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Yo, yo soy minero (Obteniendo la profesión de minería)

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Yo, yo soy minero (Obteniendo la profesión de minería)

Mensaje por Alex el Sáb Oct 10, 2015 1:17 am

Walter Harken solía decir mucho un refrán cuando castigaba a sus nietos trabajando en la forja y trataba de darles una lección sobre herrería. “Los mejores herreros son aquellos capaces de hacer una obra maestra a partir de los materiales más pésimos. Sin embargo, los mejores herreros saben escoger grandes materiales para hacer las mejores obras.” Y era cierto. No había duda alguna en sus palabras, pues bien sabían Alex e Isma que las armas y armaduras de mayor calidad que su abuelo había hecho a lo largo de su vida estaban fabricadas con materiales muy buenos. ¿Pero cómo los conseguía? No tenían demasiado dinero como ara comprar dicha materia prima. La respuesta no se hizo esperar demasiado.

-Ser un buen herrero no te exime de ser también un buen minero. Si quieres los mejores materiales debes saber diferenciarlos y encontrarlos tú mismo. Hoy os enseñaré algo que guardo con mucho cuidado- Les dijo aquel día.

¿Qué sería aquello que guardaba con tanto recelo un hombre tan sencillo como Walter Harken? ¿Tendría un ejército que le buscaba materiales? ¿Una mina secreta? ¿Un genio que le diera todo lo que quisiera? La imaginación infantil de los hermanos les hizo imaginar un millón de posibilidades que, de haber razonado en condiciones, habrían descartado rápidamente por su inviabilidad. Pero no dejaban de ser niños muy imaginativos. Aunque la respuesta fue algo decepcionante para ellos, algo que no hubieran esperado jamás a pesar de la sencillez que conllevaba. Una mina “secreta”. Y con secreta se podía decir que era secreta para los que no vivieran cerca pues la explotaba casi todo el pueblo. Sin embargo, solo Walter sabía en qué parte de la mina estaban los mejores materiales.

-Aquí está, mi secreto mejor escondido, la mina que perteneció a la familia Harken hace siglos. Ahora todo el pueblo vive de ella. Como debió ser desde el principio. Acompañadme, veréis de dónde extraigo los materiales que utilizo- Les explicó.

Y así fue, los llevó al interior del lugar, a una zona bastante oscura solo accesible con una lámpara o antorcha. Tras tres cuartos de hora andando llegaron a una galería que parecía casi virgen. Y de hecho lo era prácticamente pues solo su abuelo la había tocado y en raras ocasiones. De aquel lugar extraía minerales muy selectos solo para las ocasiones más especiales. Y ahora ellos sabían dónde estaba. Aunque muy poco sabían sobre minería. Y así se mantuvieron durante mucho tiempo. A pesar de que aquel hombre trató de inculcarles conocimientos sobre ese oficio, ellos preferían los juegos y las peleas a la minería o la herrería. Quizás debió castigarlos en la mina como los castigaba con la forja, pero no lo hizo. Les dejó vivir su infancia tan bien como pudo. Y no fue hasta su adolescencia que Alex comenzó a interesarse por los minerales. Sus sueños de guerras y gloria infantil comenzaron a cobrar realidad con esa edad en la que ya razonaba y se daba cuenta de que podía ocurrir.

-Me gustaría que me enseñaras a ser un buen minero, abuelo- Le pidió una vez a Walter Harken aun sabiendo lo estricto que era como profesor.

-Prepara los brazos porque vas a picar hasta que dejes de notarlos- Le advirtió.

Era cierto, Alex lo sabía muy bien. Pero no se acobardó, no permitió que aquello lo disuadiera. Al contrario, aceptó y sufrió lo necesario para convertirse en lo que quería. Empezó aprendiendo la mejor forma de agarrar el pico y golpear para no forzar los brazos ni destrozar lo que pretendiera sacar de la roca. También aprendió la diferencia a la vista y al tacto de los materiales más comunes así como la resistencia que iban ofreciendo a los golpes. Era difícil, pero se asemejaba algo al combate y a otros entrenamientos a los que su abuelo lo había sometido. Era tan sencillo como distribuir las manos con una separación suficiente que permitiera una postura relajada pero que no impidiera el movimiento. Además, el golpe debía ser desde atrás y por encima de la cabeza con tanta precisión como fuera posible. Jamás habría imaginado que adiestrarse en el arte de la espada lo habría hecho mejor minero en un futuro. Pero así fue pues media lección, al menos en lo que a físico se refería, ya la tenía inculcada.

