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Carros y Bandidos [Misión Reezek - Fire Blood]

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Carros y Bandidos [Misión Reezek - Fire Blood]

Mensaje por Mylotych Reezek el Sáb Sep 05, 2015 6:30 pm

-¡Despertad! -Con aquel simpático grito, que habría reventado las ventanas de haberlas, nos despertaban en el gremio para comenzar el día.

-Así da gusto empezar el día, ¿eh, Shin? -Dije bostezando y sonriendo a mi fiel compañero de viaje, que me miraba serio, en pie y ya arreglado. Ese capullo estaba despierto hacía rato ya.

-Si no te quedaras despierto hasta las tantas... -Me dijo serio y formal.

-Oye, oye... No seas duro conmigo, ya sabes que está en mi naturaleza el trasnochar... Además, tú te quedaste también despierto hasta tarde... -Le reproché sonriendo, intentando hacerle ver que no éramos tan diferentes.

-Sí, leyendo un libro sobre medicina. ¿Tú jugabas a los dados con los guardias, no? -Respondió haciéndome ver que definitivamente no éramos iguales. Ni remotamente parecidos.

-Touché. -Dije sonriendo. -¿Qué crees que habrá interesante para hacer hoy? -Le pregunté sacándome un moco con el dedo meñique y lanzándolo a la cama de mi compañero de al lado, un joven aprendiz en el gremio que estaba aún muy verde.

-¿No lo has oído? Dos prisioneros escaparon, al parecer lograron salir de las celdas de la fortaleza enana de Vharg, y escaparon río abajo por uno de los caminos del Aguas-Claras, y según parece robaron a varios en su huida y se dirigen a un pueblo para saquearlo antes de desaparecer. -Parecían tipos duros, pero a mí no me sorprendía nada todo aquello, solo eran cobardes que huyeron rápido y robaron a campesinos. Al menos así era hasta que Shin terminó su frase con una última explicación. -Oh, se me olvidaba, también acabaron con una de las patrullas de enanos, la de Thorin. -Thorin era un rudo enano, con más músculo que cerebro, por con la fuerza suficiente como para ganarse mi respeto. Si esos tipos habían vencido a él y a su pequeño grupo, debían ser tipos duros.

-¿Nos han ordenado cazar a esos tipos, Shin? -Pregunté emocionado, con una mirada de ilusión.

-No. -Fue simple y directo, casi me hizo caer de boca al romper así mis sueños. -Pero mientras tú dormías, yo fui a buscar a Nelson y Caín, a los que les ordenaron el encargo de atraparlos, y los convencí para que nos dejaran el trabajo a nosotros.

-¿Entonces...? -Volví a decir ilusionado.

-Salimos en diez minutos. -Respondió él también bastante excitado de tener al fin un trabajo interesante.

-¡Toma ya! -Dije saltando alegre, y me encaminé a la armería a recoger mis espadas, pero entonces vi un cartel reciente, que hablaba sobre aquellos dos tipejos y un carro, que al parecer robaron. Un trabajo libre, que nos venía de perlas, pues mataríamos dos pájaros de un tiro al capturar a ambos criminales y recuperar el carro.

Pasaron así los diez minutos, y Shin y yo nos encontramos en la puerta de la fortaleza, vestidos y armados. Le comenté lo de aquel cartel y ambos aceptamos el encargo, para rápidamente salir corriendo de allí. Con un silbido, mis pequeños compañeros peludos abandonaron el establo general y se unieron a nuestra carrera, y el imperial águila que descansaba en mi cuarto salía volando para guiar nuestros pasos. Si las cosas se ponían feas les llamaría, si no no sería necesario, pero era mejor contar con ellos que no hacerlo.

El plan era muy simple: Iríamos hasta el río, y tomaríamos una canoa, que en el gremio usábamos para descenderlo, para así anticiparnos a ellos. En no más de un par de horas estaríamos en el pueblo.

Así lo hicimos, los rápidos de aquel río nos dejaron mareados, y al desembarcar estuve a punto de echar el desayuno que tan rápido ingerí por la boca de nuevo hacia fuera, pero logré contenerlo dentro de mí y continuar, tratando de convencerme a mí mismo de que aquello había sido necesario.

-Más vale que nos den una buena recompensa por esto... -Dije con una última arcada que a punto estuvo de convertirse en algo peor.

Shin y yo salimos de allí, dejando la canoa fuera del agua, y corrimos hacia el pueblo donde los esperaríamos. Al llegar, la gente se encontraba exaltada, y todos corrieron a sus casas nada más vernos.

