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Fairy Tail Chronicles


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El arte perdido de saludar con una bellesta.

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El arte perdido de saludar con una bellesta.

Mensaje por Mark. el Jue Jun 09, 2016 8:21 pm

La noche había caído sobre Fergor y con ella, las luces de los hogares inundaban la ciudad. La gente honrada se resguardaba en sus moradas del frío, mientras que los maleantes comenzaban a salir de sus escondites dispuestos a hacer la noche suya. Actuaban en las sombras, eran discretos en su mayoría, y uno no se metía en problemas si no preguntaba demasiado.

La noche me prometía una cierta discreción, nadie se acordaría de tu rostro si tu no recordabas el suyo y aquello me venía bastante bien. Más ahora que había comenzado a escuchar ciertos rumores que me inquietaban. Quizás y solo quizás, aquellas vocecillas que de vez en cuando me susurraban información al oído llegarían a ser ciertas. No había que preocuparse, solo tomar precauciones.

Me movía con soltura por la ciudad. Llevaba el tiempo suficiente como para saber por donde moverme, con quien no meterme y en quien confiar. Por desgracia, aquello era demasiado tiempo. Mi saco de áureos comenzaba a resentirse y no tardaría mucho en necesitar rellenarlo de nuevo, es decir, en necesitar encontrar a alguien que lo rellene.
Escuché un crujido a mi espalda. No me volví. Lo volví a escuchar cinco minutos después. Alguien me seguía. Aceleré el paso. La persona que lo seguía también lo notó y actuó.

Levanté las manos muy lentamente tal y como me habían ordenado. No me volví, ni siquiera tuve que preguntar. Solo había escuchado su voz y ya sabía muy bien quien era la persona que intentaba atraparme. Por desgracia, esta persona al igual que todas las anteriores que lo habían intentado, no  conseguiría meterme entre rejas. Concretamente quien me había ordenado levantar las manos y mantenía apretada a mi espalda la punta de una flecha no había tenido nunca una posibilidad y jamás la tendría, puesto que yo, sabía algo que el resto de sus allegados desconocían. Obviamente pensaba jugarlo en mi favor.

- Vaya, ¿esta es tu forma de decir buenos noches? - pregunté a modo de saludo. Mi voz tenía un tono burlón en ella y estaba cargada de seguridad - , tus modales han empeorado mucho estos años. ¿Seguro que te juntas con la gente adecuada?
- Cállate. - me respondió más en un gruñido que en palabra.
- Tú quieres que me calle, yo que me dejes de apuntar con la ballesta. La vida es dura, no siempre obtenemos lo que queremos.
- Verás [...] - Voy a suprimir el nombre que dijo, mi nombre. Es por motivos de seguridad -, no pienso jugar contigo, te digo por última vez que te calles.
- No me llames así – dije esta vez completamente serio. Puede que yo supiese cosas sobre esta persona, pero el problema es que ambos sabíamos demasiado sobre el otro.
- Cierto, ahora te haces llamar Mark, ¿verdad?
- Y tú ahora finges tener algo entre las piernas ¿no?

Me agarró por la parte trasera del cuello y me empujó contra la pared. No le di el gusto de expresar ningún dolor, en su lugar, respondí con un gruñido.

- Ni se te ocurra volver a…
- Entonces suéltame.
- No vamos a volver a eso.
- Entonces no volvamos a lo que no se me debe ocurrir decir.

Noté su vacilación, finalmente como gesto de buena voluntad (creo) para empezar una negociación me soltó. Aún con las manos en alto, me separé de la pared y me volví lentamente.

Frente a mí me encontré a un hombre unos centímetros más alto que yo, con mis mismos labios, con mis mismos ojos y el mismo tono de piel. Se había cortado el pelo desde la última vez y ahora lo llevaba inquietantemente bien peinado, pero al mismo tiempo dando una sensación de desorden, calculada toda al milímetro. Sostenía con una mano la ballesta. El dedo en el gatillo. Temblando. El otro puño, apretado junto a sus pantalones de seda. Ropa cara, elegante.
En el fondo no había cambiado tanto estos años.

- Este no es modo de saludar a tu hermanito – susurré, sin desviar la vista de su dedo tembloroso - , ¿Por qué no dejas la ballesta y hablamos tranquilamente?
- Dejaste de tener privilegios de hermano cuando te largaste de casa y entraste en esa maldita espiral de deudas y estafas.
- Oh, venga ya, se de buena tinta que tu hiciste lo mismo un mes después. - repliqué, molesto. ¡Cuánta hipocresía! - Además, no lo mires así, míralo como un favor a la sociedad. Tomo el dinero de los ricos, para dárselo a los pobres. El que solo haya dinero para uno de esos pobres y que yo sea ese uno es solo mera casualidad.
- No te das cuenta de que así no vas a conseguir nada, ¿verdad?
- ¿Y tú?, ¿a quién pretendes engañar?
- Es distinto. No estoy intentando engañar a nadie. Lo sabes muy bien.
- ¿Yo que voy a saber?, no me has contado nunca nada.

