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Fairy Tail Chronicles


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Fábula del príncipe, prólogo. [En construcción]

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Fábula del príncipe, prólogo. [En construcción]

Mensaje por Dark S. Satou el Vie Abr 01, 2016 10:49 pm

-Las personas son difíciles de tratar. A pesar de creer saber que uno está diciendo lo correcto, simplemente puede bastar con decir alguna palabra o una cadena de estas para causar una reacción fatídica al oyente, sea quien sea.- Emma Horkten, importante socióloga del mundo Dyscordia.

Dark se arrepentiría -o mejor dicho, lamentaría aquello, ya que él no albergaba arrepentimientos de nada- de la forma en la que trató a Ashley. Quizás no fue la más apropiada desde el rechazo de la joven cazadora. La cita en común que mantuvieron, acabando con el resultado de tres muertos por culpa del prepotente príncipe, causó un rechazo absoluto. Agrietó su corazón y, la primera vez que lo había abierto en serio, había sido brutalmente rechazado. Él, que todo lo conseguía sin esfuerzo y que era el objetivo de todas las damas de honor de Norin.

Creía que había cambiado. Todo lo que logró recordar gracias a la cercana experiencia a la muerte a la que fue sometido, causada por un demonio antes de que se separasen del grupo de los Harken y sus hermanos, le había impulsado a mejorar como persona. No había logrado demostrárselo a nadie, pero su mentalidad retorcida y egoísta se iba cambiando por una más consciente del mundo que le rodeaba. O mejor dicho, del mundo en el que vivía. Nada giraba a su alrededor, o eso le estaban demostrando todos los hechos que habían ocurrido hasta ahora. Sentía envidia de que todo recayese siempre sobre su hermano mayor o Alex. ¿Se sentirá Isma así también? Vamos a la sombra de nuestros hermanos. Acabó pensando, mientras miraba en un charco la triple cicatriz que le recorría todo el pecho.

Tal vez debía haber dado algo más de su parte con todos, pero el resultado era más bien el mismo: no lo había ni siquiera intentado. ¿Cómo le recibirían los dos hermanos de Fire Blood y su sangre? Había permitido que fueran a la guerra sin él. Sin saber por qué había desaparecido, ni si estaba bien. Algo en el fondo de Dark, algo que se retorcía lentamente y le impedía dormir, es que había quedado como una memoria más atrás, como un cadáver entre los miles que se había cobrado la gran batalla contra el enemigo en común: los demonios. E intentaba quitárselo de la cabeza, pero era totalmente imposible. ¿Hablarían como si fuese el arrogante que había demostrado ser? Estarían llorando su pérdida y no podrían avanzar adelante por ello? No lo sabía, ni quería hacerlo aun. Tenía muchas cosas que hacer antes de reunirse una vez más con ellos. Solo esperaba que lo volviesen aceptar, aunque pensándolo bien, si le habían aceptado siendo la persona que fue, ¿por qué no una renovada y con la memoria recuperada?

-Tengo que dejar de perderme en mis pensamientos.- Murmuró intentando no advertir de su presencia.

No tenía nada encima, exceptuando los pantalones; había sido despojado de sus armas, y se encontraba divagando en uno de los callejones de Fergor. Oh, Fergor, ciudad maldita por el destino. Donde había comenzado todo, y donde acabaría en aquel momento. El asesinato era incluso quizás un arte para la persona que le perseguía. Sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero aun así le dejaba escapar e iba reduciéndolo poco a poco. No podía competir, con las manos desnudas, contra la mejor arquera que había conocido en su vida. Y menos a veinte metros de distancia, y cinco por debajo de altura.

Una flecha rozó su lóbulo izquierdo. Otra desgarró su costado derecho. Esquivaba a duras penas, retrasando lo inevitable. No estaba todavía recuperado de la batalla contra el gran demonio, y aquello mermaba sus capacidades a un nivel ínfimo. Cada paso que daba, cada finta que hacía, era con los últimos indicios de fuerza que le quedaban. Voluntad, podría llamársele. "Cuando una persona no puede andar y sigue haciéndolo, eso, oh queridos amigos míos, es la voluntad. Un don que tienen todas las razas, y que deriva, según creo yo, de la fuerza de la personalidad del usuario de esta.", se le venía a la mente. Pero las palabras que leía en los libros, por muy sabias y por mucho que saciasen su sed cultural, no le servirían de nada en aquel momento. Tan poco le sirvieron, que una de las piernas falló al reproducirse en su mente la última palabra de Emma. Golpeó la pared con fuerza y se apoyó en esta para levantarse a duras penas. Quien estaba intentando asesinarle se estaba quedando sin recursos, y aparecería. Pero no podía ser todo tan sencillo. No podía reducirse a que las flechas se le habían acabado, porque llegaría hasta él. Las hemorragias y el estado en el que se encontraban provocaban que sus párpados le pesasen demasiado.


