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Dos orgullosos y desobedientes caballos

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Dos orgullosos y desobedientes caballos

Mensaje por Alex el Mar Dic 08, 2015 8:02 pm

Frente a Alex había una hermosa yegua joven y de carácter fuerte. Su cuerpo y cabello blanco la dotaban de una belleza pura y radiante que se veía mancillada por el penoso estado del animal. La criatura estaba demasiado delgada e incluso maltratada. No la habían tratado nada bien y la pobre no estaba en estado para trabajar. La habían retirado a un establo donde dejaban morir a los caballos viejos cando esta estaba en su plena juventud. Sin embargo seguía viéndose orgullosa y viva. A su lado reposaba otro caballo de similares facciones pero de tono totalmente contrario, negro. Alex sintió lástima por ellos, era un amante de los animales y nunca le había gustado verlos así.

-¿A quién pertenecen?- Preguntó.

Fuera quien fuera el dueño de tan nobles criaturas, debía responder por su estado. Y Alex se encargaría de ello.

-De nadie. Eran demasiado orgullosos y los apartaron- Respondió el encargado de los establos.

Aquella respuesta fue una sorpresa para el mercenario, pues esperaba que pertenecieran a alguien. Aunque era la respuesta que necesitaba, pues eso significaba que podía quedárselos de una u otra forma. Tras varias preguntas por el gremio consiguió dar con el intendente de criaturas, el que se encargaba de dotar a los miembros de monturas y mascotas. No fue sencillo poder hablar con él, estaba ocupado a causa de una nueva campaña. Pero Alex no se rindió. En cuanto lo consiguió expuso sus peticiones sin espera.

-Quiero dos de los caballos que están en el viejo establo. Su estado es lamentable y yo podría cuidar de ellos. ¿Qué precio tienen?- Quiso informarse.

El intendente lo observo con cierta curiosidad. No debía ser muy común para él que alguien tratara de pedirle un animal, por las buenas, que estuviera en mal estado. Y, por si fuera poco, se trataba de dos. Pero las cosas nunca eran fáciles y mucho menos para un Harken. Alex lo sabía de sobras y por eso ofreció comprarlos.

-Nada. No tienen precio y no puedes comprarlos. Son propiedad del gremio y tú eres un miembro. Pero podrías quedártelos si me hicieras un favor- Dijo.

¿Un favor? Estaba intercambiando dos caballos por un favor, pero si el precio era demasiado alto saldría más a cuenta un pequeño trabajo que pagar en oro.

-Me ha llegado un cargamento… defectuoso. Y por culpa de cierto lameculos enano el gremio está enviado exploradores y soldados a diestro y siniestro, por lo que estoy demasiado ocupado como para encargarme de esto. Quiero que compruebes el albarán y realices el cambio. SI lo haces bien puedes llevarte a los caballos- Explicó el hombre.

Después de todo no parecía un trabajo demasiado difícil. Al contrario, era mucho más sencillo de lo que habría esperado. Aceptó sin pensarlo ni un momento y partió hacia la zona de mercancías. Allí, tras un buen rato esperando y comprobando cargamentos, descubrió que la mercancía defectuosa era una piara de cerdos domésticos. Según el recibo debían ser cerdos salvajes. No entendía el por qué debían ser diferentes, pero ese era el motivo por el cual trabajaba como mercenario y no como intendente de criaturas. Cargar a los animales fue mucho más difícil de lo que cabía esperar. Trajo un carro hasta el corral y se metió con cuidado en el vallado de los cerdos. Las criaturas estaban tranquilas con él, no se asustaban ni ponían nerviosos. Siempre había tenido mucha facilidad para tratar con los animales… y con los niños pequeños que, en algunos casos, eran peores. El problema llegó a la hora de meterlos en el carro.

-¡Quietos!- Gritó. -¡Tú, no corras!- Ordenó. -¡Ven aquí!- Dijo sin éxito.

A pesar de que parecían aceptarlo en el grupo, no aceptaban ni cumplían ninguna orden. Era como intentar hablar con una pared. No tuvo más remedio que levantarlos en brazos y cargarlos uno a uno después de perseguir a cada uno de ellos durante minutos. Tras unas horas de esfuerzo, fue capaz de iniciar el viaje con el carro. No sin antes pasarse por el establo y darle unas monedas al encargado para que prestara atención especial a la yegua y el caballo. Por desgracia la ciudad a la que debía ir no era la más cercana. Pero tuvo la suerte de ser acompañado por su hermano. Por el camino hablaron de muchas cosas trascendentales como el color del suelo, el sabor de las naranjas y el por qué las moscas tenían esa tendencia molesta tan horrible. Hicieron noche al lado del camino antes de partir al día siguiente. La jornada de viaje que les quedaba fue larga, medio día sin detenerse, pero llegaron y descansaron de un fatigoso viaje en una taberna local. Aunque lo hicieron por turnos pues no podían dejar a los cerdos sin vigilancia. En cuanto los dos estuvieron descansados, Alex dejó a su hermano al cargo de los cerdos y entró en la tienda de animales. Era estrambótica y enorme, pero no había venido a curiosear.