Finalmente bajó la ballesta. Aún seguía con el puño apretado. Vaciló varias veces al intentar decir algo. Abría la boca, tomaba aire, pero se lo pensaba y la volvía a cerrar. Lentamente fui bajando las manos

- Sé que viste a Roxanne. - dijo por fin, tras pensárselo DEMASIADO.
- Genial, la hermana que faltaba, ¿Por qué yo no sabía que tenía noticias tuyas?. Ni te mencionó. ¿Acaso también le saludaste con la ballesta?
- No, no es eso, me llegaron noticias sobre ella y fui a verla. Y cuando me vio... -vaciló - no está acostumbrada. Le costó asimilarlo. No estuvo de acuerdo con la forma en la que he decidido vivir mi vida. Tuvimos una discusión, no creo que quiera hablar de mi. No por ahora. - confesó, decepcionado. Se le notaba en su voz. Aquello había sido duro. No creía que Roxanne y ella pudiesen llegar hasta el punto de no hablarse. Antes eran inseparables. ¿Qué diablos habría pasado?
- Ahora es un buen momento en el que me cuentas la historia de que narices ha pasado desde que me fui de casa.

En un principio, mantuvo un silencio sepulcral. Estaba claro que un debate estaba ocurriendo en su interior. Seguramente había venido a por mi con la idea de encarcelarme, de dejar atrás nuestro vínculo familiar y hacer lo que le dictaba su nueva moral. Esa mierda del deber, orden y esas cosas que te meten en la cabeza cuando te unes a una organización paramilitar. Pero por suerte para mí, el escucharme hablar y denotar un mínimo de interés le había hecho dudar. Finalmente, decidió hablar.

- El negocio de nuestros padres tuvo un…
- No me importa su negocio –interrumpí bruscamente. Quizás demasiado. - , ni nada que esté relacionado con ellos.
- Debería. - respondió aún más bruscamente que yo. No, si al final el parentesco se notaría y todo - La mayoría de sus actos son ilegales, tienen sobornadas a demasiadas personas. Además, empezaron una guerra.
- Claire, es un puñetero pueblo, a eso no se le puede llamar guerra, más bien riñas.
- No me llames Claire.
- ¿Hay alguna persona en esta familia que haya conservado el nombre?
- Nuestros padres.
- Joder con nuestros padres. ¿Cómo te debo llamar ahora?
- Cillian. Y no es ninguna riña Mark, es bastante gordo.
- ¿Cillian? – no pude evitar soltar una risita por lo bajo - ¿Qué clase de nombre es ese?

Noté como su puño volvía a temblar y deslizaba lentamente el dedo de nuevo al gatillo de la ballesta. Por lo menos en esta ocasión no me apuntaba. No debía tentar mucho más a la suerte a no ser que quisiera volver a exponerme a dicho peligro.

- Pues uno que me gusta, al igual que a ti te gustará que te llamen Mark. Por muy vulgar que suene.
- ¿Y se supone que Cillian es un nombre fino y sofisticado?
- Mark, por favor, no me apetece discutir sobre esto. Tú simplemente llámame así, y olvídate de Claire.

Fruncí el ceño. Lo medité durante un segundo. Estaba claro que parecía importarle mucho su nueva identidad. Acabé por asentir levemente, algo a regañadientes.

- Puedo intentarlo. Oye, ¿sabes algo sobre…?
- No. He intentado contactar con él. Pero ha desaparecido. No me da buena espina.
- Mierda.
- Si. Mierda.

Nos quedamos callados unos segundos. Nos referíamos a nuestro hermano pequeño. Éramos cuatro hijos, de los cuales hasta el momento de la “gran plaga” yo era el único problemático. Parece ser que desde que decidí largarme uno a uno fueron ocupando ese puesto para acabar largándose también. No nos llevábamos todo lo bien que deberíamos. “Cillian” estaba muy unida a Roxanne, eran todas unas damiselas y como no, adoraban al menor de la familia, al igual que yo. Era nuestro nexo de unión, alguien a quien proteger, un bien común. Pero los tres nos fuimos, le abandonamos, y no tardó demasiado en intentar seguirnos. Y desde entonces, le perdimos la pista. Para siempre.

- Cillian, aún me debes una conversación – susurré, temiendo que romper aquel silencio fuese también romper la calma momentánea que habíamos alcanzado.

Ella se llevó... Perdón, él se llevó una mano a la cara y se frotó los ojos. Acabó en un suspiro. Parecía terriblemente cansado. No me había fijado hasta entonces. Esa era una buena explicación de la falta de paciencia que estaba denotando.

- Mark, estoy prometido. – levantó la mano para enseñarme un anillo.

Vale. Vale. Vaaale... Dejadme un segundo para asimilarlo.

- ¿Con una..?
- Mujer, si. – concluyó.
- ¿Pero sabe…?
- No. No todavía.
- Joder. ¿Y cuando tienes pensado decírselo, en la noche de bodas?. “Hey cariño, tengo una sorpresa para ti”, te quitas la gabardina y… “¡Tachán!”.
- ¡Mark!, ¿te crees que no lo he pensado?, ¿te crees que no quiero contárselo?, pero me conoció como soy ahora, y todo sucedió tan… yo… solo, no me di cuenta hasta que ya era demasiado tarde para decírselo.
- Joooooder… - Me volví hacia la pared. ¿Qué le pasaba a esta chica?, ¿había perdido toda la sensatez y cordura?
- La quiero.
- Ya, claro.Se nota.
- Ni se te ocurra dudar de ello por un segundo. Ella ha estado allí cuando nadie más lo ha estado, me ha ayudado, ha confiado en mí, lo ha dado todo por nuestra relación al igual que yo lo he dado todo por ella. Ella es mi familia. Mi familia de verdad, quien ha actuado como tal. No se puede decir lo mismo de vosotros.- evidentemente enfadado, me señaló con el dedo índice, tembloroso, al borde de un ataque de ira. - Así que ni se te ocurra dudar de ello ni un segundo. Las cosas son mucho más complicadas de lo que un idiota como tu llegaría a entender. ¿Estamos? - concluyó dejando caer cada palabra lenta y pesadamente, una advertencia clara. Quizás si que sentía algo por aquella chica.

