese recuperar nuevamente su forma humana, sin verse afectado para nada por su otra forma. Al menos no cuando estaba tranquilo y relajado, pues cuando sentimientos como el miedo, la ira o el odio salían a flote, empezaba a adquirir rasgos bestiales, siendo incapaz de controlarlos.

El tiempo pasó y ambos elfos se enamoraron y llegaron a tener planes para formar una familia. Ambos decidieron quedarse a vivir en el interior del bosque, al resguardo de las malvadas miradas y de los cazadores que perseguían a los afectados por la maldición. Hasta tal punto eran temidos, que se llegó a decir que eran hijos de un demonio, demonios fallidos y horrendos que ni siquiera tenían control sobre los elementos. Bestias sin sentido, sin cerebro que apenas se diferenciaban del resto de los salvajes animales que habitaban el mundo.
Como era de esperar, el aciago día llegó, la cabaña fue encontrada y los cazadores intentaron dar caza al elfo. Su joven compañera no podía huir, acababa de dar a luz a un pequeño retoño y sus fuerzas estaban menguadas, demasiado menguadas como para conseguir siquiera defenderse.

Aulther, el joven elfo, usando las habilidades aprendidas de su compañera la ayudó a transformarse en un ave. Una hermosa ave de plumaje largo y casi tres metros de envergadura. Tejió una cesta con las plantas del bosque y depositó en ella a su bebé. Besó la frente del recién nacido y salió por la puerta. Se transformó en una criatura alada, monstruosa y se lanzó contra los perseguidores, no sin antes echar una última mirada atrás. El sonido de las ballestas descargando contra la carne fue devastador, demasiado para la joven, que a pesar de ser un animal, lloraba, mientras emprendía el vuelo con la delicada cesta entre sus garras.
El recibimiento no fue el mejor del mundo, no cuando supieron con quién había engendrado al pequeño, una semi-bestia.

Los años siguientes no fueron un camino de rosas, pero tampoco estuvieron mal del todo. Comencé a decir mis primeras palabras, a andar y finalmente a correr. Jugaba como un niño normal, pero me estaba prohibido salir del entorno familiar. Sufría dolores, mareos, cambios de humor y aumentos de temperatura. Sucedían sin una explicación clara del porqué, pero mi madre sospechaba algo. Cuando me veía su mirada se perdía, su piel palidecía y unas gotas de sudor perlaban su tersa frente. Conforme el tiempo pasaba, los cambios fueron a peor. A veces mi cuerpo se cubría de un espeso pelaje negro, o mis dientes se afilaban. También empezaban a pitarme los oídos, a oler cosas raras o simplemente un terrible dolor sacudía mi espalda al nivel de los hombros.

A los diez años sufrí mi primera transformación completa, me dejé llevar por una rabia que no sabía que tenía y cuando desperté me encontraba en la cama, atado y sin poder moverme. Escuchaba los sollozos de mi madre desde detrás de la pared, pero no la dejaban entrar a verme.
Muerte, caza, problemas, esas palabras empezaron a escucharse a menudo por donde pasaba, tanto que en realidad empecé a asustarme. Mi madre me tranquilizaba y decidió que lo mejor era que aprendiese a usar la magia natural, con ella sería capaz de controlar las transformaciones que a mis trece años de entonces se habían salido completamente de control.

Mi madre lo intentó de todas las maneras posibles, pero yo no era un estudiante modélico. Nada de lo que ella intentaba enseñarme entraba en mi cabeza, no me interesaba convertirme en un animal. Me interesaba aprender a controlar lo que ya era. Por suerte para todos, cuando cumplí los quince años las situación comenzó a normalizarse, la mayoría de los síntomas fueron remitiendo hasta que poco antes de cumplir los dieciséis, estos desaparecieron.
Por ese entonces mi madre, Dhalhia, había desistido en cualquier intento de enseñarme magia. Yo había descubierto que la magia era enormemente diversa y me interesé por la magia elemental. Creí en ese entonces, y ahora lo sigo creyendo, que el secreto de la magia está en los elementos que conforman el mundo. Si aprendes a manejarlos, quizá aprendas más sobre lo que no se sabe, como los dioses, ¿de verdad se retiraron del mundo?