Pero lo que más lo impulsó fue su deseo de poder conseguir los materiales por sí mismo para fabricar sus propias armas. Si quería ser un guerrero, una leyenda, debería usar el mejor armamento. Y la única forma de asegurarse era que estuviera hecho por él. Y así lo intentó, practicaba todas las semanas durante meses hasta que se convirtió en un minero decente. Sin embargo, como era típico de un adolescente, terminó por aborrecer aquel oficio y dejar su entrenamiento. No fue hasta varios años después cuando retomó las enseñanzas de su abuelo. Tanto él como su hermano ya se habían convertido en mercenarios y era ahora cuando se daba cuenta de lo difícil que era obtener armas y de lo caro que resultaba todo. Aunque siguió sin preocuparse hasta que un momento de su vida le hizo cambiar de opinión.

Ahí estaba él, enzarzado en una discusión con varios comerciantes que vendían hierro a un precio demasiado alto para la poca calidad que tenía. En medio del fragor de la disputa, una hoja silbó en el aire destrozando el diálogo y convirtiendo una charla acalorada en una condena. Uno de los comerciantes trató de atacar a Alex, que esquivó sin problema alguno y no le dio importancia, pues no quería problemas. Pero la daga fue otra cosa, el hombre que la sacó apuñaló al comerciante que había atacado al mercenario y lo despojó de su vida. Harken se vio obligado a desenvainar su arma y defenderse de alguien que ya no tenía intención alguna de vender productos, de discutir o incluso de romper algunos dientes, había llegado al último extremo posible. Un tajo preciso separó la mano amenazante de aquel insano hombre que la portaba, pero no fue suficiente. El calor guardado durante la conversación estalló en ambos bandos y la contienda terminó con un desolado Alex que se arrodillaba lamentándose por lo que había hecho. No tuvo más opción, era su vida o la de su rival, pero… tenía la sensación de que podría haberlo evitado.

Aquello lo marco, ya que la muerte de ese hombre fue orquestada por algo tan banal como el precio de un producto. ¿Había valido la pena ahorrarse unas monedas a cambio de una vida? Por supuesto que no. Pero tampoco lo había esperado. Ahora entendía, en cierta forma, a su abuelo. Walter Harken era un gran hombre, el mejor que él había conocido. Aunque era de comportamiento difícil y mucha gente lo trataba de cascarrabias intratable. A pesar de ello, Alex no había visto nunca a nadie tan bueno y preocupado por los demás como lo era su abuelo. Y era en esos momentos cuando comprendía sus motivaciones. No era un solitario porque detestara a los demás, no trabajaba solo porque no quisiera compartir, no buscaba sus propios materiales porque quisiera ahorrar… hacía todo eso precisamente porque se preocupaba por todos. Cuanto más cerca estuviera de la gente más peligroso sería para ellos pues tarde o temprano habría algún conflicto y él había sido un gran guerrero en el pasado, podría haber matado a alguien sin querer. Trabajar en compañía o comprar materiales podía significar discusiones, peleas y… algo como le había ocurrido a su nieto.

La minería volvió a formar parte de su vida como un símbolo más que como una profesión. Un recuerdo a lo que había pasado, un rayo de esperanza para que no volviera a ocurrir, y una manera de no olvidar nunca que incluso en el momento más insospechado la muerte puede abrirse camino de cualquier modo aun cuando uno no la está buscando. Sin embargo, ni si quiera eso sirvió para impedir que la muerte hallara un modo de volver a ensombrecer la vida del mercenario. Tiempo después de aquello, la Parca volvía a reclamarlo. Pero bien sabía ella que ningún Harken era fácil de alcanzar.

-¡Abrid la puerta o arderéis vivos!- Gritaba un hombre.

Alex se encontraba encerrado en una pequeña cabaña de madera. Junto a él se movían nerviosos de un lugar a otros cinco mineros armados con picos y palas. No eran rivales para los hombres que había fuera e incluso los superaban en número. La única forma de sobrevivir que tenían era refugiarse en esa pequeña edificación, pero ni eso servía ahora pues la añeja madera no ofrecería resistencia alguna frente a las llamas con las que amenazaban atacar. Sin embargo, si esperaban que aquella amenaza funcionara es que eran muy idiotas. Nadie en su sano juicio saldría de su protección para morir cuando lo amenazaran con el mismo destino. Pero lo cumplieron. El fuego comenzó a lamer la madera y a crepitar con fuerza abriéndose paso lenta pero inexorablemente. Azuzados por el miedo, los hombres del interior buscaron una manera de escapar, pero no había forma alguna.

