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Fairy Tail Chronicles


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Mi nombre es Elénaril

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Mi nombre es Elénaril

Mensaje por Alex el Lun Sep 28, 2015 12:52 am

Un inmenso castillo se alzaba frente a Alex. Por supuesto los había visto mucho mayores, pero aquello no hacía que este dejara de verse impresionante. Algún día él tendríau no así para todos los suyos. No necesitaba lujos ni quería más que una casa donde sentirse cómodo, pero tenía la esperanza de poder dar a su familia lo que merecían. Y el mayor de los castillos sería pequeño en comparación. Pero no era momento de pensamientos de futuro ni de sueños incumplidos. Ahora debía cumplir una misión. Había sido enviado como delegado de Fire Blood para contactar con un rico noble del Norte que bien podría donar mucho dinero al gremio. Según las palabras del aristócrata, estaba muy interesado en invertir para mejorar la organización de Thorodan y tener buena relación con ellos. Si algo sabía Alex es que ningún noble hacía algo de buena voluntad, algo debía querer para ser tan generoso.

Llegó hasta las puertas y se presentó. Los guardias parecían un poco recelosos pero, tras leer la invitación del noble y los permisos firmados por un alto cargo del gremio, le dejaron pasar. Los pasillos que cruzó eran largos y anchos como para hacer fiestas en ellos. Se podía imaginar la cantidad ingente de gente que los habría atestado en reuniones y bailes. Tan sorprendido estaba por la decoración y la construcción que no pudo ver a quien tenía delante. Antes de poder reaccionar chocó contra algo, pero él apenas se movió. Cuando miró hacia delante se percató de que había embestido a una pobre sirvienta del castillo y la había tirado al suelo. Le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

-Lo lamento mucho, soy idiota. Me había impresionado con el castillo y no he mirado por dónde caminaba- Se disculpó.

-No, mi señor, la culpa ha sido mía. No debería haber estado en su camino- Respondió apesadumbrada.

Su mirada se perdió en ella. El cabello, color fuego y tan intenso como una llama, caía en largos surcos adornando unos pálidos hombros de tersa piel. Unos ojos verdes y profundos embellecían con brillo un rostro ya de por sí hermoso. Pero la sonrisa… aquella sonrisa estaba llena de tristeza y melancolía. Un falso gesto que quizás provocaban los recuerdos de un tiempo mejor. El cuerpo parecía esculpido por las manos de algún dios, pero unas humildes ropas no permitían que se luciera como debía. Solo el hollín y el polvo daban un toque de realidad a aquella mujer de ensueño. Aquella suciedad le daba un aspecto fuerte y terrenal, pero sus finos rasgos y su delicado aspecto la mostraban tan frágil como una estatua tallada en cristal. Quizás otros no la hubieran descrito así, pero para él… para él era perfecta.

-Eres preciosa- Le dijo él sin terminar de creer que fuera real.

-Gracias, mi señor, pero sus palabras son demasiado hermosas para una sierva como yo- Respondió avergonzada.

-Te equivocas, tú eres demasiado hermosa para mis palabras- Le aseguró.

Se acercó a ella lentamente, como si tuviera miedo de asustarla y que huyera. Parecía un lobo acechando a una liebre, pero él era la presa pues había caído ante aquella mujer incluso antes de dar el primer paso.

-No soy tu señor, soy de origen tan humilde como tú. Más lamento no ser tan perfecto ni encontrar palabras para expresar tu belleza- Le aclaró más convencido de lo que jamás había estado.

Ella se ruborizó y miró hacia el suelo para evitar encontrar su mirada con la de su admirador.

-Por favor, mi señor, no soy merecedora de tanta atención. Si me disculpa, debo seguir trabajando- Dijo apresuradamente a modo de escape.

-Espera, por favor, solo un segundo más… Aunque desee toda una vida. Ya te he dicho que no soy un señor, pero si insistes lo seré. ¿Podría yo, el señor Alex Harken, conocer el nombre de la hermosa dama que ha encandilado mis ojos y robado el brillo de las estrellas para engalanarse en la más grande belleza?- Dijo clavando una rodilla en el suelo.