Los años siguieron pasando, decidí que lo mejor era viajar, salir de casa y descubrir el mundo. Alejarme de la protección de mi madre y darme cuenta de cómo es el mundo en realidad. La primera incursión que hice no me gustó demasiado. Las personas eran muy distintas a como me las había imaginado, se aprovechaban las unas de las otras, usaban sus poderes para abusar de los demás y la riqueza no se dividía de manera equitativa.
Pero lo peor no era eso, sino la vida. Las personas que conocí eran influenciadas por el paso del tiempo, envejecían y cuando su tiempo se acababa morían. Hice algunos amigos, como Hewlen, un muchacho de mi misma edad, que sesenta años más tarde murió. Al igual que Ygrith…

Volví a casa, para prepararme para dejarla definitivamente y cuando por fin cumplí los cincuenta años, puede abandonarla sin miedo. Tanto Hewlen como Ygrith habían formado sus respectivas familias, sus cuerpos ya no le respondían como ellos querían y se encontraban cansados como para seguir mi ritmo. Por lo que mi aventura fue en solitario. Empecé a formarme en el manejo de los elementos, pero eso no era suficiente para mí Yo quería mezclarlos, combinar su poder y legar a descubrir nuevas y alucinantes cosas. En ese afán por descubrir me encontré con un delicado templo, dedicado a Rila. Una de las diosas que habitan el mundo. Me llamó la atención porque era muy diferente de nuestro gran dios árbol, era una niña. Se decía que la más inteligente de los dioses y siempre ávida de conocimiento, ¡cómo yo!

Todo eso me llevó a buscar un sirio donde realmente yo pudiese encajar. Y lo encontré, Summa Sapientia. Se trataba de un grupo de personas no belicosas, dedicadas por completo al saber. Reunían conocimiento, plasmaban el suyo en enormes volúmenes y solo buscaban descubrir y descubrir nuevas cosas. Yo también quería formar parte, pero no estaba preparado todavía. No tenía nada que aportar al gremio, solamente mis vagos conocimientos de magia.
Por ello seguí viajando, con un libro en blanco, donde apuntaría todas y cada una de las cosas importantes que aprendiese.

Uno de mis viajes me llevó bajo tierra, a una mina en la que se necesitaba ayuda. Yo necesitaba dinero y ellos ofrecían trabajo. Además con lo poco que sabía de magia, lo único que conseguía era iluminar vagamente la estancia. Al menos eso que se ahorraban en antorchas.
Un día, uno de los nuevos derribó una viga de carga, haciendo que la mitad del túnel se viniese abajo. Yo conseguí salvarme, no sin herirme una pierna. Para salir tuvimos que buscar otra apertura, guiándonos por la luz de una pequeña Feya, ya que debíamos conservar la mayor cantidad de oxígeno.

El viaje fue largo, doloroso y me dejó exhausto. Llegamos a una cavidad subterránea que comunicaba con un lago exterior. Eran casi veinte metros, pero uno a uno fuimos animándonos a sumergirnos en las aguar y bucear hasta la salida. El último fui yo, que iba agarrado a uno de los palos para mantenerme en pie sin cargar demasiado la pierna herida. Escuché un agudo chillido en mi mente, como si alguien estuviese arrancándome el cerebro. Y entonces lo vi. Se trataba de lo que parecía ser un niño con un pulpo en la cabeza. No podría describir lo que sentí en ese momento, pero juraría que fue pena, dolor, miedo, hambre y ganas de salir corriendo y atacar al mismo tiempo. Pero no era posible, esos no eran mis pensamientos, o al menos, no solo eran los míos. Esa criatura se había metido en mi cabeza, su miedo se había convertido en el mío y si no lo interpreté mal, creí que pensaba que yo podría hacerle algo.

Dejé que el bastón cayese al suelo, haciendo un ruido sordo y me acerqué cojeando a la joven criatura a la vez que poco a poco iba transformándome en aquella bestia que era. A mi espalda crecieron dos enormes alas, negras y membranosas. Desde el ombligo hasta la punta de los pies, mi cuerpo se cubrió de un denso pelaje negro, al igual que mi espalda y brazos. Mi pies se convirtieron en garras y las uñas de mis manos se afilaron. A la vez, en mi cabeza crecieron dos largas y finas orejas blanquecinas y mis colmillos se alargaron enormemente, finalmente, de la parte baja de mi espalda salió una larga y delgada cola.