De nuevo silencio. Tomé varias veces aire. Estaban empezando a ser demasiadas cosas, su obsesión por convertir a toda la familia en unos santos o mandarles a una celda, su recién descubierta sexualidad, la guerra de mis padres, el paradero desconocido de mi hermano, la recién descubierta prometida de mi hermana que no sabe que no sabe que lo que lleva entre las piernas no debe ser más que un calcetín, el odio creciente y acumulado sobre mi persona. Y ella, o él quería dar ejemplos de moralidad.

Tras asimilar la lista de problemas que una sola persona podría crear en tu mundo tras cinco minutos de charla, me volví. Le contemplé de nuevo. Si, ahora lo veía bien. Estaba destrozado.

- ¿Y si vamos a un lugar más tranquilo? – le pregunté. Respiró varias veces, haciendo acopio de fuerzas para calmarse. Finalmente asintió y me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiese.



Media hora después me encontraba en una habitación de posada. La puerta se abrió y Cillian entró con dos tazas y una tetera. ¿En serio había conseguido té en una posada como esta?.

- Bueno, - susurré para volver a romper el silencio - empecemos por el principio. Cuando me fui de casa.
- Si. – tomó una pausa para preparar el té, me ofreció una taza y tras varios sorbos comenzó a hablar – Cuando pediste dinero a esa gente, a los Orsays y no obtuvieron ninguna devolución, volvieron a rendir cuentas, nuestra madre entró en cólera. Por lo visto siempre habían tenido rivalidades y ahora, nuestros padres debían dinero a nuestros rivales por tu culpa.
- Y en vez de defenderme, ofrecieron mi cuello y una recompensa por él.
- Exacto, renegaron de ti y les diste la excusa perfecta para llevar esas rivalidades al extremo.
- ¿La guerra?
- El inicio. No tardamos en enterarnos de quien era nuestra familia en realidad. Yo… no lo soporté. Me fui. Tenía que salir de allí, no podía vivir en la misma casa que ellos. Nos inculcaron unos valores en los que no creían, nos mintieron una y otra vez, hablaban de austeridad, de sacrificio, mientras ellos… Me ponen enfermo.
- ¿Y te fuiste sin más?, recuerdo perfectamente la persona que eras. Hubiese apostado que no durarías ni dos días.
- Pues ya ves, te hubieses equivocado. – respondió al instante, a la defensiva. Sus ojos se perdieron momentáneamente en el fondo de su taza, durante unos segundos lo único que se escuchó fue el inicio de una pelea en el piso inferior. Luego, titubeó y continuó -  Fue difícil, si. Tuve que hacer… - otro silencio – Me.. me ayudo a descubrir quién era en realidad.

Buen resumen. Me miró. No lo dije. Esperaba que fuese yo quien lo dijese, que hiciese una burla o algo por el estilo, pero simplemente mantuve la mirada, a la espera. Él fue quien rompió el contacto visual y rellenó su taza, ya vacía, de té. El silencio incómodo reinó. Casi prefería que me apuntase de nuevo con la ballesta, así ambos tendríamos palabras vacías que dedicarnos con las que distraer la atención de lo que realmente nos rondaba la cabeza.

- Bueno, pues… - di un sorbo – Vaya, esto está… em…
- Asqueroso.
- No quería decirlo yo, pero ahora que lo mencionas, si, es vomitivo.
- Su textura es tan desagradable que mi lengua querría cortar.
- El sabor es tan amargo que desearía no tener paladar.
- Pensar en su origen no hace más que mi cerebro empiece sangrar.
- El creador de semejante mejunje sentenciado a muerte debería estar.
- ¿Conclusión? – preguntamos ambos a la vez. Brindamos en el aire – Ni un trago más pienso catar – concluimos al unísono y contradiciéndonos, bebimos a la vez.

Vaciamos el té de un solo trago. Aguantamos la respiración el máximo tiempo posible. Como era costumbre, yo fui el primero en dejar caer la taza sobre la mesa y tomar una bocanada de aire. Cillian me imitó un segundo después y ambos tras proporcionar un poco de aire a nuestros pobres pulmones comenzamos a reírnos. No recordaba aquel juego hasta que lo mencionó. Ciertamente nunca fuimos muy allegados, pero siempre tuvimos un sentido del gusto muy parecido y ambos detestábamos la misma comida de críos. No recuerdo como, pero inventamos un juego para que sobrellevar aquellas comidas y convertirlas en una especie de competición. Tampoco recuerdo cuando dejamos de hacerlo, cuando nos distanciamos. Simplemente sucedió. Y ninguno nos echamos de menos en aquel entonces, ninguno se dio cuenta.