-Vengo a hacer un cambio. Pedimos cerdos salvajes y nos entregaron una piara de cerdos domésticos- Explicó.

-¿Tiene el recibo?- Preguntó un hombre mayor.

Por su aspecto bien podría tener doscientos años, aunque era humano y no habría sido posible. No era de comportamiento agradable, pues gruñó como si se tratara de un animal cuando leyó el albarán y se giró para atravesar unas puertas. Tardó varios minutos en volver y lo hizo con la misma cara de desprecio al mundo con la que había “saludado” al cliente.

-Pase por la zona de atrás y allí le harán el cambio- Dijo.

Alex le dio las gracias sin recibir respuesta y salió del edificio. Guio el carruaje hasta la zona indicada y cambió los cerdos por los que de verdad debían tener. Agradeció no ser él el que cagara esta vez a los animales, pues los nuevos parecían ser… salvajes como su nombre bien indicaba y daban más de un mordisco. Cuando todo estuvo listo partieron sin más demora para regresar al gremio. El nuevo “cargamento” era realmente inquieto, los cerdos salvajes eran revoltosos y gritones y casi parecía más un matadero que un carruaje. Tan ridícula era la situación que hicieron todo el viaje de golpe sin parar por miedo a que la gente se enfadaras por los gritos de los animales. En cuanto llegaron Isma se marchó cuán lejos pudo de aquellas criaturas dejando solo a su hermano que marchó hacia el intendente para hacer la entrega.

-Aquí están los cerdos originales- Informó.

-Estos son los cerdos, ¿eh?... No, no me gustan. Son demasiado jóvenes y delgados. Ve a cambiarlos de nuevo y diles que te den de una vez los que habíamos pedido- Respondió el intendente.

No era posible. ¿Todo el viaje para nada? ¿Cambiarlos otra vez? No, no era posible. Alex sintió la terrible necesidad de mandarlo a un lugar que nadie quería visitar y alejarse, pero los caballos lo necesitaban. Si no se encargaba de ellos no tardarían en morir en unas condiciones horribles.

-¡Mira esa cara! Era una broma, chico, no hace falta que te deprimas. Los caballos son tuyos- Le dijo.

¿Una broma? El mercenario mostró una sonrisa de medio lado que nada tenía que ver con una real, pero no podía hacer otra cosa si ya se estaba esforzando en contener un buen puñetazo. El hombre le firmó una nota confirmando que, ahora, esos dos equinos pertenecían al mayor de los Harken. Partió sin demora a explicárselo a su hermano y después fue hacia los establos. Una vez allí comprobó que los animales habían sido cuidados en condiciones durante su ausencia. Pero ahora quedaban a su cargo. Quiso llevárselos a casa de sus abuelos, pero en las condiciones que estaban no habrían soportado el viaje. Se acercó a la yegua y le acarició la frente, pero esta lo empujó con un cabezazo haciendo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo.

-Así que tenemos a toda una guerrera por aquí. Genial- Dijo.

Trató de hacer lo mismo con el macho, pero respondió de igual forma y el mercenario decidió no acercarse a ellos por el momento. Eran más tozudos que un buey y parecían demasiado desconfiados. Primero tenía que ganarse su confianza antes de conseguir que le permitieran tocarlos. Desde aquel momento, y durante un par de semanas, se dedicó a alimentarlos por él mismo, visitarlos en sus ratos libres e incluso dormir cerca de ellos en los establos. Cuando recuperaron la forma física y se confiaron lo suficiente como para permitir a Alex que los tocara y montara, los llevó a pasear. Ató unas cuerdas a ambos animales y los llevó por los bosques durante horas. Era la primera vez en mucho tiempo que aquellos caballos se sentían tan libres. Pero no era suficiente. Si quería llevarlos a casa de sus abuelos debían saber comportarse. Aunque lo hubieran aceptado como uno de ellos no dejaban de ser demasiado altivos y salvajes.