-¿Qué sucede? -Me pregunté en voz alta, a lo que Shin respondió con calma.

-Creo que nos confunden con los bandidos. La descripción que tienen de ellos es la de un tipo grande y fuerte y un enano y flacucho hombrecillo. -Al acabar de hablar, le miré enfadado.

-¿Enano y ridículo hombrecillo? ¿Quieres pelea? -Ignorándome, Shin señaló a un pequeño niño que se nos acercaba.

-Mira. -El pequeño venía a por nosotros con un puñal en las manos, corriendo y gritando que nos mataría, que protegería su pueblo. -Creo que él sí que quiere pelea. -Dijo finalmente sonriendo al ver al pequeño.

-Que mono. -Dije riendo, mientras llevaba mi mano derecha al mango de mi espada. -Que lástima que vaya a morir tan joven... -Dije riendo.

El niño continuó corriendo hacia mí, y en el último segundo saqué mi espada y la choqué contra su daga, haciendo que esta volara por los aires y cayera a unos cinco metros de nosotros, clavada en el suelo. El joven muchacho cayó también justo después, impactando sus posaderas contra el suelo del miedo que sintió al contemplar mis ojos rojos como la sangre.

-¿Qué pretendes, chico? ¿Acaso quieres morir? -Le dije sonriendo, sacando mi lengua y relamiendo mis labios como saboreando aquel momento.

-Y-yo... -Tartamudeando, el joven se iba poniendo en pie frente a mí, con los brazos en cruz. -Yo... No... ¡No os dejaré que hagáis daño a nadie! -Aquel grito me sorprendió, y me hizo sonreir.

-Unas últimas palabras impresionantes. -Dije lanzando mi espada a toda velocidad hacia su cuello. El niño cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes para tratar de soportar el dolor de su muerte, pero para su sorpresa esta no llegaba. Al abrir de nuevo los ojos, Shin y yo estábamos ya a su espalda, de camino al pueblo. -Ahora, permanece callado un rato. Nosotros no somos los bandidos que vienen hacia el pueblo... -Al oír aquello se alivió, pero no podía creerlo, dudaba demasiado. Casi llorando de emoción, pero aún enfadado por su duda, nos preguntó de nuevo.

-¿Cómo sé que decís la verdad? -Sonreí al oír aquello, así como Shin, y al voltearnos para mirar al niño le mostramos dos marcas de nuestro gremio, Fire Blood, que nos identificaban como parte de aquel gremio que mantenía la paz en aquellas tierras. El joven cayó de rodillas al suelo, sonriendo y llorando a la vez. -Menos mal... -Aquella presión pudo con él, y finalmente se desplomó, agotado por tal estrés físico y mental.

-Un joven valiente. -Dijo Shin.

-Desde luego. -Musité yo sonriendo, mirando su cuerpo desmayado en el suelo.

Arreglado aquel malentendido, las gentes del pueblo vinieron a recibirnos, alegres y aliviados de ver nuestros emblemas, pues sabían que el gremio Fire Blood no los había dejado de lado. Rápidamente decidí dar unas directrices, lo primero era que todos los ancianos, mujeres y niños se refugiaran en las casas del centro del pueblo, y que los hombres las protegieran por si los bandidos lograban pasar de nosotros. Era fundamental asegurarse de que no lo lograran.

Así pues, Shin creó un par de muros de aproximadamente medio metro de alto, para servir de trincheras si la cosa se ponía fea, y desde dentro de una de las casas, la más cercana a la entrada del pueblo, se colocó observando y dio una palmada, con la cual generó un pequeño Golem de piedra, de apenas unos 25 centímetros de altura, con el cual defendería la entrada sin peligro. Colocándolo entre las dos trincheras, que dejaban como único paso el centro entre estas, hizo que el golem se pusiera agachado, haciéndose pasar por una simple roca en el camino, y esperó la llegada de aquellos dos hombres.

Yo, mientras, esperaba sobre un árbol cercano, dispuesto a saltar sobre unp de ellos en cuanto asomaran la cabeza.

En principio, la idea era buena. Sin embargo, tuvimos un fallo, algo con lo que no contábamos...

Desde la lejanía podía ver como se acercaba un carro con motivos de oro, reconociéndolo fácilmente.

-Mierda. -Me dije a mí mismo preocupado. -No me jodas que... -Mirando al carro, pude ver unos diez hombres detrás, junto a los dos bandidos que iban montados sobre el carro. -Se han traído a sus amigos...