- Vaya… apenas lo recordaba… -esbocé una tímida sonrisa - ¿cuándo… cuándo dejamos de hacer eso? – pregunté, aún sumido en mis pensamientos.
- Cuando comenzaste a perder siempre. No suponías un reto. Era aburrido.
- Eso no es cierto, solía estar bastante igualado. – de verás que recordaba eso. Era una competición muy reñida.
- ¿Igualado?, ¿estás de broma?, no durabas nada, a veces no llegabas ni a la segunda oración, solías usar siempre los mismos patrones, y no aguantabas apenas la respiración. Las veces que me ganabas, era por pena.

De un salto me puse de pie, y con un gran estruendo golpeé la mesa con ambas manos.

- ¡Mentira!, lo único que intentas es desprestigiar que desde bien pequeño ya podía llegar a superarte.
- ¿En serio Mark?, ¿de veras crees eso? – sostuvo su mirada y esbozó el comienzo de una sonrisa burlona - ¿de veras?

La verdad me saludó en plan patada voladora en la entrepierna, haciendo que me diese cuenta de cuánta razón había en sus palabras. No era algo importante descubrir que mis victorias en un juego de mi infancia no fuesen reales, pero… de alguna forma me dolió descubrirlo. Yo... era bueno joder. Quizá no tanto como lo era mi hermana, pero… pero… ¡Era bueno joder!.

- Oh venga, era una tontería Mark.
- Lo sé. – contesté más serio de lo que realmente quería parecer.
- ¿Seguro?, tendrías que haber visto tu cara. Es como si de repente hubieses descubierto todos los secretos del universo.
- Déjalo, ¿vale?, solo es que me ha empezado a doler la cabeza.–  dejé caer mi cuerpo de nuevo en la silla y decidí cambiar de inmediato el tema de conversación. - ¿Hay fecha para la boda?
- No estás invitado.
- Déjame adivinarlo, no sabe que tienes un hermano mucho más guapo y varonil que tú, ¿acaso temes que se enamore de mí?
- Incluso antes de esto era más guapo y varonil que tú. Nada ha cambiado en este aspecto.
- Au, chica, relájate, estás dejando mi autoestima por los suelos.
- Chico.
- ¿eh?
- Has dicho chica.
- No, no lo he dicho.
- Si lo has dicho.

Silencio.

- Es por eso por lo que no estás invitado. Podrías arruinarlo todo.
- Joder, ¿no te das cuenta de que en algún momento ha de saberlo?
- Y lo sabrá. Pero no hace falta que nadie más se entere. Ella es lo único que quiero.
- Cillian… Déjame darte un consejo, como hermano pequeño. El amor, lo que yo, tu y tu prometida tomamos por amor, es una gran mentira. – frunció el ceño. Estaba enfadándose, claramente no le gustaba hablar sobre este tema. – Ella te dirá ahora que te quiere muchísimo, que está enamorada de ti, que eres el amor de sus sueños. Pero todo está condicionado a un solo hecho: ¡Qué cree que tienes pene!. Puedes haberle contado la verdad sobre el resto de tu persona, pero lo único realmente importante en esta sociedad necesario para que una persona se enamore de la otra es que tenga entre las piernas lo que esa persona desee que tengas entre las piernas.  ¿No te das cuenta de eso?, ¿de lo superficial y estúpido que es el "amor"?
- Eso no es verdad.
- ¡Claro que sí!, si el amor fuese tal y como intentan vendérnoslo, nos enamoraríamos de una persona. Solo de la persona, independientemente de si es hombre, mujer, enano, orco o elfo.
- No sabes nada Mark.
- Pues ilumíname por favor.

De verdad quería que me iluminase, descubrir de verdad los secretos del universo, pero por desgracia sería en otra ocasión. Esta vez solo llegó a abrir la boca antes de que alguien echase la puerta abajo de una patada. Me levanté al instante, al tiempo que Cillian tomaba su ballesta, ya cargada (espera, ¿había estado cargada todo el tiempo?, ey, eso duele ) y apuntó de inmediato a la silueta de la puerta.

-Mirad quienes están aquí, el famoso Mark y el famoso Cillian.

Mi hermano y yo cruzamos una breve mirada. Seguramente el me intentaba decir algo como “¿Quién coño es este?”, pero mi mirada andaba más por el estilo de “Oye, yo me he ganado mi fama, ¿pero porque cojones eres tu famoso?”.

Nadie se movió durante un par de segundos. Ni el grandullón, ni Cillian y mucho menos yo, que era el único que parecía no tener nada en mi favor en esta batalla y por lo cual intentaba pasar lo más desapercibido posible. ¿Qué?, no es como si midiese dos metros de alto Y – joder – otro de ancho como el tipo de la puerta, ni que tuviese en mi poder un arma como la ballesta de mi hermano. A mi lo que se me daba bien era salir por patas y con la puerta bloqueada, no me quedaba mucha más opción que la ventana de un segundo piso. Y bueno, que queréis que os diga, mejor dejar esa opción para el plan C. Ahora solo tenía que buscar los planes A y B.

- Disculpa, pero… - comenzó mi hermano.
- ¿Quién coño eres? – interrumpí.
- ¿… te conozco?