-Tengo una duda, Ashley.- Le preguntó, pasando lentamente la yema de sus dedos por el dorado cabello de Ashley. -El día que intentaste matarme, cuando mantuvimos aquel duelo que duró horas... ¿Quién te mandó?

Una frase quizás poco ortodoxa para el contexto en el que se encontraban. La joven cazadora había accedido a consumar con él, tras miles de ofertas, diálogo, carantoñas y caricias juguetonas. Pero él no deseaba fundirse entre las refinadas curvas de su compañera. Algo que necesitaba por encima del placer, eran las respuestas. No recibió respuesta. Permaneció callada mientras se desabrochaba lentamente el sujetador y dejaba ver una espalda aterciopelada. Rozó lentamente su dedo índice por la piel, erizando cada nervio de la futura princesa. Esperando un nombre, una frase. Dejó caer el pelo por la espalda quitando una horquilla que sujetaba todo en el moño. Lo echó hacia delante, y comenzó a girar. La espesa cabellera tapaba todo cuanto quería ver en aquel momento, incluso olvidándose de la frase que le había formulado. Elevó poco a poco la palma de la mano y agarró la barbilla, acercándola lentamente hacia la suya. Y antes de cerrar los ojos, antes de mezclar sus labios con los de la persona de la que estaba perdidamente enamorado, pudo ver unos ojos que habían perdido todo color. Un rostro que era la aflicción encarnizada.

Un movimiento brusco apagó las velas. El príncipe rodó como pudo, esquivando un puñal que iba dirigido hacia su yugular. Echó la mano hacia la mesilla de noche para agarrar sus armas, en vano. El arma volvía a dirigirse hacia él. ¿Esta era la relación que habían mantenido? Nunca, nunca, y podría remarcarse una vez más, que nunca había bajado la guardia con la que un día intentó ser su asesina. Y mucho menos en un momento de tal debilidad. Apartó la mano, no sin poder evitar un corte que arrancó parte de la piel de su antebrazo izquierdo. Se levantó tras un quiebro y observó algo con lo que protegerse, algo con lo que no estar indefenso contra su amada. Exteriorizó un aura negra que rodeó su brazo, también en vano. No impedió que el puñal perforara parte de la palma de su mano. Conforme el suelo se iba teñiendo de carmín, y observaba estupefacto a la que tomaría su vida en aquel mismo momento, rezó por primera vez a los dioses de Dyscordia. De los que tanto había leído y que estaban extintos ya hace cientos o miles de años. Rezó porque todo fuese una pesadilla. Rezó por encontrar alguna forma de que recapacitase, pero sabía que las palabras no servirían para nada en ese mismo momento. Entrecerró los ojos y bajó la cabeza lentamente, bailando lentamente por los hoyuelos de su rostro unas espesas lágrimas. Al menos, es ella quien toma mi vida. Iba a dársela de todas formas. Concluyó, cerrando del todo los ojos.

-¡¿Ashley?!- Gritó la voz de una joven. Su discípula. Valadhiel, o como le gustaba que le llamasen, Angélica.

La cazadora respondió lanzando una fuerte oleada de viento que la empujó hacia atrás. Volvió a girarse, para retorcerse con la imagen del príncipe impotente, apoyado contra la pared. No podía huir, ni mucho menos luchar a una persona que era incluso más hábil que él. Y eso en el fondo ella también lo sabía.

-Eres... patético.- Le respondió, no sin antes comenzar a soltar unos finos hilos de sangre por la boca.

Comenzó a caer, pero no impactó contra el suelo. Aterrizó en los brazos de quien había intentado matar. Sin mirar sus pechos, colocó una sábana por encima de ella. Después, con delicadeza, la tendió en la cama. Apartó el pelo de su cara y limpió rápidamente la sangre, que ya dejaba de brotar. Se había apuñalado la garganta, pero la herida había sanado al instante. No había escuchado a nadie o algo que estuviese cerca y que hubiese aplicado magia blanca. Habían estado solos todo el tiempo. Colocó su mano encima del pómulo de la joven y después suspiró pesadamente.