-Mi nombre es Ele… Helena- Respondió antes de salir corriendo.

Él trató de perseguirla, de detenerla, de mantenerla a su lado, pero habría sido una desfachatez por su pare. No era ningún señor ni tenía derecho alguno. Además, había venido en nombre de su gremio para realizar una misión. Siguió andando y admirando la construcción hasta que llegó a la sala del trono. Allí se acomodaba un hombre bajito y regordete engalanado en pieles y joyas con valor suficiente como para alimentar un pueblo entero durante meses. Alex hizo una reverencia en señal de respeto y saludo y se presentó sí mismo como miembro de Fire Blood y enviado del gremio. La conversación que aconteció después fue de todo menos entretenida. El mercenario hubo de hacer un esfuerzo titánico para poder concentrarse y prestar atención. Aunque algunas palabras pasaron desapercibidas para él. Pero entendió lo que debía hacer, acompañar al noble y a su séquito hasta las mismísimas puertas del castillo de Thorodan para que el hombre presentara sus respetos e hiciera la donación. Pero había algo que ocupaba la mente de Alex y lo distraía.

-Disculpe, mi señor, la chica elfa que andaba por los pasillos hace un momento…- Dijo sin terminar de hablar.

-¿Helena? ¿Ha hecho algo malo?- Preguntó interrumpiendo a su interlocutor. -¡Traedla ahora mismo!- Ordenó a unos hombres que salieron a toda prisa de la sala.

El mercenario trató de interrumpir, de evitar esa situación, pero no tuvo tiempo. Los soldados habían partido y el noble siguió hablando como si estuviera solo en el mundo. Quizás estaba enamorado de su propia voz. Típico de aquellos pomposos estúpidos.

-No es mala para ser elfa. Claro, nunca estará a la altura de una humana, pero sirve para que mis hombres se diviertan de vez en cuando. Aunque no los entiendo, tenemos muchas humanas y aun así se dedican a jugar con esa inferior. Yo jamás la tocaría, qué asco- Explicó.

Alex no podía creer lo que estaba escuchando, era del todo irreal. ¿Aquella mujer era una prostituta? De serlo, ¿por qué estaba haciendo las tareas de una sirvienta? No, ahí había algo más y él debía averiguarlo.

-Mi señor, ¿esa mujer es una… meretriz?- Preguntó.

-¿Meretriz? Qué palabra tan fina para referirse a una sucia ramera. Pero no, no es ese su oficio. Aunque no les puedo negar a mis mejores hombres un rato de diversión. Ella es una sierva por deudas- Respondió.

Era todo lo que Alex necesitaba saber. Una esclava, esa era la palabra. Los siervos por deudas no eran más que cautivos obligados a trabajar por una deuda que nunca está saldada. Y los dos reinos del Norte prohibían eso. Echaría a perder su puesto como miembro de Fire Blood, estropearía una alianza realmente importante para el gremio y enfadaría a alguien muy poderoso. Pero sus principios, sus ideales, estaban por encima de la organización y de cualquier tarea que le encomendaran. Los soldados no tardaron en llegar con Helena en sus manos. Tenía magulladuras en la cara, señal de que la habían maltratado. El mercenario se acercó a ellos y, a tanta velocidad como pudo, desenvainó su arma y propinó un golpe con la empuñadura en la sien de uno de los hombres. El siguiente ataque fue dirigido a la boca del estómago del restante. La cota de mallas que llevaban los protegían de cortes, pero los golpes seguían doliendo. Acto seguido se lanzó a por el noble y le puso la espada en el cuello.

-La esclavitud está prohibida aquí, deberías saberlo. Si ordenas que nos sigan o te atreves si quiera a moverte, volveré y acabaré con tu repugnante vida- Le advirtió.