El grandullón parpadeó un par de veces, desconcertado, como si la idea de no ser recordado por nosotros dos fuese impensable. Lo cual, por otra parte pareció no hacer más que incrementar su ira.

- ¿Pero quién cojones os habéis creído que sois panda de idiotas?– gruñó mientras su tono de piel iba enrojeciendo poco a poco.
- Aquí mi amigo Cillian creo que no lo tiene tan claro, pero yo soy Mark, encantado.

¿Recordáis eso de pasar desapercibido?, lo siento si no soy muy coherente en ese aspecto, pero tenía que decir algo al respecto. ¿Qué pasa?, me lo están poniendo a huevo. Para colmo de mi osadía, le tendí el brazo a modo de saludo. El Señor Grandullón fijó su mirada en mi mano, aún más desconcertado. Estaba claro que en su mente toda aquella situación se había desarrollado de otra manera. Por fin pareció comprender, que realmente no teníamos ni idea de a que se debía aquella confrontación y mucho menos quien era, así que como si con ellos solucionase algo, nos reveló su nombre.

- Soy Muko.
- Ah, joder, Muko – solté de repente, fingiendo haberme acordado de algo - . No, ni puta idea. ¿A ti te dice algo?

Miré a Cillian, pero este solo negó con la cabeza. No había despegado la vista del tal Muko y menos aún la trayectoria de su ballesta. Con cada palabra que decíamos parecía tensarse más, el dedo estaba a un mal temblor de accionar la ballesta. Lo cual… quizá no era tan malo.

- El hermano de Karc el muro.– complementó, como si fuese un detalle fundamental.

Negué con la cabeza al mismo tiempo que mi hermano. Aunque tenía sentido que tuviese un hermano apodado el muro, aquella bestia ya no imponía tanto. Es decir, eso de tirar la puerta de una patada, quizás hubiese funcionado como buena puesta en escena, pero su desconcierto y el desconocimiento de su persona ante ambos hermanos le restaba muchísimo.

- Tú le debes dinero – dijo señalándome y luego pasó a mi hermano – y tú le metiste entre rejas.
- Ahh… - de nuevo al unísono. No porque nos hubiésemos acordado de quien era Muko o Karc, sino porque tenía sentido que alguien quisiese rendir cuentas por dichos motivos. El caso es que yo debía dinero a tanta gente como hermanos de malechores había que mi hermano hubiese metido entre rejas.
- Y… ¿este espectáculo se debe a…? – pregunté, como si no tuviese sentido, aunque estaba claro cuál era el motivo.
- Que tú le debes dinero y que él lo metió entre rejas. – repitió.
- Si, - comenzó mi hermano siguiéndome el juego – pero eso son problemas de tu hermano. Mark no te debe de rendir cuentas, ni tú has hecho nada, que yo sepa, por lo que deba producirse una confrontación entre nosotros.  
- ¡Pero…!
- Es cierto. – interrumpí – Además, que seguir con este altercado le daría a este mozo que tengo al lado tan masculino y varonil….
- Mark, para.
- …Lleno de algo que los brujos llaman testonterona, o algo así, ya sabes, esa palabra parecida a “tostada”…  
- ¡Mark!
- … una razón para mandarte junto a tu hermano. – segundos de reflexión cortesía de la casa - Que no sé, quizá es lo que quieres.

El señor armario-portero-de-gente-chunga (mote del que me acabo de atribuir el mérito) retrocedió un paso espantado. Estoy seguro de no por lo que decíamos, sino por como lo decíamos y complementábamos nuestras conversaciones siempre con una indiferencia absoluta hacia su persona. Excepto quizá que le seguían apuntando con la ballesta.

-¿Qué? – preguntó al fin. Claramente debía estar cuestionándose en que parte había dejado de seguir el manual de “Como intimidar a un par de tipos que fastidiaron a mi hermano”. No en serio, ese libro existe, lo vi en una librería de un extravagante mago al lado de “Cultivo de cráneos en 100 sencillos pasos” y “Multiversos y realidades alternas en el que este libro jamás fue escrito”. El segundo estaba en un estado lamentable, pero el dependiente aseguraba que eso era parte del encanto del libro. Yo no quise contradecirle, pero esto no trata sobre aquel mago ni como al final vi arder su tienda. Iba sobre el señor armario-portero-de… ¿cómo seguía?.
- Resumiendo – solté yo – que si te largas ahora, esto no habrá pasado.
- ¿Pasar el qué? – continuó Cillian.
- Esa es la actitud – recalqué - , pero en caso contrario, acabará todo muy mal para alguno de nosotros y tienes todas las papeletas.
- Yo…- comenzó el grandullón – Tú… El… - continuó intentando decir algo con sentido. Estaba claro que su cerebro no daba para más, así que decidí ayudar.
- Nosotros, vosotros y ellos.
- ¿Qué?
- Creí que estabas intentando recitar l…
- ¡Aaaah! – gritó de repente interrumpiéndome -¡Cállate!. ¡Cállate, cállate, cállate!
- Vale joder, no hace falta gritar.
- ¡Estáis intentando confundirme con vuestras… palabras! – concluyó tras pensarlo demasiado.

No, en serio, demasiado.