-¿Realmente has esperado un año entero para llegar a esto?- Preguntó de forma retórica, mientras se sentaba en el borde de la cama y hundía la cara entre sus manos.

-Dark...

-Valadhiel, deberíamos de irnos.

-Dark... ¿qué ha pasado...?

-Que Ashley ha esperado un año entero para intentar acabar el trabajo que su conciencia no le permitió realizar en su momento.

Incluso con la cara tapada, la elfa logró hacérsela girar de una bofetada. Le dedicó una mirada amarga y volvió a la misma posición. Necesitaba pensar cómo necesitaba actuar, y por qué su compañera había intentado suicidarse tras mostrar su lado más indefenso. Comenzó a intentar relacionar aspectos, si algo o alguien en Fergor era el causante de todo esto. Pero era inútil; por mucho que se esforzase, solo podía pasársele por la mente aquel rostro sumergido en el odio. Se llevó la mano al pecho y gimió por lo bajo, el dolor sentimental trascendía mucho más allá del físico. Pero antes de poder seguir preguntándose cosas, algo ocurrió.

-¡Dark! Ashley se mueve...

-¿Se muev...?

Tuvo que volver a rodar, pero esta vez de forma mucho más torpe. ¿Cómo se había levantado tan rápido? No, esa no era la cuestión en aquel momento. Agarró a Angelica del hombro, la tomó entre sus brazos. y saltó por la ventana, rompiéndola con su propia espalda para que su discípula no saliese herida. Rebotaron en un toldo y cayeron contra el suelo, resintiéndose Dark con un pequeño grito de dolor. La elfa logró parar una flecha con una pequeña ráfaga de viento. Miró a su alrededor y ayudó a levantarse a su maestro, el cual casi ni podía mantenerse de pie. Los ojos iban cerrándose lentamente y aquello era debido a algo que ya conocía de antes; el veneno que Ashley le inyectó hacía ya un año volvía a correr por sus venas.

-Angelica... Me... me desmayaré en breve...- Exclamó intentando mantener la compostura. -Tienes que huir.

-No te dejaré aquí. No lo permitiré.

Antes de poder seguir discutiendo sobre la huida de Valadhiel, un gran muro de roca, de quizás unos veinte metros de alto, los envolvieron totalmente. Entre la oscuridad logró ver cómo las paredes se iluminaban con llamas que eran logradas gracias a corrientes de viento ascendientes dentro de la estructura. Poco antes de cerrar los ojos definitivamente, vio cómo Angelica desaparecía ante él. Y lo último que pudo hacer, antes de preguntarse cómo o por qué, fue sonreír.

Despertó cerca de donde se había desmayado, con las heridas cerradas, pero no con mejor estado físico. Palpó hacia su espalda para agarrar a Colmillo de fuego, pero después recordó de que sus armas se encontraban en el hostal. Chirrió los dientes y comenzó a intentar correr hacia donde se encontraba Ashley. Tenía que hacerla razonar. Ya le había ganado una vez y convencido de unírsele, y volvería a hacerlo. Por muy fuerte que se hubiese vuelto en este año, él lograría superarla una vez más. Una vez llegó y vio el ventanal roto, se dio cuenta de algo. La cazadora le acechaba desde una de las fachadas, escondida. El reflejo del broche de pelo que le regaló hacía ya antaño la delató.

Presente.

No le servía de nada seguir huyendo. Comenzó a escalar a duras penas una escalera que conectaba con una de los techos de las casas y saltó hacia el que se encontraba ella. Se había quedado sin proyectiles que lanzarle, pero seguía teniendo esa daga. Avanzó lentamente mientras ella desenfundaba rápidamente el arma y se lanzaba a por él. Un golpe en la muñeca le hizo tirar su "utensilio". Después, con la mano abierta, la agarró del cuello para después estamparla contra el techo de una de las viviendas, cargándoselo y cayendo dentro de estas. Se sentía enrabiado. Algo, algo muy dentro de él le pedía a gritos que la matase.

Pero su uso de razón, su corazón y todos sus sentidos le susurraban que lo volviese a intentar.
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