Guardó su arma y corrió hacia la elfa. La agarró de la mano e inició la huida. Ella lo siguió casi por inercia, ninguno de los dos sabía lo que estaba haciendo y el único pensamiento de ambos era alejarse tanto como fuera posible. El inmenso castillo ahora parecía mucho más grande, casi infinito. Pero lo superaron, consiguieron escapar y adentrarse en el bosque que lo rodeaba. Desde un punto de vista estratégico no era un buen lugar, pues los enemigos podían llegar desde cualquier punto casi sin ser vistos a causa de los árboles y no era muy defendible. Pero ahora ellos serían los atacados. Corrieron durante más tiempo del que Helena pudo soportar y, finalmente, se vieron obligados a detenerse.

-¿Por qué? ¿Por qué lo ha hecho?- Preguntó.

-Porque no podía permitirlo, eres una esclava y es ilegal. No te mereces que te traten así- Contestó él.

-¿Que no lo merezco? No me conoce de nada, no sabe si lo merezco o no. Yo… él salvó a mi padre y le ayudó a alargar sus últimos días. Era mi deber pagar esa deuda- Dijo mirando hacia el suelo.

Era cierto, Alex no sabía nada de aquella mujer. Completamente nada. Bien podría haber sido una asesina, una persona que no mereciera compasión pero… no pudo evitarlo. Verla en aquella situación despertó algo en él. Nadie merecía una vida así y su deuda fue pagada hacía muchísimo tiempo. En cuanto descansaron lo suficiente iniciaron de nuevo la marcha. No tardarían en perseguirlos, si es que no lo estaban haciendo ya. Para aquel noble sería mucho más fácil deshacerse de él y decir que nunca llegó al castillo. Su nombre quedaría limpio y su alianza con Fire Blood podría llevarse a cabo de todas formas. Si Alex vivía, en cambio, podría echarlo todo a perder y denunciarlo por esclavista. Nadie lo creería y aquel asqueroso quedaría en libertad, pero con una reputación manchada que no le permitiría vivir tan bien como antes. Anduvieron hasta llegar la noche y acamparon. El hombre trató de borrar todas las marcas que habían dejado para dificultar la persecución y, por miedo a dar una señal de su ubicación, no encendió ninguna hoguera. Al amparo de la Luna como única luz, se quitó la armadura y se tumbó recostado en las raíces de un árbol sin más protección contra el frío que la ropa que portaba. La chica se acercó a él y desabrochó las ataduras de su vestido ante la atónita mirada de un hombre que no supo reaccionar. La ropa se deslizó desde sus hombros cayendo por la tersa piel de la mujer hasta detenerse en el suelo. La tenue luz que los alumbraba hacía más perfecta la imagen de aquella celestial mujer.

-¿Qué haces?- balbuceó sorprendido.

-Lo que desea, mi señor. Lo que todos desean siempre- Alegó de forma tajante.

-Ya no tienes que hacerlo, no eres una esclava. Ahora eres una mujer libre y nadie volverá a obligarte a hacer algo que no quieras hacer- Le aseguró.

-Pero yo… quiero hacerlo- Insistió ella.

Era innegable que su cuerpo era hermoso. Alex había visto muy pocas mujeres tan atractivas como ella y el calor comenzaba a invadirlo. Sus instintos más primitivos afloraban y sintió deseos de poseerla allí mismo, de tomarla y hacerla suya. Pero él no era así y ella no debía agradecer ni pagar de esa forma. Aunque era tan bella… Se quitó la camisa de lino que portaba. Era grande incluso para él, pero le protegía bien de la temperatura. Se acercó a ella, sin terminar de levantarse, y aferró su mano. Con una fuerza muy leve la atrajo hacia él y, cuando la tuvo lo suficientemente cerca como para sentir su respiración, la vistió con aquella prenda que se había quitado. Después asió el vestido de la mujer y se tumbó recostándola a ella sobre su torso desnudo. Utilizó aquel ropaje sucio que ella había llevado como una manta para taparse ambos. Aunque la cubrió principalmente a ella y él quedó desprotegido casi por completo.

-No quieres hacerlo. Ni debes. No te he salvado, no te he dado nada, simplemente te he ayudado a recuperar la libertad que debía haber sido tuya hace muchos años. Has pagado tu deuda con creces y ahora tendrás una nueva vida, no la empieces así. Descansa cuanto puedas, partiremos al amanecer- Le explicó.