- ¿Con que clase de poetas te juntas Mark? –soltó Cillian como consecuencia. Desde luego no ayudaba demasiado.
- ¿Perdona?, te recuerdo que tú apresaste a su hermano Cillian.
- Eso dicen. Pero yo no me relaciono con la gente que encierro.
- Y yo solo me aprovecho de su estupidez.
- ¿Me estáis llamando estúpido?
- Por favor Muka…
- Muko – corrigió.
- Lo que sea, estamos teniendo una charla importante entre hermanos, y no te estábamos llamando tonto. Nos referíamos a tu hermano.
- ¿Hermanos?– nos miró. Primero a mi y luego a Cillian. Luego volvió la vista a mi y entornó la mirada.
- Además, - me volví hacia Cillian retomando nuestra discusión e ignorando a Muko - seguro que más de una vez has intentado engañarlos tu también para que cayesen de bruces tras las rejas por ellos mismos. – el hombretón finalmente alcanzó en su piel una paleta de rojos que no tendría que envidiar a ningún tomate o pimiento.
- ¡Aaaah! – volvió a gritar el grandullón y esta vez lo hizo acompañado con una embestida.

Esta nos sorprendió a ambos. A ver, que era comprensible nuestra sorpresa, después de varios minutos sin hacer nada, que estallase de repente no tenía sentido, ¿verdad?. De un manotazo apartó la ballesta, que lanzó su flecha sobre mi cabeza e hizo que me estremeciese al verla sobrevolar mi preciado cráneo. Al segundo, mi hermano le propinó un puñetazo en la cara. ¿Qué pretendía?, ¿romperse su delicados dedos?. Obviamente fue respondido por otro que lo lanzó contra la pared. Apostaría a que algo debía haberse roto en el trayecto. Me refiero a dentro de Cillian. Aproveché aquel momento para tirarme hacia la ballesta y cuando me hice con ella, la levanté orgulloso y apunté al grandullón. Nos quedamos quietos durante un segundo, asimilando la situación, mirándonos el uno al otro y con una sonrisa triunfal apreté el gatillo. No pasó nada. Porque no había ninguna puta flecha cargada. Soy un genio, lo sé. Me volví y eché a correr hacia la que se había clavado en la pared. Casi en el instante en el que la encontré con la mirada, me tiraron al suelo. No desistí en mi empeño y me arrastré en su búsqueda, pero antes de que hubiese podido avanzar realmente algo, me agarraron de los pies y comenzaron a tirar de mí en dirección contraria. Finalmente hice lo que todo ser humano en mi situación. A falta de proyectil, la ballesta se convertiría en uno. Es decir, le lancé la ballesta a la cara. Acto que hizo que aflojase mi pierna y consiguiese librarla dándole una patada con la otra en su manaza.

Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana, dispuesto a saltar por ella y huir. Y así hice, me lancé contra ella. Pero la puta ventana debía tener cristales a prueba de Marks, porque siguió intacta, y la ostia que me metí no fue ni medio normal. En resumen, que acabé en el suelo hecho una bola intentando asimilar semejante dolor.

Mientras tanto Cillian se había levantado y había atraído la atención de nuestro contrincante haciendo estallar tazas de té contra su cabeza. Muko le lazó un puñetazo, que fue evadido por los pelos y que provocó como recuerdo una preciosa abolladura en la pared. La respuesta de mi hermano, fue un puñetazo en la garganta del rival, lo que provocó que para sorpresa de todo el universo, este cayera al suelo, intentando recobrar el aliento. Cillian recogió la ballesta y de entre sus ropas sacó otra flecha.

Pero tranquilos chicos, que Mark se había levantado antes y salió al rescate. Con una tetera entre manos, comencé a verter el desagradable líquido que pretendía ser té sobre la cabeza de Muko. ¿Y qué?, pues que estaba ardiendo como el infierno. Disfruté de cada una de las gotas que cayeron sobre él mientras se retorcía. Lo malo es cuando me quedé sin más. El grandullón, lleno de ira, desesperación e instinto asesino se levantó de un salto con sorprendente agilidad y a ciegas se lanzó contra mí. Cerré los ojos y me protegí con los brazos como si fuese a servir de algo. Llegué a escuchar dos sonidos consecutivos y luego repetirse la secuencia; una flecha surcar el aire y un grito. Para cuando abrí los ojos, Muko tenía las manos clavadas en la pared gracias a un par de flechas.

Cillian, en el otro extremo de la habitación jadeaba, con la ballesta en alto, el pelo ya totalmente despeinado y él cubierto de la sangre que bajaba por su rostro y ensuciaba su elegante camisa.

- Muko, seas quien seas, hermano de no se quien el muro, quedas detenido por la guardia de…

Aproveché para darle una patada en las partes pudorosas de cualquier hombre.

- ¡Mark!
- Se lo merecía. – y le propiné otra.

Cuando me giré, teníamos una docena de espectadores en la puerta y agudizando el oído me percaté de que la planta inferior había quedado en silencio. Probablemente, porque ya no quedaba nadie en ella y habían subido todos a cotillear.

- Paga él. – jadeé y señale a mi hermano y de repente, este cayó al suelo en redondo.

Lo que hacían algunos por no invitar a un té a la familia.