-Lo siento mucho, os he fallado. Quise daros una vida mejor y os he condenado… pero no dejaré que este sea vuestro final. En cuanto salga, corred tanto como podáis y no miréis atrás- Dijo Alex.

Se sentía terriblemente mal, pues había arrebatado la mina a un esclavista y había liberado a esos pobres esclavos. Y no solo eso, tomó la mina en nombre de Fire Blood y les permitió trabajar para ganarse un sustento mientras los líderes del gremio decidían que hacer con ella. Pero ahora sus antiguos dueños volvían para reclamar lo que fue suyo y a acabar con los que se lo quitaron. Intentó ser de ayuda, pero lo único que había conseguido es llevarlos hasta una muerte prematura. Desenvainó su arma y abrió la puerta de una patada. Salió corriendo en dirección a los atacantes.

-¡Ahora!- Ordenó.

Los enemigos se abalanzaron a por él. Debió contar unos siete, aunque no estaba seguro por el poco tiempo que pudo invertir en observarlos a todos. Esperaba que los mineros huyeran como les había dicho mientras él distraía a los asaltantes. Pero, para su sorpresa, no fue así. Aquellos a los que había salvado, aquellos a los que había condenado, aquellos que podían salvarse de nuevo, volvían a condenarse. Armados con esas herramientas con las que pretendían ganarse la vida, ahora apoyaban a su salvador. Alex no tuvo tiempo de darse cuenta, se lanzó al ataque pensando que este podría ser su último enfrentamiento. Tajó en dos a uno de sus enemigos y detuvo el golpe de otro. Su espada bailaba con soltura en el aire a pesar del peso. Se enfrentó a otros dos esquivando golpes, encajándolos con la armadura y devolviéndolos como podía. En cuanto sesgó el cuello de uno y atravesó el pecho de otro esperó un nuevo envite, pero no llegó.

¿Por qué no seguían atacándole? La respuesta no se hizo esperar demasiado. Los mineros estaban luchando a su lado, aunque solo quedaban tres de ellos. Sus fornidos brazos y sus cuerpos entrenados por una vida de trabajos duros les habían permitido romper la pobre formación de sus rivales, aunque su nula protección no los defendió ante el contraataque. Alex se giró para apoyarlos y eliminó al único hombre que quedaba. Finalizado el combate se arrodilló frente a los dos mineros que yacían en el suelo ya sin aliento. La muerte de ambos pesaba sobre los hombros del mercenario, pero el resto no le permitiría cargar con ello solo.

-No puedes culparte, tú nos has liberado. La vida que teníamos antes de que llegaras no era una vida. Sin embargo, ahora, nos has dado la oportunidad de luchar. Aunque ellos hayan muerto, lo hicieron libres- Le explicó uno de los supervivientes.

Alex agradeció las palabras de ánimo que le daban y les pidió que lo acompañaran al gremio. Allí les darían cobijo y una nueva vida. No podía arriesgarse a dejarlos en la mina por miedo a que hubiera más hombres que quisieran “recuperarla”. Cuando Fire Blood pusiera guardias y trabajadores en el lugar, aquellos hombres podrían trabajar allí también. Antes de partir, Alex tomó uno de los picos que llevaban los caídos. Algo tan sencillo, una profesión tan primaria, se había convertido desde hacía mucho tiempo en un símbolo muy importante para él.

Peticiones:
Profesión: Recolector Minero.

_________________

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Alex Harken

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Clan Harken

Gremio:
Fire Blood

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Re: Yo, yo soy minero (Obteniendo la profesión de minería)

Mensaje por Dark S. Satou el Sáb Oct 10, 2015 11:56 am

Me ha gustado la historia y no he logrado ver ningún error exceptuando un "ARA" en vez de "para". Algo corta para mi gusto, pero ha sido amena y divertida de leer. También me ha gustado la última escena y me ha sorprendido porque yo mismo creía que huirían en vez de apoyar a Alex.

No he visto ningún fallo en ortografía, gramática ni puntuación y debido a la longitud te doy un 8,5.

Tienes la profesión de minero. Templa tu corazón con pico y barrena.

Ah, y tienes 2.065 EXP / 3.097 áureos.
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Dark S. Satou
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