Enseñarles órdenes en aquel momento habría sido inútil. Al mayor de los Harken se le daba genial tratar con todo tipo de animales y siempre había tenido muchas facilidades para acercarse a ellos y manejarlos. Sin embargo de eso a enseñarles había un gran paso. Pero como su abuelo decía, el mundo pertenece a los audaces. Durante días intentó que obedecieran órdenes tan sencillas como “quieto” o “ven”. Pero las cumplían pro puro instinto más que pro obediencia al ver los gestos de Alex y lo que transmitía. Fue muy difícil que se adaptaran al lenguaje y mucho más que empezaran a asimilarlo y asociarlo con las ordenanzas. Pero al menos ya iban entendiendo algo. Gracias a la comprensión natural que tenía con ellos, ambos caballos comenzaron a seguir lo que Alex les decía lentamente. Aunque tardaban más de lo natural lo iban haciendo y era una gran ventaja. Tardó varios días en conseguir que entendieran “ven y quieto” e incluso todavía desobedecían a veces. Pero para no ser un adiestrador le estaba yendo bien.

-Lo estás haciendo bien…- Dijo pensativo.

Tenía a la yegua cogida por las bridas y la miraba. Ella le devolvía la mirada mientras se quedaba quieta cumpliendo lo que Alex le había dicho. Pero… o tenía nombre. Todavía no los había apodado de ninguna forma. Merecían unos nombres en condiciones, a su altura. Eran dos caballos majestuosos y fuertes, unos guerreros.


-Niké y Cratos. Esos serán vuestros nombres- Les aseguró.

Que los comprendieran respondieran a ellos fue mucho más difícil, pues estuvo llamándolos así durante mucho tiempo hasta que se acostumbraron a ellos. Órdenes algo más complicadas fueron paralelamente difíciles de enseñar. Aunque ya era el momento de trasladarlos. Aprovechó sus semanas libres y sin trabajos del gremio para volver a la casa donde se crio. Aunque esta vez, no viajaban en carro. Tanto él como Isma montaron a Niké y Cratos y partieron con ellos. Fue algo difícil, pues les costó que siguieran los caminos en vez de adentrarse por los frondosos bosques. Pero una vez los calmaron y los guiaron, los dos animales obedecieron tranquilos. Eran valientes y no se asustaron de los ruidos de la noche ni del fuego cuando los hermanos acamparon para descansar. Marcharon al día siguiente y llegaron a su destino.

-¿Más caballos? ¡¿Estás loco?! ¡¿Cómo piensas mantenerlos? Ya puedes trabajar en la forja, vas a tener que hacer muchas espadas para pagar toda su comida- Advirtió Walter Harken en cuanto los vio.

Alex no pudo decir nada ni implicar a su hermano, aunque lo intentó. Él los había traído y él debía cuidarlos y ganarse su comida. Si no conseguía dinero en la forja su abuelo no le permitiría quedárselos y le obligaría a devolverlos. Tenía más de veinte años y lo trataban como a un niño… pero prefería eso que los capones de aquel hombre. Trabajar no dolía tanto. Aunque el trabajo era duro y requería mucho tiempo, le dejaba momentos suficientes para disfrutar de los caballos y seguir adiestrándolos. El tiempo que habían pasado juntos le permitió acercarse mucho más a ellos y entenderlos como nunca había entendido a otro animal. Tras unos días en aquella casa Alex los dejó salir por los campos y volvían en cuanto él los llamaba. Ya obedecían sin problemas las órdenes más sencillas e incluso empezaron a comprender y seguir algunas indicaciones más complicadas. No era un gran adiestrador y le quedaba un camino muy grande por delante, pero había dado los primeros pasos y era cuestión de seguir practicando con Niké y Cratos así como con cualquier otro animal que encontrara.

Peticiones:
-Profesión Domador Adiestrador gracias a la profesión de Domador Líder de la manda que Alex posee y al adiestramiento al que somete a los dos caballos.

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Re: Dos orgullosos y desobedientes caballos

Mensaje por Dark S. Satou el Vie Dic 18, 2015 11:22 pm

Buenas noches, seré tu moderador.

Qué decir que no haya dicho ya de tus textos. Amenos, sin errores (o no por lo menos perceptibles por mi parte). Lo único en lo que fallas es en que tienes fallos tipográficos por escribir demasiado rápido y dos cosas: o revisar mal, o no revisar. Al final me encariñaré hasta yo con los caballos. Tienes tu profesión y ganas 2089 EXP y 3133 áureos.
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