Cillian se despertó al día siguiente en un hostal que hacía las veces de hospital. Tenía parte de la cabeza vendada y un extraño ungüento en la pierna izquierda. Me buscó con la mirada y tal como esperaba, no me encontró. Sabía que eso sucedería, pero aún así, se pudo notar la decepción en sus ojos. Justo cuando creía que habíamos conectado, voy yo y…
… Y me dedico a arreglar todo el caos que se ha ocasionado. A ver, ¿por quién me toma la gente?, sea hermano o hermana, haya querido o no encerrarme varias veces, me salvó del grandullón y es una oportunidad que no pensaba desaprovechar.

En primer lugar convencí al dueño de la taberna que el tal Muko era un delincuente buscado, que mi hermano pagaría todos los daños ocasionados y una pequeña cantidad extra para recordar lo bien que se lleva aquel establecimiento con la ley. Solo me tenían que ayudar a transportar al grandullón y a mi hermano.
Una vez Cillian estuvo en buenas manos y me aseguré de que zonas iban a tratarle yo y mi recién adquirido ejército de cotillas acudimos a la guardia de la ciudad. No hubo demasiada suerte y Muko por lo visto no era un criminal en busca y captura, pero si que tenía a sus espaldas una larga serie de sospechas de hurto e incluso una de asesinato, por lo que gracias al don de la palabra y a la buena voluntad de los guaridas conseguí que a cambio de entregarles al gigante, ellos correrían con los gastos de la taberna y el hostal. Puede que adornase un poco las cifras para que sobrase algunos áureos extras como pago de mis servicios como intermediario, pero este pequeño dato no tenía por qué saberlo nadie.

Cuando llegué al hostal, se había hecho de día y estaba muerto de sueño. Casi me habría podido dormir allí mismo, frente a la puerta de no ser por los gritos. Gritos de alguien que conocía. Maldije por lo bajo y entré corriendo.

-  ¡Suéltame! – gritó mi hermano
- Tenemos que tratarle, creemos que tiene una costilla rota, solo tiene que quitarse la camisa para que lo examinemos.
-  ¡Aléjese de mí!, ya le he dicho que me encuentro bien.
- Pero…
- Ey, ¿qué está sucediendo aquí? – pregunté nada más entrar en la habitación.

Tanto Cillian como el curandero que estaba intentando tratarle me miraron. El primero con cierta sorpresa y confusión, mientras que el segundo, aliviado de contar con alguien que pudiese ayudarle.

- Menos mal que ha venido, no consigo que su amigo entre en razón. Debo curarle antes de que la fractura vaya a peor.
- Verás, es que en nuestra… religión – lancé una mirada significativa a mi hermano – quitarse la camisa está prohibido. De hecho, a la hora de cambiarnos debemos ponernos otra encima antes de quitárnosla. Creo que esa es la razón por la que no podrá convencerlo. Es muy practicante.
- Ah, vaya, no sabía de la existencia de semejante habito en una religión, ¿cómo decías que se llamab…?
- Peeeeero… - interrumpí al curandero – Si que podemos levantarla justo lo suficiente para que pueda aliviar sus dolencias. ¿Qué dices Cillian?
-  Me parece bien – cedió, aliviado.

Tal y como lo habíamos dispuesto se hizo y el curandero hizo gala de su magia para recolocar y soldar la costilla de mi hermano, así como para aliviar los dolores. Estuve bastante pendiente de que no llegase a la altura del pecho. ¿Qué haría Cillian para ocultarlo?, a ver, que nunca había tenido demasiado pero... Ahora que lo pensaba, ¿le habían roto la costilla de un puñetazo?, guau. Una vez terminado, nos obsequió con una gama de hierbas medicinales para poder tratar durante la próxima semana las heridas. Una vez solos, me dejé caer sobre una silla y le lancé una mirada significativa.

- Me merezco un agradecimiento por lo menos, ¿no crees?
- ¿Dónde estabas? – preguntó en su lugar, ciertamente resentida.
- Arreglando todo el desastre de anoche mientras tú dormías plácidamente.
- Me has dejado solo en un lugar como este. ¡¿Y si mi hubiesen examinado mientras estaba inconsciente?!
- ¿Y si hubieses tenido una herida mortal y no hubiese hecho nada?, joder Cillian, eres un desagradecido.

Abrió la boca para ladrar algunas palabras más, pero finalmente la cerró y lo meditó.

- Lo siento.
- Vaya, no es un agradecimiento, pero me doy por satisfecho.
- Esto no debería haber acabado así.
- Dímelo a mí. Por cierto, sabes que en ese estado no vas a poder volver solo a dondequiera que vivas, ¿verdad?.
- Ya me las arreglaré. ¿Dónde está mi ballesta?
- La guarda a bien recaudo el trabernero. Desde que conseguí que la guardia le diese un dinerillo, nos llevamos bastante bien.
- Madre mía, ¿qué has hecho Mark?
- Arreglar las cosas, ya lo he dicho. Solo que un poco más a mi manera e íntegramente legal. Muko está apresado, tú te recuperarás gracias a los servicios que conseguí pagar al igual que los desperfectos de la taberna.
- ¿Y…? – continuó
- ¿Y qué? – pregunté, como si no supiese de que hablaba
- ¿y qué más no me has contado?
- Si, si, a eso iba, espera. – rebusqué entre mis bolsillos y saqué la bolsita de áureos extra que había sacado de la inflación de las facturas a la guardia – Y he conseguido dinero para un carro que te lleve de vuelta a casa – y se lo lancé muy a mi pesar. Adiós a mis nuevos ahorros, pero todo sea por quedar bien.
- Demasiado agradecido. ¿Qué quieres?
- Nada.
- Mark.
- ¿Qué?
- Dilo.
- No quiero nada, en serio. Lo hago de buena voluntad.