Aquellos eran parte de la misma banda de los bandidos, que se habían quedado esperando órdenes cuando sus jefes fueron capturados, pero que ahora regresaban a las andadas.

-Ahora entiendo que para capturar a un par de idiotas hayan necesitado llamar al gremio, seguramente Thorin no esperaba un grupo tan numeroso y por eso perdió contra esos idiotas... -Sin perder un momento, salté de copa en copa de los árboles hasta llegar a uno lo bastante cercano a la casa donde se encontraba Shin para avisarle. Debíamos cambiar el plan.

Los bandidos llegaron a la entrada, pero se detuvieron al contemplar las dos pequeñas barricadas de piedra.

-¿Qué coño es esto? -Dijo uno de los que los acompañaban. -Ayer mismo estuve aquí y estas piedras no estaban en el camino... -Dijo molesto. El cabecilla, uno de ellos, bajó del carro sonriendo y sacó su arma, una daga muy afilada que guardaba en la parte delantera de su cinturón.

-Estad atentos chicos, tenemos compañía.

-¿Compañí..? -Antes de acabar la frase, Shin, cubierto con una larga túnica negra, se levantó de detrás de la barricada y le lanzó una bola de fuego, que le golpeó en la cabeza, mandándolo hacia atrás. Otra llamarada, salida de mi espada en llamas tras asomarme sobre la otra barricada vestido igual que mi compañero, golpeó a otro de ellos. Ya solo quedaban diez.

-Malditos inútiles... -Dijo el otro de los cabecillas al que nos ordenaron capturar y entregar a la prisión, bajando del carro y sacando una enorme maza de su espalda.

-Tendré que hacerlo yo.

Cargó contra el muro que protegía a Shin y de un poderoso golpe lo hizo trizas.

-Soy el hombre más fuerte de Dyscordia, mi nombre es Mahmuht. -Shin sonrió al oírle decir aquello, y se crugió los nudillos.

-¿No me digas? -Le preguntó sonriendo. Saltando sobre el muro, Shin le lanzó un puñetazo en el pómulo izquierdo a Mahmuht, que logró hacerle caer de espaldas. -¿Eso es todo? ¿Este es el hombre más fuerte de Dyscordia? No me hagas reír.

Mahmuht se levantó sonriendo, y crugió su cuello, cerrando con fuerza sus puños.

-No... Ahora verás al hombre más fuerte de Dyscordia... -En cuestión de un instante, Mahmut comenzó a crecer y a salirle pelo del cuerpo. Era una bestia. -¿Tienes miedo? -Preguntó sonriendo.

-Creo que eres tú el que no comprende a qué clase de enemigo se está enfrentando... -Respondió riendo, mientras se quitaba la túnica y dejaba a la vista su cuerpo de Audron y de Semi Demonio, con sus pinchos negros y su piel blanca.

-¿Qué demonios eres? -Preguntó asustado.

-En tu pregunta está la respuesta. -Dijo, enigmático, Shin, dando a entender que era un Demonio como él mismo dijo al preguntar. Sin esperar a que reaccionara, atacando aprovechando el factor sorpresa, Shin formó una descarga eléctrica en su mano y la lanzó contra Mahmuht, que se agachó justo a tiempo de eludirla. Sin embargo, aquel rayo alcanzó a otro de los subordinados de los bandidos. -Uno menos. ¿Tú qué tal vas? -Me preguntó Shin, mientras me miraba cortar en las venas de piernas y brazos a uno de aquellos bandidos que se abalanzó sobre mí, y a mi lado el cuerpo de otros dos hombres ya vencidos.

-No voy mal. -Dije sonriendo. Solo quedaban seis, y entre ellos dos que sí serían buenos adversarios.

Uno de ellos precisamente, el pequeño, me miró fijamente. Comenzó a caminar, acercándose a mí lentamente, y sacó otra daga que llevaba en la parte de atrás del cinturón. Al verlo, saqué mi segunda espada, y sonreí.

-Mi nombre es Chakhal y soy... -Sin dejarle terminar, le interrumpí bruscamente.

-No me importa. No quiero saber tu nombre, tu historia ni tu vida u obra y milagros, solamente quiero saber una cosa de ti.

-¿Qué? -Preguntó curioso.

-Cuánto podrás divertirme antes de perder. -Sonriendo, corrí a toda velocidad hasta justo delante suyo, y lancé un corte, que logró bloquear con su daga.

-Eres muy fanfarrón... -Dijo lanzándome un corte con la otra daga, que detuve con mi segunda espada, quedando ambos en un duelo físico, empujando espadas contra dagas y viceversa.