Extendí mi mano hacia la joven criatura, esperando que con mi nueva forma entendiese que yo no representaba un peligro para él. El indefenso niño con cabeza de pulpo pareció entenderme porque extendió su pequeña manita hasta coger la mía. En ese momento tiré de él, lo cargué y me elevé en el aire con un aleteo, a la vez que enroscaba mi cola en torno al bastón que había usado para agarrarme. Me zambullí en el agua, sin soltar a la pequeña criatura a la que cargaba. Me impulsaba bajo el agua con mis poderosas alas y finalmente emergí al otro lado del lago. A la luz del día, convertido en aquella criatura que a ojos de los demás era poco menos que un demonio. Extendí de nuevo mis alas, por las que el agua resbaló rápidamente y aleteé para perderme en la inmensidad del cielo, sintiendo las asustadas miradas de los demás a mi espalda.

Cuando me posé y vi claramente lo que tenía en brazos caí en la cuenta de que había sido muy incauto al hacerme cargo de un ser del que apenas sabía nada. Miré a la criatura que me devolvió la mirada a través de sus ojos azules, los cuales se ocultaban ligeramente tras los tentáculos. Me costó casi dos semanas sacarle algo de información a la criatura. Decía ser un illithid, un ser de las profundidades, abandonado por sus padres al no poseer grandes aptitudes psíquicas. Para criaturas como él, era vital estar conectado a la red telepática de la comunidad, pero su cerebro no le permitía eso. Su poder estaba demasiado limitado.


Levanté la pluma del papel, la deje sobre el tintero. Vi como la tinta poco a poco se iba filtrando hasta quedar en la hoja. Miré por la ventana y me levanté de mi silla, no sin asegurarme que la hoja no se movería y por tanto no se emborronaría la tinta.
La dejé allí y salí junto a Zafón, el cual esperaba impaciente nuestra próxima misión.

Peticiones:
Bueno, es la primera historia, quiero que de una explicación de dónde conseguí mi bastón actual, antes de ser tallado.

-Grimorio: En este libro, Etsu apunta todo lo nuevo que descubre sobre magia, como pueden ser los hechizos.

-NPC (lo crearé): Zafón, un illithid (desuellamentes) con la capacidad de conectarse telepáticamente única y exclusivamente conmigo. Con los demás habitantes de Dyscordia solo accede a la parte cerebral del habla, para poder comunicarse con ellos (no hablan, son telépatas). Además siempre va levitando.

-Aúreos: si se me quiere recompensar con algo que recibiese por el trabajo en la mina en la mina, no estaría mal.

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Re: Crónicas I

Mensaje por Dark S. Satou el Miér Mar 04, 2015 9:58 pm

Lo primero, ganas 2.061 de EXP y 3.091 áureos, ¡felicidades! También ganas tus peticiones, crea el NPC en el apartado y una vez creado se te aceptará.

Debo ser objetivo, debo ser objetivo... Me ha encantado, sinceramente. Me ha dejado con unas ganas de más tremendas, y realmente me ha fastidiado. Qué pena lo de tus padres, en serio... has sabido dar un toque original a un personaje semibestia, que no sea con una violación o asuntos raros... ¿El bosque lo cura? Por mí fantástico. Te has dejado un punto en un lado, y tal vez a veces narras demasiado rápido cuando podrías explicar la situación aún mejor, pero te entiendo, a todos nos pasa. Espero poder leer la segunda parte de las crónicas y que consiga un amigo elfo para que no se le vuelva viejo, joeh.

Sin enrollarme más, ganas un 20% más de exp de los 30 posibles. Por mí te daría los 30, pero oye, se me ha quedado un saborcillo amargo con lo cortito que era. u_u
La exp se te queda en 2473, y ganas 1.000 áureos de más por haber trabajado en la mina. Las minas son muy mal pagadas, y para mi opinión, no has relatado lo suficiente el trabajo. Ficha actualizada, suerte~~
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Dark S. Satou
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