Ella no dijo nada, pero Alex notó unas lágrimas tibias rozando su piel y escuchó unos ligeros sollozos. Se arrepentía por haberlo deseado, él no era nadie para volver a hacerle eso. Pero se había controlado y había muchas cosas de las que preocuparse. El alba despuntó antes de lo que habría gustado a los dos fugitivos. Él fue el primero en despertarse y estuvo a un suspiro de levantar a su compañera, pero esperó unos segundos mágicos. No recordaba, en toda su existencia, haber despertado de mejor forma.

-Nunca- Se dijo a sí mismo.

Ella estaba allí, apoyada con ambas manos en el torso del ahora despierto hombre y con el rostro iluminado por la ligera luz del nuevo día. Su piel brillaba con fuerza como si de un estanque reflejando el Sol se tratara. Sus labios carnosos parecían suplicar un beso y sus cabellos rojos y ondulados acariciaban el cuerpo de Alex mientras la brisa matinal los hacía bailar. Durante el transcurso de la noche no se habían movido ni un ápice, aun así el vestido que había servido como manta se había desplazado de forma en que ya ni ella estaba cubierta del todo. Desde su posición, el mercenario podía ver los pechos descubiertos de la mujer. Se enrojeció y pudo sentir cómo su corazón, y alguna otra parte de él, comenzaba a latir a toda velocidad y con gran fuerza. Quizás ella también lo sintió, pues no tardó en despertarse.

-Buenos días, princesa- Dijo sin pensar al ver cómo ella abría los ojos.

-Buenos días… mi señ-

-Alex- La interrumpió.

-Buenos días, Alex- Respondió de forma tímida.

No perdieron el tiempo y se vistieron tan rápido como pudieron. Ele, de repente, mostraba una recién adquirida la vergüenza que no mostró el día anterior. Se ocultó tras unos árboles nada más levantarse para poder vestirse de nuevo lejos de los ojos de aquel hombre que la había observado como si ella no fuera mucho más de lo que ella creía merecer. Él lo lamentó, pues se giró por respeto y perdió de vista aquel cuerpo tan hermoso. Cuando volvió parecía otra. Pero no por el vestido mugriento, si no por el rostro compungido por una grave sensación de inferioridad. Alex no pudo evitar pensar que aquella ropa le recordaba sus momentos en el castillo, por lo que era normal aquella reacción.

-Ni la suciedad consigue desvanecer tu belleza- La interrumpió.

-Elénaril- Dijo liberándose de repente y cambiando su tristeza por una sonrisa.

El rostro de su interlocutor, en cambio, mostraba sorpresa e ignorancia. ¿Sería “gracias” en alguna lengua de los elfos? Ella pareció darse cuenta y se apresuró a explicarlo.

-Elénaril, sin hache, es mi verdadero nombre. El señor… se empeñó en cambiarlo por Helena para humanizarlo- Declaró.

-Jamás había oído algo tan estúpido. Elénaril es, sin lugar a dudas, más hermoso que Helena. De hecho, es el nombre más bonito que he escuchado jamás. Lindo nombre para una mujer preciosa- Le respondió.

-Puedes llamarme Ele- Informó ella.

El repitió el diminutivo y sonrió a coro con ella, que parecía alegrarse de que alguien la llamara por su nombre después de tantos años. El último que la llamó así… descansaba desde hacía más tiempo del que ella quería recordar. Los momentos de nostalgia trajeron alguna lágrima reprimida y una sensación de pérdida que solo se fue con la repentina marcha que tomaron de nuevo. Al amparo del amanecer dirigieron su rumbo hacia Fire Blood. Había mucho camino por delante y Alex tendría mucho que explicar cuando llegaran. Pero ahora el camino les pertenecía y Ele podría disfrutar de una libertad de la que no había gozado en años. El comienzo de una historia que marcaría la vida de ambos.

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Re: Mi nombre es Elénaril

Mensaje por Isma el Miér Sep 30, 2015 7:54 pm

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