Nos quedamos en silencio. Cillian tenía la vista clavada en mí. Obviamente esperaba que respondiese algo. Bueno, pues no le iba a dar ese gusto. Bueno, no tan pronto. Bah, ¿a quién quiero engañar?

- Bueno…
- Lo sabía.
- No, si no es nada, pero ya que has insistido se me ha ocurrido…
- Ya, claro, ahora.
- Podrías invitarme a la boda.
- No.
- ¿Has invitado a Roxanne?
- Ella es diferente.
- Claro, porque ella no lo acepta y yo sí, ¿no? - respondí, tajante, claramente enfadado.
- No es eso.
- Ah, pues será porque ella es una santa, porque no está metida en nada turbio, ¿verdad?, sabes que ella está más metida en toda esta mierda que yo. - mis palabras casi se habían convertido en gritos
- Es porque ella no va a ir. – me cortó - La invité porque sabía que no iría, pero sería una muestra de buena voluntad, dar un primer paso para retomar nuestra relación.
- ¿Y qué pasa conmigo?, ¿el primer paso es apuntarme con una ballesta e intentar encerrarme? – pregunté, molestó y dolido.

Sabía perfectamente que la relación entre mis hermanas siempre había sido mejor que la que tenían conmigo, pero no podía evitar sentir envidia y estar molesto de la forma tan descarada con la que lo exponían, sin limitarse a disimularlo siquiera.

- Mark, yo…
- No, da igual. – me levanté y caminé hacia la puerta dispuesto a alejarme tanto como fuese posible.
-¡Intento hacerlo lo mejor que puedo!
- ¡Joder, yo también! – grité y me volví.
- Hay otras formas de vida Mark, y lo sabes.
- ¿Cómo la tuya?, ¿engañar a todo el mundo siendo alguien que no soy?
- Tal vez. ¿De verdad es tan distinto a lo que haces ahora?, ¿de verdad eres realmente quien finges ser?

Tocado y hundido. De nuevo silencio. Miré fijamente a la puerta, quería irme, pero tampoco quería dejar las cosas así. Estaba enfadado, si, molesto, también, pero joder, ¿quién no lo estaría?.

- Hagamos una cosa – comenzó Cillian -, la próxima vez que nos veamos, olvidaré la ballesta y nos tomaremos un té en condiciones. Y podremos hablar, ponernos al día. Esta vez de verdad.
- No sé si confiar en ti para ir a tomar un té. La última vez un tipo casi nos da una paliza. Perdón, - corregí - casi me da una paliza, a ti, claramente te la dio.

Cillian esbozó una media sonrisa. No estaba muy seguro de si eso era bueno o malo.

- Ya, seguro que estarás dispuesto a recordármelo.
- Siempre.
- Si, siempre. Adiós Mark, intenta sobrevivir, mantenerte de una sola pieza y esa clase de cosas hasta la próxima. - se dejó caer sobre la cama, y se revolvió, dándome la espalda. Juraría haber escuchado el inicio de un sollozo.
- Hasta ahora se me ha dado bien. - contesté en un susurro.
- Y si sabes algo de…
- Si, te lo haré saber.
- Gracias.

Vacilé un segundo. Pero comprendí que no haría ningún bien hacerle saber que estaba llorando.

- Adiós Cillian, cuídate.

Nos miramos por última vez y nos dedicamos una sonrisa forzada. Salí por la puerta y dejé atrás el hostal, a la idea de que una vez tuve una hermana llamada Claire, y aquella ciudad. Tardé mucho en volver, o quizás no tanto. El tiempo pasa más despacio cuando no hay dinero con el que rentabilizarlo. Tuve nuevas noticias de Cillian, y me consta que el tuvo nuevas noticias mías. Ninguno buscó al otro, simplemente nos dimos tiempo.

Hasta que un día, de camino a una cita con la hija de un posible benefactor, me encontré a cierto caballero, tomando el té en una terraza, iba acompañado de una bella dama de piel bronceada y perfecto pelo rizado, recogido en una coleta. Luciendo un elegantísimo vestido rojo con tonos ocres, sus ojos de color avellana estaban perdidos en la hermosura de alguien al que algún día fue mi hermana. Ambos reían sobre algún tema en particular. Yo me quedé quieto, disfrutando de la felicidad de aquella persona, hasta que nuestras miradas accidentalmente se cruzaron. La mujer también se percató de mi presencia. Intercambiaron algunas palabras y en un gesto de apoyo, ella entrelazó los dedos de su mano con las de él y con una sonrisa me invitaron a acercarme.

- Creo que te debo un té. - dijo tras un largo silencio mi hermano.
- Eso dicen. - contesté, lanzando tímidas miradas a su mujer.
- Hola de nuevo Mark.
- Hola de nuevo Cillian.
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Re: El arte perdido de saludar con una bellesta.

Mensaje por Alex el Jue Jul 28, 2016 6:36 pm

Muy buena historia. Consigues 6612 puntos de experiencia y 9.918 áureos.

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