-Tú eres muy lento. -Dije aburrido, mientras me agachaba y sus dagas pasaban justo sobre mi cabeza. Desde el suelo, apoyado sobre una pierna, giré sobre mí mismo y le desestabilicé golpeándole con mi otra pierna en el tobillo, haciéndolo caer de espaldas. Tras levantarme, me di la vuelta y comencé a alejarme. -Aburrido... -Dije molesto por la decepción que me produjo su bajo nivel.

-¡Vete a la mierda! ¿Quieres morir no es así? ¡Bien! Entonces pondré fin a tu vida... -Su cuerpo comenzó a crecer, tal como el de su compañero, pero en su caso no era pelo lo que salía sino...

-¿Ah? ¿Escamas? ¿Qué demonios eres? -Era una especie de hombre lagarto, un semi bestia que me sacaba una cabeza y con una gran fuerza. En su cola, recién aparecida, un par de púas formaban ahora un arma más de las que yo empuñaba, y no tardó en ser notorio dentro del combate, pues nada más transformarse se lanzó de nuevo como antes, y bloqueé sus dagas con mis espadas, pero su cola logró cortarme en el estómago con un rápido movimiento.

Reía como un loco, brincaba eufórico por dañarme, y yo me limité a sonreír como él lo hacía, y a celebrar incluso más alto que él.

-¡Eso es! ¡Ahora! ¡Ahora sí podrás divertirme! -Con aquel grito, sonreí y mis ojos rojos como las llamas del infierno se posaron en los suyos. -Procura no morir. -Le dije con una demoniaca sonrisa. En ese momento, corrí usando mi técnica más veloz, aquella que tanto me costó entrenar, y me moví tan rápido que apenas podía seguirme con la mirada. Por el camino, corté en el torso a tres de los bandidos, y pude ver como Shin lanzaba por los aires contra uno de los muros de piedra a otro, así que solo quedaban los cabecillas, Mahmuht y Chakhal. A toda velocidad me lancé a por él, incendiando mis espadas por el camino, y cuando estuve a punto de ensartarle con estas, logró girar y detenerme con sus dagas.

-¿Sorprendido? -Me preguntó sonriendo.

-Gratamente. -Le respondí con una sonrisa aún mayor. -Pero... ¿qué harás ahora? -Agité mis espadas justo frente a su cabeza, deslizándolas por el filo de sus dagas, y las llamas de mis hojas volaron hasta su rostro, quemándole y cegándole al mismo tiempo.

-¡Mierda! ¡Hijo de...! -Lanzó coletazos a diestro y siniestro, pero los esquivé sin demasiado apuro, hasta que decidí bloquear con, agarrándolo con el brazo al golpear mis costillas para evitar que siguiera meneándolo. -¡Jódete, te he dado! -Dijo riendo, aún con los ojos cerrados y quemados.

-Bueno, más o menos... -Insinué, haciendo alusión a que me dejé golpear, mientras con mi sable en llamas cortaba su cola de un poderoso tajo. El grito de dolor fue tremendo, lo suficiente para que su compañero volteara la cabeza y le dedicara una mirada.

-Haz el favor de no distraerte... -Le dijo Shin, que se había colocado justo frente a él y le había clavado uno de sus pinchos del codo en el torso, desde el cual generó un carámbano de hielo que lo perforó todavía más, derrotándolo por completo.

-¡No puedo perder, no pienso volver a prisión! -Gritaba Chakhal, lanzando cortes con sus dagas por doquier, mientras yo me acercaba caminando y lo desarmaba, tal como hice con el niño pequeño un tiempo atrás.

-Los débiles no pueden decidir su destino... -Dije sonriendo, mientras mi rostro cambiaba poco a poco a uno completamente serio. -Has perdido. -Con un doble tajo en forma de "X" acabé el combate, dejándolo postrado en el suelo, vencido, derrotado. Me volví hacia Shin caminando despacio. -Al final fue entretenido, aunque este tipo ha resultado ser aburrido como todos los demás...

-Ya tendremos trabajos más divertidos, no es sencillo ascender en la jerarquía de un gremio. -Dijo Shin, con su clásica sabiduría.

-Ya, ya... -Respondí con mi habitual dejadez.

Mientras, el clima cambiaba. La atmósfera oscura y sombría desaparecía, y reinaba la alegría de nuevo. La gente del pueblo salió a celebrarlo, pero Shin y yo teníamos prisa. Subimos a los dos tipejos al carro, y regresamos a Fire Blood para entregarlos. Había sido un trabajo interesante.
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Mylotych Reezek
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